Luna (15)

    Me coloco en posición de lanzar el dado. La jefa lo ha manoseado durante unos instantes antes de dármelo. Hago mi primer experimento: lo lanzo de forma que ruede sobre las aristas de su base cuadrada. Pronto dibuja un semicírculo y se detiene. La banca me entrega una ficha, la que he apostado, pero durante el lanzamiento la jefa ha robado otra del montón, con lo que me quedan tres. Repito la operación. Pierdo una ficha a manos de la banca y otra a manos de la jefa. Apuesto la última ficha amarilla. Lanzo el dado, que me dejará sin fichas tras girar en círculo durante cinco breves segundos en los que veo la solución a mi informe, su conclusión plasmada en el papel, y sé que debo irme. Eso es exactamente lo que le digo a la jefa cuando me pregunta a dónde me dirijo.
    - Como quieras – dice -. Pero abona tus consumiciones antes.
    - No sé a qué consumiciones…
    - La camarera lo tiene todo apuntado. Nunca se equivoca.
    - El caso es que no llevo más dinero. ¿Te importaría invitarme?
    - No es costumbre – dice con una sonrisa amable y falsa.
    - Entonces déjame que hable con mi amiga. Es la chica del guardarropa.
    - Acabo de darle permiso para marcharse a casa. Dijo que no se encontraba bien.
    - ¿Sin despedirse de mí?
    Ahí está otra vez esa sonrisa falsa. Tendré que admitir que le sienta bien.
    - Déjame que la llame en un momento – digo.
    Tecleo en mi móvil el número de mi amiga. La sonrisa de la jefa está bien apuntalada.
    - No hay manera – digo al cabo de unos instantes -, tiene el teléfono apagado. ¿Qué piensas hacer? ¿cuál es la “costumbre” de este sitio en estos casos? ¿vas a llamar a la policía, quedarte con mi abrigo hasta que traiga el dinero o mandar que me den una paliza?
    La sonrisa falsa se convierte en risa auténtica.
    - Nada de eso – dice -. Con tal de que vengas esta noche a trabajar.
    - No está mal – digo. Entonces recuerdo la cena que tenía proyectada -. Me vendrá bien algo de efectivo.
    - No habrá efectivo. Me debes un dineral.
    - Eh, creo que tu camarera se está equivocando por primera vez. Tanto no he bebido.
    - Tu amigo de barba y ese otro de los ripios han asegurado que tú les invitabas. Ese último, además ha invitado a champán a una docena de simpáticas que celebraban una despedida de soltera.
    - El mundo está lleno de listos.
    - Sin tontos de por medio, no los habría.
    - Yo no he autorizado esos pagos. Ni voy a responder de las deudas de cualquiera que se ponga a pedir en mi nombre.
    - De todas formas tendrás que venir. No te haré trabajar mucho. La primera vez no se cobra, pero se aprende. Las demás ya son cobrando.
    - ¿De dónde te sacas que quiero formar parte de tu plantilla?
    - Acabas de decir que necesitas efectivo.
    - Para ir tirando.
    - Hasta puede que tengas cualidades.

Luna (14)

