Día De Permiso (10/21)

    - Por suerte, los datos procedentes de este paquete de cervezas fueron peores de lo esperado en cuanto a sabor e iguales en cuanto a efectos por resaca, a excepción de un ligero mareo extra por las mañanas no detectado hasta el momento. Y digo suerte porque de haber sido los datos favorables, el siguiente paso era irse hasta una localidad próxima a comprar las cervezas y regresar con ellas andando hasta casa. Lo que hubiera supuesto un esfuerzo físico cada vez mayor.
    - Y que lo digas – dijo Lucía.
    - Me costó tres meses, pero al fin tenía una tésis: a la cerveza le gusta dar un paseo antes de ser consumida, pero si la cansamos demasiado se toma venganza.
    - Genial – dijo Lucía.
    - Entonces me enfrasqué en la tarea de ordenar datos. Redacté una memoria que incluía gráficos y pormenores de cada experimento. Y bosquejé una a una las conclusiones alcanzadas.
    Una buena mañana se presentó por fin con el informe ante el consejo de administración de cervezas Kölz, en la oficina central. Allí realizó su exposición con toda precisión y claridad, según él. Juanjo lo imaginaba moviendo sus manos amorcilladas mientras escuchaba el eco de su voz y dirigía miradas escrutadoras. Al terminar su exposición, en la mente de los diez miembros del silencioso consejo de administración flotaba una idea seguida de una pregunta. La idea era: “Este tipo está convencido de que a la cerveza le gusta dar un paseo antes de ser consumida”. Y la subsiguiente pregunta era: “¿Qué nos importa eso a nosotros como empresa?”.
    - Yo esperaba esta reacción – dijo Mario -, así que me adelanté, dejando caer sobre la mesa todo un estudio de centros de distribución en grandes ciudades situados de forma estratégica para que los consumidores tuvieran uno a distancia de paseo de su casa.
    - Es buena idea – dijo Lucía.
    La primera objeción que se le hizo tenía que ver con los costes que eso planteaba. Argumentó que un aumento del diez por ciento en el precio del producto no sería mal recibido teniendo en cuenta los beneficios del “paseo”. Le argumentaron que dejar eso claro precisaría de una feroz campaña publicitaria previa. Y otro consejero advirtió: “¿Va el público a aceptar la idea de que pasear la cerveza es bueno?”.

Día De Permiso (9/21)

    - Venga, pensad – dijo Mario -. Imaginad que notáis esa diferencia por sistema. ¿Os gusta la cerveza?
    - A mí sí – dijo Lucía.
    - Exacto: descartar hipótesis hasta quedarnos con la buena. Por eso llevé a cabo experiencias durante más de un mes anotando los resultados. Lo que hice fue mantener constantes la hora, la cantidad y el lugar de la toma. La conclusión rotunda fue que la cerveza comprada en el supermercado B sabía mejor que la comprada en el supermercado A. ¿Os aburro?
    Juanjo iba a decir que sí.
    - No, sigue, sigue – dijo Lucía.
    - Además de poseer un sabor ligeramente afrutado se hacía menos pesada a la hora de la digestión, y experimentos posteriores demostraron que consumida en grandes cantidades producía resacas menos molestas. Después hice las mismas pruebas con botellines de distintos tamaños y marcas y observé que se comportaban del mismo modo que el modelo escogido, es decir, lata de 33 centilitros de Kölz.
    Cuando decidió ampliar el radio de acción de sus experimentos a supermercados más distantes de su casa, los resultados fueron muy dispares. La investigación parecía estancarse.
    - Pero no me puse nervioso – dijo -, no. Antes bien pasé revista a los factores que intervenían en el experimento y descubrí un factor nuevo: el medio de transporte. Este detalle fue todo un hito en la investigación.
    Lucía se desenmarañaba el pelo color caoba. Estaban muy cerca.
    - Comencé de nuevo – dijo Mario – a experimentar con supermercados que se encontraban a mayor distancia, pero esta vez distinguiendo entre la cerveza que transportaba en coche y la que traía andando desde el supermercado. En mis estadísticas particulares, las cervezas traídas paseando derrotaron a las traídas en coche en sabor y molestias por resaca suaves.
    - Oye – dijo el del chándal.
    A Mario le costó volver a la realidad.
    - ¿Sí? – dijo.
    - Creo que mi amiga te pone cachondo.
    Ella entrecruzó las piernas y aprovechó para atizarle con la punta de su bota en pleno talón.
    - Juanjo, por favor – dijo.
    - Como decía – continuó Mario -, las cervezas traídas paseando derrotaron a las traídas en coche. Y llegados a este punto quise hacer una prueba definitiva. Me trasladé en coche hasta un supermercado de las afueras, compré un paquete de cervezas y me marché con él andando hasta casa, operación que me llevó varias horas.
    - Caray – dijo Lucía.

