Día De Permiso (6/21)

    - Era aún más repugnante – dijo Juan.
    Y con sólo pensar que le había estado manoseando se cabreó de nuevo, se ajustó los pantalones en lo que el viejo se erguía y no bien hubo recuperado la vertical le asestó un puñetazo en pleno estómago que lo volvió a doblar. Una ecuatoriana que cuidaba de otro anciano se puso a chillar.
    - Me decía que dejase en paz a aquel “caballero”. No te lo pierdas. “Caballero”, le ha llamado. Que iba a avisar a la policía.
    Así es como Juan Sánchez abandonó su propósito de zurrar al viejo sobón: de mala gana. Pero no se alejó demasiado. Su enfado le retenía en el parque. Minutos después rodeaba el estanque, indignado aún, y se sentaba a contarle sus hazañas al pobre del chándal, esperando el momento de pillar desprevenido al viejo, momento que acababa de materializarse con la aparición de su silueta a lo lejos, por encima del seto. Juan pegó un salto y echó a correr hacia él.

    El del chándal se llama Juanjo. El año pasado Juanjo trabajaba de administrativo en la Universidad. A raíz de un accidente de tráfico hubieron de amputarle el brazo derecho, y el estrés en que vivió los meses posteriores le hizo caer en una profunda depresión nerviosa que precipitó su ingreso voluntario en una institución psiquiátrica, de esas que cuelgan un enorme cartel con sus normas en la recepción:
    Norma número UNO: Con el fin de no perturbar el ánimo de los pacientes queda TERMINANTEMENTE PROHIBIDO emplear expresiones coloquiales del tipo “eso es una locura”, “¿está usted loco?”, “esto es una casa de locos” y cualesquiera análogas.
    Norma número DOS: La medicación es de uso exclusivamente individual. NO INTERCAMBIE SUS PASTILLAS CON EL RESTO DE LOS PACIENTES.
    Norma número TRES: COLABORE con el personal de limpieza. ESFUÉRCESE por atinar al evacuar sus deposiciones.
    De aquel lugar se escapó ayer tarde dejando sobre la cama un letrero escrito a lápiz: “Día de permiso”. Había nacido su sobrina, su primera sobrina. Y su solicitud de permiso para ese día, por precipitada, no había podido tramitarse. Y Juanjo tenía muy claro que quería ver a su sobrina. Así que se fugó, provocando vergüenza ajena en la habitación del hospital entre algunos familiares que rodeaban a su hermana. Ella se tragó la mentira de que estaba de permiso y no vio problema alguno en que pasase allí la noche para atenderla en lugar de su marido, empresario de los que odian apartarse mucho tiempo del trabajo. Ni siquiera vio problema cuando él, una vez a solas, le confesó que se había escapado.

Día De Permiso (5/21)

    - Ya no soy funcionario de prisiones – dice Juan -, pero sigo siendo Juan Sánchez. Eso me digo todas las mañanas. Me inhabilitaron. Y además me pusieron una multa. Lo que me extraña es que no te hayas enterado tú. Petra me prometió discreción, pero acabó largando y salí hasta en los periódicos.
    - No leo los periódicos – dice el del chándal -, pero a veces veo la tele en la sala de recreo.
    - Esto empieza a ser una pesadilla. Todos me dan la espalda.
    - Una tele que no dice más que estupideces.
    Vuelven al silencio. El del chándal desea de todo corazón que Lucía llegue de una vez, aquel tío es un pelmazo integral. Pero siempre se retrasa y esta vez es una de tantas.
    - Gané una buena pasta y perdí un buen destino – seguía Juan -. Un año de inhabilitación. A Petra la despidieron. Pero tranquilo, no se morirá de hambre. Ni yo. Aún tengo las fotocopias del diario. Y tengo ofertas. Una de… Bueno, ni te lo imaginas. Porque es material de primera. Vale una pasta. En cuanto al viejo ese… Espera que lo cace. Es peligroso. Es para romperle las narices, no merece otra cosa.
    Metió un faldón de su camisa dentro del pantalón y volvió a sentarse.
    - Date cuenta, hace un rato estoy en aquel banco, aquel de allá. Viene él. Me pide un cigarro. Se lo doy y el tío lo coge alargando el brazo, ¿sabes?, como si le diera miedo acercarse. Luego se va. Me quedo allí sentado y entre las noches que estoy pasando y lo poco que como, me he quedado dormido como un ceporro, con todo el sol en la cara. Hasta que noto un estirón en la cintura. Abro los ojos y me veo al viejo intentando bajarme los pantalones.
    El del chándal movió los ojos.
    - Y encima el tío como si nada. ¿Qué te parece? Pues no te creas que ha echado a correr, qué va. Y yo jurándome que lo mataba. ¿Es que hay que llegar a enfadarse y liarse a tortas con un viejo? ¿no se da cuenta de que me está faltando al respeto? Pues no.
    Y por lo visto, aún le dio otro estirón, ¡zas!, y sus pantalones descendieron un palmo. Notó el fresco de enero en la carne. Cabreado hasta el límite le sacudió una patada al viejo y se lo quitó de encima. Pero no era el que le había pedido el cigarro.

Día De Permiso (4/21)

    Comenzó el debate. Los invitados empezaron a intervenir por turno cuando Petra interrumpió:
    - Tenemos aquí – dijo – un documento de excepción: el diario de un pederasta. Un texto que nos invita a una profunda reflexión en torno a la pregunta, ¿qué es lo que genera un ser tan abyecto y retorcido, tanto que hasta sus congéneres sienten repulsión por él? La historia que voy a leer a continuación, además de verídica, es sobrecogedora. Presten atención.
    Leyó despacio y con regodeo durante cinco largos minutos. Al levantar la vista sus compañeros de control le hacían gestos, gestos amplios con los brazos, pero ella siguió leyendo.
    - Yo creía que iba a escribir un libro – decía Juan Sánchez -. Pero la muy cretina se dedicó a leerlo en la radio.
    Otros seis o siete minutos después, Petra volvió a levantar la vista. Ahora los gestos iban en serio. Tenía que contestar alguna de las numerosas llamadas que entraban a la centralita. Dio paso a la primera llamada. Un padre de familia que pedía la pena de muerte para los pederastas le acusó de hacer apología de la violencia. La mujer que efectuó la segunda llamada, una madre que reconocía en el autor del diario al violador de su hija amenazó con denunciar a Petra y a la emisora. Pero ella no se achantó. Y tampoco siguió aceptando llamadas, sino que se puso a leer otra vez.
    De cuando en cuando miraba la pecera de control y veía los nervios en las caras de sus compañeros, el miedo a perder el trabajo, miedo como el de Juan allí en el parque. Un técnico de sonido mostraba un cartel manuscrito que decía: “Ya es suficiente”.
    - Ni hablar – dijo ella -. Sois mi equipo y vais conmigo hasta el final.
    Y siguió leyendo con más coraje incluso:
    - Venga, que esto se pone calentito…

    El del chándal y Juan llevan un rato callados, mirando a los patos zambullirse caprichudos y engrasados. El del chándal está mareado. Por la falta de medicación, por sus recuerdos o por las historias de Juan Sánchez. El mareo es un síntoma demasiado general. Aparte de eso no parece sentir ninguna emoción, buena o mala. Está esperando a una tal Lucía que nunca llega.