    “¿A qué ha venido esto?”, me pregunto. Pensamiento que aflora sin duda en mi cara, porque no creo en la telepatía y sin embargo ella, mi amiga, responde a la pregunta:
    - Estabas a punto de caer ante mi jefa.
    Apenas lo susurra, pero lo percibo con toda claridad. Hasta me parece que estoy aprendiendo a leer los labios.
    - No te dejes engañar – le digo -. Tu piel sabe que no miento.
    Y así es. La jefa dispone de ese tipo de belleza de algunas modelos, de las cariátides, de las diosas del frontón oriental del Partenón. Dejó de ser joven la semana pasada, pero su cuerpo todavía no se ha enterado. Retiene imperativamente casi todo su frescor, como respaldada por una fáustica alianza. Sin embargo, encuentro más atractiva a mi amiga. Muchísimo más. Debe ser la edad. Cuando se prefiere la realidad a la ficción, uno se ha hecho mayor.
    En ese momento se me ocurre una idea: ¿y si me pongo a gritar “Luna”, como ese tipo, hasta ver quién aparece? Es así de sencillo despejar la incógnita que me acompaña desde hace dos días. Pero bueno, defenestremos la idea con elegancia. Será mejor olvidarse de eso. Al cuerno mi jefe y sus crípticas sentencias por lo bajo. ¿Desde cuándo me interesan esas elucubraciones? Una mano de dedos finos atrapa mi barbilla, gira lentamente mi cabeza hacia la derecha. En ese breve recorrido visual puedo ver cómo la jugadora de la camiseta a cuadros abandona la mesa de juego, justo antes de encararme con los ojos verdes de la jefa. Toparse con un lince en pleno bosque por la noche debe ser algo así. Sus labios vuelven a entreabrirse. Me anticipo y suelto:
    - Voy a probar suerte otra vez en ese juego.
    Los labios sonríen. Mi amiga se ha marchado. Mentalmente la veo alejarse, mientras mis ojos siguen clavados en los de la jefa, que me toma del antebrazo y me empuja suavemente con el hombro hacia la mesa de juego.
    - Te acompaño – dice -. El crupier cree que esa jugadora y tú estáis conchabados. ¿Qué opinas?
    - Que sufre de paranoia – le digo -. No he visto a esa chica ni en sueños.
    Al cruzarme con la jugadora que se retira puedo ver unas gotas de sudor escapando de la cinta negra que le sujeta el pelo. Recibo una intensa mirada color café que trato de retener antes de desaparecer entre los cuerpos de los mirones, que ya se han olvidado de ella pero siguen embobados con el tapete morado, esperando la próxima víctima, como romanos en los juegos.

Luna (13)

    En este antro hay pocas diversiones mejores que sostenerle la mirada a la jefa. No hay duda de que posee cualidades hipnóticas. Su sonrisa acelera el flujo de sangre hacia mi cerebro. Ella se mueve, se desplaza hacia mi derecha. Rodea la mesa de juego hasta llegar a mí. Sus ojos queman. El verde intenso de su iris tiene pequeñas manchas marrón claro, como lava recién salida del volcán que es su pupila ensanchada, penetrante. Su aliento cosmético envuelve mi cuello. Mi nariz tropieza con su oreja, estaba escondida en esa mata de pelo cobrizo que me golpea la cara mientras sus incisivos superiores se hunden en mi cuello, dejando ir un breve rugido animal, definitivamente felino, de gato grande, viejo y panzón. Sus colmillos se me clavan como puñales liliputienses sobre la piel de Gulliver, inyectando un veneno anestesiante hasta que mi barbilla descansa sobre su clavícula desnuda para impregnarse de todo su aroma corporal. Nada de esto sucede, es todo una ilusión momentánea fruto del efecto hipnótico del turquesa de sus ojos, pero parece que va a suceder ahora, porque ya la tengo delante, casi encima, con los labios entreabiertos.
    - ¡Luna! – grita alguien a mi espalda.
    Me giro sin remedio. Tengo que encontrar a quien ha proferido esa voz, tan parecida en timbre a la de mi jefe, pero considerablemente superior en cuanto a vitalidad, en cuanto a fuerza y vigor. Me viene a la mente el escritorio, con los papeles amontonados gozando de un orden secreto que sólo yo conozco, y ahí es cuando me doy de bruces con todo ese cuerpo que ha venido a enroscarse en torno al mío por sorpresa, dejando mi espalda para la jefa, suponiendo que siga ahí mientras mi amiga me devora de una forma que no la creía capaz en un sitio público. Mi esperanza de localizar a ese que conoce el significado de “Luna”, a ese que de una manera o de otra terminaría por explicármelo, se esfuma entre lengüetazos, como la conclusión de mi informe, como la jefa, la mesa de juego, el antro entero, que desaparece por unos segundos incluso de forma auditiva. Cuando nos separamos, lo que capta mi visión periférica recuerda bastante a la explanada de un macro-festival de rock una vez terminado: todo parece sin vida, sin interés. Un mensaje constante de que ya no queda nada que hacer aquí.