Día De Permiso (8/21)

    - Hace dos meses – dijo – hubo una reducción de plantilla en la empresa, Cervezas Kölz, y me quedé sin mi puesto de comercial.
    Apenas unos brotes de pelo allá arriba, tez color manteca y gafas de pasta.
    - Pero no creáis que eso me preocupa – dijo -. Soy de los que piensan que todo en esta vida sucede por una buena causa.
    Derrochaba tanta simpatía como complejo de superioridad. Lucía se arrimó a Juanjo.
    - Soy separado – seguía Mario -, tengo una hija de seis meses y me propuse encontrar un trabajo mejor en tiempo récord. Bien, eso no fue posible, así que decidí poner en práctica el negocio que vengo rumiando desde hace mucho, porque… Bueno, he encontrado una curiosa teoría.
    - ¿Cuál? – preguntó Lucía.
    - A la cerveza le gusta pasear.
    - ¿Eh? – dijo Juanjo.
    - Es normal que os pille de nuevo – dijo Mario -, porque es un descubrimiento que acabo de hacer. Pero os voy a contar cómo lo descubrí.
    Resulta que Mario siempre compraba las mismas cervezas, Kölz en lata de 33 centilitros en paquetes de seis. Efectuaba sus compras dos días a la semana y en dos supermercados próximos a su casa.
    - Los martes las compraba en el de la esquina, que llamaré supermercado A, y los viernes en el que hay a dos manzanas, que llamaré supermercado B.
    Mario traía un diente roto por dos sitios junto al incisivo izquierdo que asustaba cuando sonreía. Y más aún cuando sonreía sin ganas. En ningún momento dejó de comerse a Lucía con los ojos. Con esos ojos que se habían vuelto platos al percatarse de que la cerveza de los viernes le sabía mejor que la de los martes, así que comenzó a experimentar en serio. Comprobó los lotes de los distintos paquetes de latas tanto del supermercado A como del supermercado B, y desechó el factor lote como causa de la diferencia. De forma similar fue descartando factores hasta quedarse con el único posible: el supermercado A quedaba más cerca de su casa que el supermercado B. La distancia se convirtió en el factor clave.
    - A ver – dijo -, ¿qué hubiérais hecho vosotros en semejante tesitura?
    No dijeron ni pío.

Día De Permiso (7/21)

    Apenas consiguió descansar en aquella butaca de hospital. Poco después de amanecer miraba el cielo y las azoteas con la criatura dormida, al fin, acurrucada en su único brazo, el izquierdo. Después, esa cara regordeta con el pelo rizado que era su hermana empezó a bisbisear desde la cama. Él se acercó con la niña.
    - Tienes que marcharte – dijo su hermana -. Aún estás a tiempo de evitar que se enfaden del todo. Si les explicas que viniste porque había nacido tu sobrina lo entenderán. Vete ahora, Juanjo.
    Aquello a Juanjo le dio mucha pena, como casi todo lo inevitable. Se despidió de ellas y se marchó. Pero en lugar de regresar a la institución psiquiátrica buscó una cabina y llamó a Lucía, con la que había tenido relación hasta el año pasado. No consigue citarse antes de las cuatro, así que se va a deambular. Se le ocurre acercarse al barrio y ahí es donde mete la pata. No tenía que haber ido.

