- Ya no soy funcionario de prisiones – dice Juan -, pero sigo siendo Juan Sánchez. Eso me digo todas las mañanas. Me inhabilitaron. Y además me pusieron una multa. Lo que me extraña es que no te hayas enterado tú. Petra me prometió discreción, pero acabó largando y salí hasta en los periódicos.
- No leo los periódicos – dice el del chándal -, pero a veces veo la tele en la sala de recreo.
- Esto empieza a ser una pesadilla. Todos me dan la espalda.
- Una tele que no dice más que estupideces.
Vuelven al silencio. El del chándal desea de todo corazón que Lucía llegue de una vez, aquel tío es un pelmazo integral. Pero siempre se retrasa y esta vez es una de tantas.
- Gané una buena pasta y perdí un buen destino – seguía Juan -. Un año de inhabilitación. A Petra la despidieron. Pero tranquilo, no se morirá de hambre. Ni yo. Aún tengo las fotocopias del diario. Y tengo ofertas. Una de… Bueno, ni te lo imaginas. Porque es material de primera. Vale una pasta. En cuanto al viejo ese… Espera que lo cace. Es peligroso. Es para romperle las narices, no merece otra cosa.
Metió un faldón de su camisa dentro del pantalón y volvió a sentarse.
- Date cuenta, hace un rato estoy en aquel banco, aquel de allá. Viene él. Me pide un cigarro. Se lo doy y el tío lo coge alargando el brazo, ¿sabes?, como si le diera miedo acercarse. Luego se va. Me quedo allí sentado y entre las noches que estoy pasando y lo poco que como, me he quedado dormido como un ceporro, con todo el sol en la cara. Hasta que noto un estirón en la cintura. Abro los ojos y me veo al viejo intentando bajarme los pantalones.
El del chándal movió los ojos.
- Y encima el tío como si nada. ¿Qué te parece? Pues no te creas que ha echado a correr, qué va. Y yo jurándome que lo mataba. ¿Es que hay que llegar a enfadarse y liarse a tortas con un viejo? ¿no se da cuenta de que me está faltando al respeto? Pues no.
Y por lo visto, aún le dio otro estirón, ¡zas!, y sus pantalones descendieron un palmo. Notó el fresco de enero en la carne. Cabreado hasta el límite le sacudió una patada al viejo y se lo quitó de encima. Pero no era el que le había pedido el cigarro.