La música es de todos

Publicado junio 13, 2010 por José Sala
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            La SGAE, presa del latrocinio al que la someten día y noche los usuarios de P2P, se parece bastante a esos galeones españoles del periodo colonial que eran interceptados por los piratas antes de cruzar el Atlántico. Igual que entonces, ninguna de las posturas parece totalmente justa, ni la de los piratas, ni la de los señores del galeón.

            La piratería resulta irresistible para algunos. De sobra sabemos el impacto de la palabra “gratis” en la mente del consumidor, pero cuando esto implica transgredir la ley, la cosa empieza a rayar en lo incívico, igual que colarse en el metro. De otra parte, se hace difícil recopilar todas las situaciones en que la SGAE ha cometido actos, aun con la ley en la mano, que nos siguen pareciendo injustos. Lo que significa, de paso, que si la mayoría de la población percibe estas acciones como injustas, es el momento de cambiar la legislación sobre propiedad intelectual. A mí me enseñaron que en un sistema como este, las leyes se hacen conforme a lo que decide la mayoría de la gente.

            Desde luego es el colmo de lo impopular, después de diez años de bajarnos música sin pagar, tener que pagar ahora, aunque sea lo justo. No hace falta ver mucho más allá de las propias narices para darse cuenta de que si la música sale gratis, pocos querrán dedicarse a ella. ¿Quién querría ser abogado si de repente proliferasen las consultas gratis online? Y lo mismo con cualquier profesión. El caso de la música comercial (y todas lo son) no es ajeno a las leyes económicas de aquí y ahora: si no sale rentable producirla, no se produce y punto. Total, mientras haya otras distracciones, tampoco se pierde mucho. Es lo que ocurre con otras artes que han caído en picado, como el teatro, por ejemplo. Nadie va al teatro pero, ¿a quién le importa sino a los actores, a los directores y a sus madres? Evadir esta reflexión decimonónica equivale a asumir que no merece la pena reciclar, puesto que al paso que vamos, dentro de cincuenta años no habrá planeta.

            Asistimos a la lenta agonía del entramado rock, pop o trash, sin saber en qué terminará la cosa. Una posibilidad es la terrible: legislar con más dureza, perseguir a los infractores, prohibir, clausurar, etc. Las típicas medidas que conforman el canto del cisne de cualquier sistema caduco. Otra, sería que la situación la arreglase el mismo que la desarregló. No hay duda de que, si todas las empresas implicadas, las mismas que han hecho posible que bajarse música no cueste ni esfuerzo, se empeñasen en revertir el proceso, lo conseguirían. Sacarían un formato que dejaría obsoletos los actuales, y que sería de pago e imposible de transferir. Una última posibilidad sería que los músicos terminasen vendiendo su propio material directamente, mediante descargas desde su página web oficial. Bien mirado, esta opción sería la más justa, ya que suprime intermediarios que en muchos casos hacen un uso muy cuestionable de sus recaudaciones. Aquí tal vez lo difícil sería encontrar  a los músicos, pero para eso está papá Google esperando asumir nuevas funciones.

            Cualquiera de las tres soluciones es posible. Con las estadísticas en la mano me decanto por un híbrido con lo peor de cada una. Un nuevo sistema igual de insatisfactorio que el presente, si no cambian algunas otras leyes del sistema económico actual. El libre mercado es así. Y no parecemos encontrar nada que lo supere.

El sufridor anónimo

Publicado mayo 6, 2010 por José Sala
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            Hagamos memoria en un momento y recordemos todas esas ocasiones en que el pobre hombre de la calle, del campo o del mar ha servido como material para grandes películas, novelas y óperas de todo tipo, con frecuencia melodramas. En otros tiempos, el hambriento, el sin techo, el loco, el reprimido, constituían una preocupación real para algunos artistas, preocupación que intentaban contagiar al gran público demostrando, de paso, su genialidad en el oficio.

            En los tiempos que nos ha tocado vivir, el sufridor anónimo no importa en absoluto. Es basura que se vende a peso en los telediarios: parados, secuestrados, ahogados, damnificados, y todos ellos utilizados con el único fin de que pasemos el mayor tiempo posible delante de una pantalla para que nos puedan pasar anuncios. No sirven para nada más. Lo que nos conmueve, si acaso, es el sufrimiento de los famosos. Esas penas sí que nos llegan hondo, forman parte de nuestro día a día, despiertan nuestra más honesta solidaridad. Fíjate cómo sufría Elvis; lo mal que lo pasaron Keith Richards o Kurt Cobain, porque deshacerse de un hábito de heroína (autoimpuesto), se puede convertir en todo un calvario; qué mal lo pasó Hemingway, y Salinger. Qué mal lo está pasando Isabel Pantoja, la pobre. Sin embargo, un compañero de trabajo que lo acaban de despedir de la peor manera, que ya no va a poder pedir el crédito para comprarse el piso como tenía planeado, nos resbala por dentro. Y el yonqui de nuestro barrio es un apestado que evitamos a toda costa.

            Elvis no consiguió que la gente mirase hacia el gueto, sólo hacia su incipiente barriga y sus problemas con las pastillas. Salinger no logró que tomásemos en cuenta a todos los Holden Caufield que pululan a nuestro alrededor, “all the madmen”, como diría Bowie, pero sus rarezas eran muy interesantes. La escoria. Los que nos venden la fruta y nos dan qué pensar al verlos en un largometraje de Stephen Frears. Es normal que uno ya tenga bastante con salir adelante tal y como están las cosas, pero no debería serlo. La competitividad sin cuartel, la supervivencia de los más hábiles, deja tras de sí una legión de cadáveres andantes, anulados por completo. Zombis desnortados que no saben hacia dónde caminar. Les da lo mismo. No se puede decir que tengan mucha elección. Decía Bertolt Brecht que cuando el delito se multiplica, nadie quiere verlo. Así es. Y cuanto más inadaptado, inútil, improductivo, poeta o abogado de los Derechos Humanos haya a nuestro alrededor, más nos obstinaremos en mirar hacia otra parte. ¿Nos va a ganar alguien en eso? Siempre habrá algún chisme de famosos que nos distraiga, que nos haga soñar con una vida más coloreada. Lo mismo que hacía Blanche DuBois en “Un Tranvía Llamado Deseo”: colocar un farolillo de papel coloreado sobre la bombilla desnuda del salón para cambiar el color de las cosas. Para endulzar la triste realidad. Blanche era una pobre loca, pero abrió mucho camino a generaciones de locos que vinieron tras ella a perpetuar el síndrome del que no quiere saber nada de temas prosaicos y aburridos.

Salinger

Publicado febrero 1, 2010 por José Sala
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Descanse en paz J.D. Salinger (1919 – 2010)


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