    Lucía le ha dado un buen susto. Cavilando como estaba no la ha visto llegar, ni sentarse en el vacío dejado por Juan a su izquierda, tan alta como la recordaba, tan separada, tan con una niña preciosa de dos años, con esa voz dulce sin llegar a melindrosa. Ella le besa en la mejilla y capta sus ganas de verla. Algo que nadie más allí hubiera notado.
    - Me he escapado de esa casa de locos – dice.
    - Lo sé. Esta mañana.
    - Ayer tarde. Nació mi sobrina y no me lo podía perder. Pesa tres kilos y ochocientos gramos.
    - Qué linda – dice -. Como la mía.
    - Luego vine aquí y al rato llegó ese pelma de la libretita.
    - Creía que era amigo tuyo. Llevo horas ahí detrás haciendo tiempo. Os veía tan bien que no quería interrumpir.
    - Lástima que no lo hicieras.
    Ella le aparta un mechón de pelo de la cara. Se miran un buen rato. Luego, ella dice:
    - ¿Qué va a pasar contigo, manco de Lepanto?
    - ¿Cuando regrese? Bah, la bronca de siempre. Eso si vuelvo, que aún está por ver.
    - Te encontrarán antes de que te decidas. Un tío con un solo brazo llama la atención.
    - Lucía, tengo que contarte algo.
    - Tú dirás.
    - Con permiso – dice un tipo.
    Y se sentó en su banco un tal Mario bastante alto, cuarentón y periforme. Lucía quedó en medio.

Día De Permiso (6/21)

    - Era aún más repugnante – dijo Juan.
    Y con sólo pensar que le había estado manoseando se cabreó de nuevo, se ajustó los pantalones en lo que el viejo se erguía y no bien hubo recuperado la vertical le asestó un puñetazo en pleno estómago que lo volvió a doblar. Una ecuatoriana que cuidaba de otro anciano se puso a chillar.
    - Me decía que dejase en paz a aquel “caballero”. No te lo pierdas. “Caballero”, le ha llamado. Que iba a avisar a la policía.
    Así es como Juan Sánchez abandonó su propósito de zurrar al viejo sobón: de mala gana. Pero no se alejó demasiado. Su enfado le retenía en el parque. Minutos después rodeaba el estanque, indignado aún, y se sentaba a contarle sus hazañas al pobre del chándal, esperando el momento de pillar desprevenido al viejo, momento que acababa de materializarse con la aparición de su silueta a lo lejos, por encima del seto. Juan pegó un salto y echó a correr hacia él.

    El del chándal se llama Juanjo. El año pasado Juanjo trabajaba de administrativo en la Universidad. A raíz de un accidente de tráfico hubieron de amputarle el brazo derecho, y el estrés en que vivió los meses posteriores le hizo caer en una profunda depresión nerviosa que precipitó su ingreso voluntario en una institución psiquiátrica, de esas que cuelgan un enorme cartel con sus normas en la recepción:
    Norma número UNO: Con el fin de no perturbar el ánimo de los pacientes queda TERMINANTEMENTE PROHIBIDO emplear expresiones coloquiales del tipo “eso es una locura”, “¿está usted loco?”, “esto es una casa de locos” y cualesquiera análogas.
    Norma número DOS: La medicación es de uso exclusivamente individual. NO INTERCAMBIE SUS PASTILLAS CON EL RESTO DE LOS PACIENTES.
    Norma número TRES: COLABORE con el personal de limpieza. ESFUÉRCESE por atinar al evacuar sus deposiciones.
    De aquel lugar se escapó ayer tarde dejando sobre la cama un letrero escrito a lápiz: “Día de permiso”. Había nacido su sobrina, su primera sobrina. Y su solicitud de permiso para ese día, por precipitada, no había podido tramitarse. Y Juanjo tenía muy claro que quería ver a su sobrina. Así que se fugó, provocando vergüenza ajena en la habitación del hospital entre algunos familiares que rodeaban a su hermana. Ella se tragó la mentira de que estaba de permiso y no vio problema alguno en que pasase allí la noche para atenderla en lugar de su marido, empresario de los que odian apartarse mucho tiempo del trabajo. Ni siquiera vio problema cuando él, una vez a solas, le confesó que se había escapado.