Luna (12)

    La chica efectúa un nuevo lanzamiento. Lleva unas mallas negras muy ceñidas que tocan la mesa de juego rectangular a la altura de sus muslos, cerca de las ingles. Toda ella es larga, delgada, flexible. Las mallas van coronadas por un cinturón con tres hileras de remaches piramidales de falso metal. Más arriba, el ombligo, desafiante como el ojo de un cíclope, en medio de un vientre tan plano como blanco. La camiseta de tirantes muestra un estampado de tablero de ajedrez. Lo que guarda debajo no podría saltar afuera aunque su dueña quisiera pero, tal vez por ello, atrae las miradas de la concurrencia a través de un breve, oscuro túnel que comienza en su escote y se revela cada vez que el gesto de lanzar la inclina hacia delante de medio cuerpo, gesto acompañado de un casi imperceptible giro previo de la muñeca huesuda, la del brazo derecho, que se vuelve masculino a la altura del bíceps, revestido con un guante de rejilla negro hasta más arriba del codo. Sólo el tope que hacen sus muslos con la mesa de juego impide que caiga de bruces sobre el tapete, iluminado por una lámpara elíptica de siete focos que revela el castaño claro de su cabello, alejado del rostro por una cinta elástica, también negra, que le cubre la frente como a una guerrillera centroamericana.
    Lanza otra vez el dado caprichoso. Extiende el brazo hasta casi rozar con su rasurada axila el tapete morado, dejando por un momento su barbilla muy cerca del mismo, las miradas confluyendo en su esternón. Luego observa girar el dado con los labios entreabiertos, prominentes, labios que parecen adelantarse en busca de un sorbo con que aplacar su calor interno. El rojo pálido de sus pómulos, los ojos, circunvalados a conciencia con lápiz negro, elípticos y brillantes como la lámpara, casi orientales, la convierten en modelo de Picasso en la etapa azul. Otro lanzamiento ganador. El que busca su esternón ha tropezado ahora con su omóplato derecho, que se desmarca del tirante camiseta a cuadros. Rakidip espía otra vez al crupier, reteniendo un primer plano de ese brazo largo, blanco como toda ella, rematado por pequeños cuadrados negros en forma de uña. La jefa del divertedero asoma su cara por encima del hombro derecho del crupier, que sin perder de vista el dado que acaba de detenerse sobre el tapete, le murmura unas palabras al oído. Como impulsada por un resorte invisible, levanta la cabeza hasta que su mirada coincide con la de Rakidip.

Luna (11)

    Eso es lo que se llama pecar de optimismo: “todavía me quedan fichas”, como si me quedara un saco lleno. Deben ser tres o cuatro nada más las que tengo ahora mismo en el bolsillo del pantalón. Una cantidad que no permite jugar muy fuerte. Aunque si las utilizo de una en una es posible que llegue a entender un poco el mecanismo de ese juego tan raro. La partida anterior ha sido desconcertante, mis ojos aún se estaban adaptando a la oscuridad de este sitio. Ese dado tiene la forma más extraña que he visto en mi vida, de ahí su forma de girar. ¡Epa! Aquel tipo podría caminar con más cuidado, casi riega mi antebrazo con la cerveza que se le va cayendo de la jarra. Lo que sí ha conseguido mojar es mi bota derecha, puedo notar el frío de la cerveza empapando el calcetín y penetrando luego hasta humedecer el pie. Una sensación bastante incómoda, llevar el pie mojado. Podría ir al aseo y secarlo con un poco de papel higiénico. Suponiendo que haya. Pero de todos modos el calcetín seguirá humedo, igual que el interior de la bota. Qué se le va a hacer, no llevo calcetines de recambio. No soy tan previsor. Lo mejor será olvidarse de esto.
    La mesa de juego está más concurrida que antes. Gracias a mi altura puedo ver el tapete morado con líneas blancas, por entre las cabezas de tres filas de espectadores. Una jugadora de unos veintiséis años parece que hará saltar la banca. Eso cree la mayoría, según deduzco por los comentarios, los movimientos de manos, de cabezas, pero algo en los gestos calculados del crupier me dice que no es más que un momentáneo espejismo. Espejismo que crea espectación, atrae a potenciales jugadores, reseca las gargantas que luego irán inevitablemente a abrevar a la barra. Sin duda es bueno para el negocio. Y ese crupier sabe que lo que es bueno para el negocio es bueno para él, porque le repercute directamente. Eso es lo que me está diciendo sin querer. Hombre, ahora me sostiene la mirada durante un par de segundos. ¿Habrá leído mis pensamientos? ¿o me recuerda de la partida anterior? Mi mirada le dice que en cuanto desplume a la chica yo ocuparé su puesto.

