Y se lo compró. Vaya si se lo compró. Aunque Juan se guardó una fotocopia por si acaso. Ahora presumía de su pelotazo sentado en un banco del parque Antonio Machado a la hora de la siesta, ante un desconocido en chándal con un solo brazo que no dejaba claro si esperaba a alguien, si esperaba recuperar el oremus o si esperaba que Juan se marchara. Juan, por su parte, no dejaba de estirar el cuello vigilando en todas direcciones, se levantó, inspeccionó el seto que había unos metros a la izquierda y volvió a sentarse diciendo:
- Si ves un viejo con pinta de marica, me avisas. ¿De acuerdo?
El del chándal no movía la cabeza ni los ojos, y comoquiera que Juan empezaba a dudar que estuviera vivo, se levantó de nuevo y fue a plantarse ante él en cuclillas, mirándole a los ojos, con la nariz afilada asomando por encima de un mostacho sin clase y por debajo de un flequillo mal peinado a la diestra:
- Dime, ¿qué clase de hombre eres tú? ¿eres de los que estiran del rollo de papel higiénico como si nunca fueran a tener bastante? Porque se puede saber mucho de un hombre, se puede averiguar qué clase de persona es por la forma de tratar el papel higiénico. Mira, es muy importante que si lo ves llegar me avises con tiempo. ¿De acuerdo?
Se sentó y siguió con la periodista y el diario. Ahora Petra, con el diario en su poder, estaba trabajando en un libro, una novela a caballo entre el thriller psicológico y el porno de autor. Redactó un borrador de cincuenta páginas y fue a ver a un editor amigo suyo, grueso, de manos sudorosas, con cara de tener un ligue en ciernes.
- ¡Caramba Petra! Siéntate. ¿Qué te trae por aquí?
- Algo que te va a dejar de piedra. Escucha esto.
Sacó el resumen de su novela y empezó a leer con voz resuelta una página tras otra hasta cuatro. En realidad no había hecho más que copiar trozos del diario. Después miró al editor, todo él una sonrisa.