Día De Permiso (5/21)

    - Ya no soy funcionario de prisiones – dice Juan -, pero sigo siendo Juan Sánchez. Eso me digo todas las mañanas. Me inhabilitaron. Y además me pusieron una multa. Lo que me extraña es que no te hayas enterado tú. Petra me prometió discreción, pero acabó largando y salí hasta en los periódicos.
    - No leo los periódicos – dice el del chándal -, pero a veces veo la tele en la sala de recreo.
    - Esto empieza a ser una pesadilla. Todos me dan la espalda.
    - Una tele que no dice más que estupideces.
    Vuelven al silencio. El del chándal desea de todo corazón que Lucía llegue de una vez, aquel tío es un pelmazo integral. Pero siempre se retrasa y esta vez es una de tantas.
    - Gané una buena pasta y perdí un buen destino – seguía Juan -. Un año de inhabilitación. A Petra la despidieron. Pero tranquilo, no se morirá de hambre. Ni yo. Aún tengo las fotocopias del diario. Y tengo ofertas. Una de… Bueno, ni te lo imaginas. Porque es material de primera. Vale una pasta. En cuanto al viejo ese… Espera que lo cace. Es peligroso. Es para romperle las narices, no merece otra cosa.
    Metió un faldón de su camisa dentro del pantalón y volvió a sentarse.
    - Date cuenta, hace un rato estoy en aquel banco, aquel de allá. Viene él. Me pide un cigarro. Se lo doy y el tío lo coge alargando el brazo, ¿sabes?, como si le diera miedo acercarse. Luego se va. Me quedo allí sentado y entre las noches que estoy pasando y lo poco que como, me he quedado dormido como un ceporro, con todo el sol en la cara. Hasta que noto un estirón en la cintura. Abro los ojos y me veo al viejo intentando bajarme los pantalones.
    El del chándal movió los ojos.
    - Y encima el tío como si nada. ¿Qué te parece? Pues no te creas que ha echado a correr, qué va. Y yo jurándome que lo mataba. ¿Es que hay que llegar a enfadarse y liarse a tortas con un viejo? ¿no se da cuenta de que me está faltando al respeto? Pues no.
    Y por lo visto, aún le dio otro estirón, ¡zas!, y sus pantalones descendieron un palmo. Notó el fresco de enero en la carne. Cabreado hasta el límite le sacudió una patada al viejo y se lo quitó de encima. Pero no era el que le había pedido el cigarro.

Día De Permiso (4/21)

    Comenzó el debate. Los invitados empezaron a intervenir por turno cuando Petra interrumpió:
    - Tenemos aquí – dijo – un documento de excepción: el diario de un pederasta. Un texto que nos invita a una profunda reflexión en torno a la pregunta, ¿qué es lo que genera un ser tan abyecto y retorcido, tanto que hasta sus congéneres sienten repulsión por él? La historia que voy a leer a continuación, además de verídica, es sobrecogedora. Presten atención.
    Leyó despacio y con regodeo durante cinco largos minutos. Al levantar la vista sus compañeros de control le hacían gestos, gestos amplios con los brazos, pero ella siguió leyendo.
    - Yo creía que iba a escribir un libro – decía Juan Sánchez -. Pero la muy cretina se dedicó a leerlo en la radio.
    Otros seis o siete minutos después, Petra volvió a levantar la vista. Ahora los gestos iban en serio. Tenía que contestar alguna de las numerosas llamadas que entraban a la centralita. Dio paso a la primera llamada. Un padre de familia que pedía la pena de muerte para los pederastas le acusó de hacer apología de la violencia. La mujer que efectuó la segunda llamada, una madre que reconocía en el autor del diario al violador de su hija amenazó con denunciar a Petra y a la emisora. Pero ella no se achantó. Y tampoco siguió aceptando llamadas, sino que se puso a leer otra vez.
    De cuando en cuando miraba la pecera de control y veía los nervios en las caras de sus compañeros, el miedo a perder el trabajo, miedo como el de Juan allí en el parque. Un técnico de sonido mostraba un cartel manuscrito que decía: “Ya es suficiente”.
    - Ni hablar – dijo ella -. Sois mi equipo y vais conmigo hasta el final.
    Y siguió leyendo con más coraje incluso:
    - Venga, que esto se pone calentito…

