Día De Permiso (2/21)

    Y se lo compró. Vaya si se lo compró. Aunque Juan se guardó una fotocopia por si acaso. Ahora presumía de su pelotazo sentado en un banco del parque Antonio Machado a la hora de la siesta, ante un desconocido en chándal con un solo brazo que no dejaba claro si esperaba a alguien, si esperaba recuperar el oremus o si esperaba que Juan se marchara. Juan, por su parte, no dejaba de estirar el cuello vigilando en todas direcciones, se levantó, inspeccionó el seto que había unos metros a la izquierda y volvió a sentarse diciendo:
    - Si ves un viejo con pinta de marica, me avisas. ¿De acuerdo?
    El del chándal no movía la cabeza ni los ojos, y comoquiera que Juan empezaba a dudar que estuviera vivo, se levantó de nuevo y fue a plantarse ante él en cuclillas, mirándole a los ojos, con la nariz afilada asomando por encima de un mostacho sin clase y por debajo de un flequillo mal peinado a la diestra:
    - Dime, ¿qué clase de hombre eres tú? ¿eres de los que estiran del rollo de papel higiénico como si nunca fueran a tener bastante? Porque se puede saber mucho de un hombre, se puede averiguar qué clase de persona es por la forma de tratar el papel higiénico. Mira, es muy importante que si lo ves llegar me avises con tiempo. ¿De acuerdo?
    Se sentó y siguió con la periodista y el diario. Ahora Petra, con el diario en su poder, estaba trabajando en un libro, una novela a caballo entre el thriller psicológico y el porno de autor. Redactó un borrador de cincuenta páginas y fue a ver a un editor amigo suyo, grueso, de manos sudorosas, con cara de tener un ligue en ciernes.
    - ¡Caramba Petra! Siéntate. ¿Qué te trae por aquí?
    - Algo que te va a dejar de piedra. Escucha esto.
    Sacó el resumen de su novela y empezó a leer con voz resuelta una página tras otra hasta cuatro. En realidad no había hecho más que copiar trozos del diario. Después miró al editor, todo él una sonrisa.

Día De Permiso (1/21)

    Para Juan Sánchez aquella libreta era una bomba. Y para otros, Juan Sánchez, un idiota con la mano larga. Vestía un tres cuartos de cuero negro sobre camisa amarilla holgada y lucía aspecto de cansado. Demasiado para sus treinta y cinco. Trabajaba como funcionario de prisiones y tenía en su poder el diario de un pederasta. Una pequeña libreta de gusanillo que no leyó entera porque le revolvía el estómago. Pero sí lo bastante como para saber que era una bomba.
    El pederasta usaba la libreta para escribir poemas, pero por lo visto también escribía un diario en el que contaba con pelos y señales sus violaciones a niñas de doce años. Juan lo descubrió en un registro ordinario. Se incautó de la libreta, amenazó al pederasta para que cerrase el pico y se llevó el diario a casa manteniendo el hallazgo en secreto. Los poemas y los trozos del diario que hacían referencia a las instituciones penitenciarias fueron eliminados.
    Después contactó con Petra, periodista de programa radiofónico en auge. Ella se interesó y quedaron en verse una tarde para tomar café. Una cafetería del centro. Y allí Juan, con su libreta, nervioso, removiendo su café. Hasta que ella se le plantó delante con un whisky.
    - ¿Cómo llegó a sus manos? – le preguntó.
    - En un registro habitual – dijo él -. Otro recluso me lo había chivado a cambio de un favorcillo.
    - ¿Qué tipo de favorcillo?
    - Drogas, ya sabe.
    - No, no lo sé. ¿Es a eso a lo que se dedica en la cárcel, señor Sánchez?
    Juan no estaba acostumbrado a hacer negocios con un Rottweiller. Ni a hacer negocios en general.
    - Oiga – dijo -, si no le interesa, cojo y me largo.
    - Déjeme echarle un vistazo.
    Él se lo entregó de mala gana y Petra empezó a leer en voz baja.
    - Quiero garantías de que no revelará mi nombre – decía Juan -. Ante todo eso: mi nombre no debe aparecer para nada. Diga que se lo ha encontrado en el buzón o en la basura, me da igual. Usted puede sacarle partido. Pero tranquila, si no le interesa alguien lo querrá.
    Juan terminó su café. Ella pidió el segundo whisky y le miró:
    - ¿Cuánto quiere?