Comenzó el debate. Los invitados empezaron a intervenir por turno cuando Petra interrumpió:
- Tenemos aquí – dijo – un documento de excepción: el diario de un pederasta. Un texto que nos invita a una profunda reflexión en torno a la pregunta, ¿qué es lo que genera un ser tan abyecto y retorcido, tanto que hasta sus congéneres sienten repulsión por él? La historia que voy a leer a continuación, además de verídica, es sobrecogedora. Presten atención.
Leyó despacio y con regodeo durante cinco largos minutos. Al levantar la vista sus compañeros de control le hacían gestos, gestos amplios con los brazos, pero ella siguió leyendo.
- Yo creía que iba a escribir un libro – decía Juan Sánchez -. Pero la muy cretina se dedicó a leerlo en la radio.
Otros seis o siete minutos después, Petra volvió a levantar la vista. Ahora los gestos iban en serio. Tenía que contestar alguna de las numerosas llamadas que entraban a la centralita. Dio paso a la primera llamada. Un padre de familia que pedía la pena de muerte para los pederastas le acusó de hacer apología de la violencia. La mujer que efectuó la segunda llamada, una madre que reconocía en el autor del diario al violador de su hija amenazó con denunciar a Petra y a la emisora. Pero ella no se achantó. Y tampoco siguió aceptando llamadas, sino que se puso a leer otra vez.
De cuando en cuando miraba la pecera de control y veía los nervios en las caras de sus compañeros, el miedo a perder el trabajo, miedo como el de Juan allí en el parque. Un técnico de sonido mostraba un cartel manuscrito que decía: “Ya es suficiente”.
- Ni hablar – dijo ella -. Sois mi equipo y vais conmigo hasta el final.
Y siguió leyendo con más coraje incluso:
- Venga, que esto se pone calentito…
El del chándal y Juan llevan un rato callados, mirando a los patos zambullirse caprichudos y engrasados. El del chándal está mareado. Por la falta de medicación, por sus recuerdos o por las historias de Juan Sánchez. El mareo es un síntoma demasiado general. Aparte de eso no parece sentir ninguna emoción, buena o mala. Está esperando a una tal Lucía que nunca llega.