Luna (10)

    - Hola, soy Tomás y soy poeta.
    - Yo soy antropófago – dice Rakidip -, aunque puedes llamarme Pof.
    Tomás, a la escasa luz del antro, parece huido de la tumba. Su frente está sembrada de pústulas, entre las que reina un grano sobre la ceja izquierda que va del morado al amarillo verdoso, chivato de la cantidad de Lyptokard que flota en su sangre. Se encorva hacia delante con las manos sobre un taburete color ciruela, dando la impresión de que va a brincar por encima de él en cualquier instante o que lo guarda para que no se lo quiten. O que se apoya en él para no caer. Levanta la ceja izquierda como queriendo ahuyentar el grano y suelta:
    - Ya tuvimos ocasión
    de charlar en cierto día.
    Supe que recordaría,
    a pesar del colocón,
    nuestra gran conversación.
    Verte de nuevo me es grato.
    - Me confundes con un gato.
    - ¿Por qué niegas lo evidente?
    - ¿Tienes pruebas?
                            - No soy gente
    que haga fotos todo el rato.
    El grupo de borrachas mira a Tomás de hito en hito, con ojos extraviados. De cuando en cuando, una carcajada estridente se deja oír en la penumbra vacía de música, por encima de los murmullos, el chasquido de los mecheros, el aterrizaje fatal de los vidrios sobre el suelo. Tomás levanta otra vez la ceja izquierda, mira en derredor suyo, sin ver, como un autómata. Suelta por fin el taburete color ciruela. Rebusca con una mano en el bolsillo de la camisa oscura, mientras con la otra retira de su frente un flequillo negro, espeso, grasiento y orwelliano. Después saca un pedazo de papel cuadriculado:
    - Si quieres – dice -, puedo leerte mis últimos versos.
    - No es necesario – dice Rakidip. Luego baja la voz -: esas de ahí no te quitan ojo de encima.
    - Dime que no mientes.
    - Date la vuelta.
    Tomás se gira, retirando una vez más su flequillo empapado en sudor.
    - Las mujeres son mi corona de espinas – dice.
    - Debe ser fácil seducirlas cuando uno es poeta – dice Rakidip -. El problema de muchos es no saber qué decir.
    - ¿Fácil? Más que eso: aburridamente fácil. La llave del corazón de una mujer está en su oreja. No importa si lo que uno dice es cierto, siempre que suene impactante. Hay tiempo de sobra para hacer que la realidad concuerde con lo dicho… o parezca que concuerda. Ven, te lo demostraré.
    - No, gracias, me encuentro servido. Voy a probar suerte en ese juego de ahí. Todavía me quedan fichas.

Luna (9)

    Ella vuelve a su trabajo dejándole con el sabor de su barra de labios, sabor que él intenta borrar a base de Lyptokard. La camarera de la peluca rubio platino parece abanicar cada vez que parpadea. Le guiña un ojo. Rakidip muestra la punta de la lengua por respuesta, levantando apenas el mentón, como lo haría delante de un médico. Después la peluca gira, con una botella azul en una mano y una copa de cóctel en la otra. Los tacones y el estrecho pantalón de latex negro le dan cierto aire de funambulista. Él observa sus caderas llegar hasta el otro extremo de la barra, cuando una voz apenas etílica se le derrama en la oreja derecha:
    - No está mal, no. Veo que sigues teniendo buen gusto – se echa a reír.
    - Acertaste – dice él reconociendo la voz de su amigo -, pero no es todo lo que hace falta. También hay que convencer.
    - Menudo festival ayer, ¿eh? – dice el amigo. Son sus ojos los que hablan. Unos ojos que parecen saltar y volver a su sitio cada vez que enfatiza una frase. Y enfatiza muchas frases, creando un ritmo de conversación que pronto estresa a Rakidip.
    - No sé de qué festival me hablas – dice Rakidip.
    - Claro, tú caíste a la primera. Ese Penko es la leche. Nos dio a probar algunas de sus “medicinas”, el muy crápula. Pero a ti no te sentaron bien. Te quedaste frito. Tuvimos que acostarte sobre la alfombra de la habitación. Lo que me pude reír luego, en la cena, cuando hablabas en ruso con aquella camarera rubia. La que decías que era igual que Natassja Kinski. No sabía que hablabas ruso.
    - Sí, igual que tú. Eso era kobaïano. Me sé unas cuantas frases.
    - Lo mejor ha sido esta mañana, de vuelta a casa. Tú, venga a decir: “para, que me bajo aquí”. No sé qué se te ha perdido en ese camino de tierra. Conste que lo he permitido porque insistías como un poseso. Amenazabas con bajarte en marcha del monovolumen.
    - No sé a qué monovolumen…
    - Al del doctor Penko, te lo estoy diciendo.
    - Está bien, eso fue ayer. Ahora contéstame unas preguntas.
    - Claro. Pero primero tengo que recoger una cosa. En media hora, como mucho, estaré de vuelta. Te dejo con Tomás. Lo acabo de conocer – acerca su boca de nuevo a la oreja de Rakidip -: va un poco pasado, te lo advierto -. Y desaparece entre un grupo de borrachas empeñadas en beber de sus zapatos de tacón.