    El del chándal y Juan llevan un rato callados, mirando a los patos zambullirse caprichudos y engrasados. El del chándal está mareado. Por la falta de medicación, por sus recuerdos o por las historias de Juan Sánchez. El mareo es un síntoma demasiado general. Aparte de eso no parece sentir ninguna emoción, buena o mala. Está esperando a una tal Lucía que nunca llega.

Día De Permiso (3/21)

    - No te lo tomes a mal – dijo el editor -, pero ese tipo de material no me interesa. Demasiado polémico.
    - ¡Polémico! Se venderá como rosquillas.
    - Tal y como está es posible que alguien lo publique, pero ese alguien no voy a ser yo.
    - Pues tú te lo perderás. Conozco a la gente. Llevo años dirigiendo un programa de radio que trata temas “polémicos” y te aseguro que sé lo que quieren. Fíjate en este trozo que narra su vida carcelaria.
    - Petra – dijo el editor -, no sigas. Me hago una idea del contenido de tu novela y es algo que no puedo publicar. Si lo modificas y le quitas hierro tal vez podamos llegar a un acuerdo.
    Ella prometió suavizar la novela y escribir otro borrador. Pero lo único que hizo fue dejar pasar un mes y volver a presentar el mismo. El editor no era tan idiota como Petra pensaba y volvió a rechazar el borrador. Ella se enfureció hasta el punto de lanzar esa misma noche una ofensiva desde su programa de radio acusando a los “editores cobardes” de coartar la libertad de expresión y ejercer una censura encubierta. Y la cosa no quedó ahí.
    Tres noches después se llevó el diario al programa, invitó a una serie de políticos y psiquiatras, y los sentó alrededor de la mesa negra ovalada frente a sendos micrófonos. Mientras sonaba una canción de Cristopher Cross que servía de pausa previa al debate, sacó el diario. Ningún trozo le convencía. Se puso nerviosa, empezó a pasar las páginas de aquella libreta en busca de un trozo lo bastante jugoso como para ser radiado, llegando a rasgar un par de ellas.
    - ¿Te encuentras bien, Petra? – le preguntó un técnico de sonido.
    - De maravilla. Sólo que esto lo tenía que haber hecho en casa, antes de venir.
    La canción terminó. Petra empezó a presentar por antena a los invitados mientras reclamaba por señas un cenicero. Sólo había encontrado estupideces íntimas del pederasta sin el menor interés.
    Petra le pegaba al whisky de lo lindo, cosa que desconocía su público pero no sus superiores. De todas formas, ¿qué le iban a decir? Era una vaca sagrada de las ondas nocturnas. Pero por muy sagrada y por mucho whisky que bebiera, aquella no parecía ser una buena noche para Petra, busca que te busca en aquel diario, sintiendo cómo su carrera se le iba de las manos. Al fin encontró algo apetecible mientras un invitado se alargaba citando sus títulos académicos.

Día De Permiso (2/21)

    Y se lo compró. Vaya si se lo compró. Aunque Juan se guardó una fotocopia por si acaso. Ahora presumía de su pelotazo sentado en un banco del parque Antonio Machado a la hora de la siesta, ante un desconocido en chándal con un solo brazo que no dejaba claro si esperaba a alguien, si esperaba recuperar el oremus o si esperaba que Juan se marchara. Juan, por su parte, no dejaba de estirar el cuello vigilando en todas direcciones, se levantó, inspeccionó el seto que había unos metros a la izquierda y volvió a sentarse diciendo:
    - Si ves un viejo con pinta de marica, me avisas. ¿De acuerdo?
    El del chándal no movía la cabeza ni los ojos, y comoquiera que Juan empezaba a dudar que estuviera vivo, se levantó de nuevo y fue a plantarse ante él en cuclillas, mirándole a los ojos, con la nariz afilada asomando por encima de un mostacho sin clase y por debajo de un flequillo mal peinado a la diestra:
    - Dime, ¿qué clase de hombre eres tú? ¿eres de los que estiran del rollo de papel higiénico como si nunca fueran a tener bastante? Porque se puede saber mucho de un hombre, se puede averiguar qué clase de persona es por la forma de tratar el papel higiénico. Mira, es muy importante que si lo ves llegar me avises con tiempo. ¿De acuerdo?
    Se sentó y siguió con la periodista y el diario. Ahora Petra, con el diario en su poder, estaba trabajando en un libro, una novela a caballo entre el thriller psicológico y el porno de autor. Redactó un borrador de cincuenta páginas y fue a ver a un editor amigo suyo, grueso, de manos sudorosas, con cara de tener un ligue en ciernes.
    - ¡Caramba Petra! Siéntate. ¿Qué te trae por aquí?
    - Algo que te va a dejar de piedra. Escucha esto.
    Sacó el resumen de su novela y empezó a leer con voz resuelta una página tras otra hasta cuatro. En realidad no había hecho más que copiar trozos del diario. Después miró al editor, todo él una sonrisa.

Día De Permiso (1/21)

    Para Juan Sánchez aquella libreta era una bomba. Y para otros, Juan Sánchez, un idiota con la mano larga. Vestía un tres cuartos de cuero negro sobre camisa amarilla holgada y lucía aspecto de cansado. Demasiado para sus treinta y cinco. Trabajaba como funcionario de prisiones y tenía en su poder el diario de un pederasta. Una pequeña libreta de gusanillo que no leyó entera porque le revolvía el estómago. Pero sí lo bastante como para saber que era una bomba.
    El pederasta usaba la libreta para escribir poemas, pero por lo visto también escribía un diario en el que contaba con pelos y señales sus violaciones a niñas de doce años. Juan lo descubrió en un registro ordinario. Se incautó de la libreta, amenazó al pederasta para que cerrase el pico y se llevó el diario a casa manteniendo el hallazgo en secreto. Los poemas y los trozos del diario que hacían referencia a las instituciones penitenciarias fueron eliminados.
    Después contactó con Petra, periodista de programa radiofónico en auge. Ella se interesó y quedaron en verse una tarde para tomar café. Una cafetería del centro. Y allí Juan, con su libreta, nervioso, removiendo su café. Hasta que ella se le plantó delante con un whisky.
    - ¿Cómo llegó a sus manos? – le preguntó.
    - En un registro habitual – dijo él -. Otro recluso me lo había chivado a cambio de un favorcillo.
    - ¿Qué tipo de favorcillo?
    - Drogas, ya sabe.
    - No, no lo sé. ¿Es a eso a lo que se dedica en la cárcel, señor Sánchez?
    Juan no estaba acostumbrado a hacer negocios con un Rottweiller. Ni a hacer negocios en general.
    - Oiga – dijo -, si no le interesa, cojo y me largo.
    - Déjeme echarle un vistazo.
    Él se lo entregó de mala gana y Petra empezó a leer en voz baja.
    - Quiero garantías de que no revelará mi nombre – decía Juan -. Ante todo eso: mi nombre no debe aparecer para nada. Diga que se lo ha encontrado en el buzón o en la basura, me da igual. Usted puede sacarle partido. Pero tranquila, si no le interesa alguien lo querrá.
    Juan terminó su café. Ella pidió el segundo whisky y le miró:
    - ¿Cuánto quiere?