Luna (8)

    En el cartel de latón, la clínica Borman parece un terrón de azúcar sucio que proyecta su sombra en la mancha verde oscuro del jardín que la rodea. Bajo la composición, que en su intento de ser realista parece sacada de un viejo cómic, hay una flecha negra señalando a la izquierda, en dirección al puente que cruza el canal de donde proviene Rakidip, y un poco más abajo de esta puede leerse la distancia en kilómetros. Él no la lee, el sol del mediodía se refleja en la abolladura sobre la que descansa la cifra, cegándole por un instante, lo que le hace girar la cabeza mientras sigue caminando. Momentos después paladea un combinado de Lyptokard en compañía de su amiga junto a la barra de un local de juego oscuro, no muy bien ventilado, donde todos parecen divertirse a más no poder.
    - Parece que te has perdido – dice ella.
    - Te dije que vendría.
    - Ayer.
    - Eso, ayer te dije que vendría.
    - No. Anteayer me dijiste que vendrías ayer. Hoy es viernes.
    - ¿Viernes? – Rakidip trata de recordar. Involuntariamente se lleva la mano al bolsillo del pantalón negro para comprobar que las llaves de su casa siguen allí. Toca algo que parece un trozo de papel -. Bueno, mejor día para venir, ¿no?
    - Podías haberte conformado con la suerte del principiante. Pero no, tenías que apostar hasta perderlo todo. Los hombres sois tan parecidos…
    - Como las mujeres. No es fácil esquivar las leyes naturales. Además, es la primera vez en mi vida que veo ese juego.
    - Se nota que no sales mucho. ¿Qué hiciste ayer?
    - Trabajar, supongo. Mis días son muy parecidos.
    - ¿Lo supones?
    - Ahora mismo estoy trabajando también. No lo puedo evitar. De cualquier situación se pueden extraer datos para el informe que llevo entre manos. Tengo que terminarlo de una vez. Esta mañana he conseguido recopilar unos cuantos datos la mar de valiosos. A ver si lo termino antes de cenar. Porque esta noche me toca preparar la cena. Se me ha ocurrido algo que te va a sorprender.
    - Es viernes, acuérdate.
    - No me digas que no puedo contar contigo -. Ella suspira.
    - Si cenamos pronto, sí. A las once tengo que estar aquí de vuelta. Los viernes se pone a tope. O sea, que a las diez y media saldré de tu casa.
    - Y, ¿a qué hora vendrás? -. Ella calcula sin dejar de mirarle. Veinte segundos más tarde dice:
    - Espérame pasadas las ocho. No pongas esa cara – ronronea -, en dos horas se pueden hacer muchas cosas.

Luna (7)

    Media hora más tarde estamos abrazados en el sofá. Ella tiene una pierna sobre mis rodillas y se ha desprendido de las botas. A través del nylon color lechoso se pueden ver sus dedos de niña coronados por manchas rojo intenso. Mi brazo derecho circunvala sus riñones. Cada vez hay que esmerarse más para que los besos no pierdan sabor, no pierdan sentido. Cuando los besos no saben a nada es muy mala señal. Justo lo contrario de lo que ocurre ahora.
    - Tengo que irme – dice ella. Hago rebotar la frase por toda mi cabeza sin emoción. La esperaba.
    - Mañana tal vez pase a verte – digo contemplando mis papeles desordenados sobre el escritorio.
    - Pobre de ti si no lo haces – dice mientras se coloca las botas. Y dos o tres minutos más tarde vuelvo a estar tan solo como los muertos.

    Recoge todos los datos que puedas, sé meticuloso, no pases por alto ningún detalle aparentemente insignificante, sé cauto a la hora de formular hipótesis. La sombra de mi jefe planea sobre el escritorio cada vez que me siento a trabajar. Parece que le oigo hablar, con su voz profunda y acompasada. Me da consejos, me amonesta cuando yerro, me felicita a regañadientes cuando hay progresos. Sé que confía en mí. Nunca lo dirá, pero lo sé. Esto debería ser suficiente. Veremos lo que piensa del informe cuando esté terminado. Él y esas cuatro cacatúas de asesores.
    ¡La sorpresa que se han llevado con mi obstinación! Que se vayan al cuerno. Estoy harto de empezar trabajos, desarrollarlos a conciencia, para que en el último momento me los quiten de las manos, se los den a uno de esos pelotas que acaban estampando su firma al pie de la última página, llevándose todo el mérito. Me da igual si esto trae consecuencias, este informe lo termino yo. Puede que sea el último, y a la vez el primero que termino, pero no moriré de una forma tan estúpida, como un empezador de trabajos que firman otros. Menudo epitafio: “aquí yace el gran iniciador de obras ajenas.” Se acabó. Muerte o gloria.
    A lo mejor mi jefe se refiere a Benedicto XIII, el papa Luna. Un papa que no dudó en disfrazarse para escapar del sitio al que lo sometían las huestes del psicótico bienamado, Carlos VI de Francia… No. Huele a pista falsa. Veremos qué piensan del informe, si es que consigo terminarlo. Veremos si no se tragan todos sus cochinos prejuicios. Ahora me voy a dormir, mañana sin falta he de ir a la clínica Borman.

Luna (6)

    La cena no ha estado mal. Ahora ella se chupa los dedos para hacerla parecer todavía mejor, para que no me olvide de felicitarla, de agradecérselo. Vive de agradecimientos. Tiene que demostrar que sin ella estoy perdido. Y lo estoy, pero no más que cualquier mortal, incluida ella. Es una yonqui del reconocimiento de sus facultades. No se da cuenta de que eso denota inseguridad. Para mí es tan fácil jugar ese papel, el único que ella me deja… Estoy disimulando, haciendo como que pienso en el trabajo, en el informe. Dentro de un rato caeré por sorpresa sobre ella, llenándola de agradecimientos, mentalmente de rodillas ante su supuesta magnificencia que supuestamente me embriaga, me succiona, me esclaviza. Le haré ver una vez más que está en lo cierto, por no descorazonarla. Para que se confíe, sí, pero también por el peligro que supone no hacerlo. Equivaldría a mostrarse descortés. Y la descortesía, en su código penal, se castiga con las más refinadas formas de subrepticia venganza.
    De fingirme distraído paso a estarlo de verdad. Pienso en las palabras de mi jefe, “luna”, ha dicho, un sustantivo con tantas interpretaciones como uno quiera darle. No es su estilo dar pistas. Además, se trata de un trabajo, no de un juego. Si él conociera el final no me pagaría para averiguarlo. Pero teniendo en cuenta que lleva nueve meses sin pagarme puede que sí lo sea. Varias veces he tenido la sensación de que sus asesores me estaban toreando. En cualquier caso es un juego caro y carente de sentido. He de conseguir como sea que me paguen. Después, que jueguen todo lo que les plazca. Como está jugando ahora ella, con una bola hecha de miga de pan. La coloca sobre el extremo de un cuchillo que sostiene por su mitad en el aire, al tiempo que descarga la otra mano sobre el extremo vacío, reinventando la catapulta. La bola anda ahora perdida entre mis pelos, parece buscar refugio de la estridencia de su risa. Yo le sonrío fingiendo un reproche. Sé exactamente qué cara poner para que ella encuentre difícil detener su risa, para que la multiplique, porque me excita verla en ese estado. Me tomo mi tiempo para gozar de su boca, de su cuello, del nacimiento de sus senos, que asoma por encima del cuello de la blusa violeta. Sus ojos apenas pueden abrirse debido a la risa, y yo aprovecho ese momento para levantarme en un suspiro y mordisquearle el cuello, lo que redobla su risa, y mis dedos se hunden en sus costillas guiándola hacia un ataque sin par.