- Venga, pensad – dijo Mario -. Imaginad que notáis esa diferencia por sistema. ¿Os gusta la cerveza?
- A mí sí – dijo Lucía.
- Exacto: descartar hipótesis hasta quedarnos con la buena. Por eso llevé a cabo experiencias durante más de un mes anotando los resultados. Lo que hice fue mantener constantes la hora, la cantidad y el lugar de la toma. La conclusión rotunda fue que la cerveza comprada en el supermercado B sabía mejor que la comprada en el supermercado A. ¿Os aburro?
Juanjo iba a decir que sí.
- No, sigue, sigue – dijo Lucía.
- Además de poseer un sabor ligeramente afrutado se hacía menos pesada a la hora de la digestión, y experimentos posteriores demostraron que consumida en grandes cantidades producía resacas menos molestas. Después hice las mismas pruebas con botellines de distintos tamaños y marcas y observé que se comportaban del mismo modo que el modelo escogido, es decir, lata de 33 centilitros de Kölz.
Cuando decidió ampliar el radio de acción de sus experimentos a supermercados más distantes de su casa, los resultados fueron muy dispares. La investigación parecía estancarse.
- Pero no me puse nervioso – dijo -, no. Antes bien pasé revista a los factores que intervenían en el experimento y descubrí un factor nuevo: el medio de transporte. Este detalle fue todo un hito en la investigación.
Lucía se desenmarañaba el pelo color caoba. Estaban muy cerca.
- Comencé de nuevo – dijo Mario – a experimentar con supermercados que se encontraban a mayor distancia, pero esta vez distinguiendo entre la cerveza que transportaba en coche y la que traía andando desde el supermercado. En mis estadísticas particulares, las cervezas traídas paseando derrotaron a las traídas en coche en sabor y molestias por resaca suaves.
- Oye – dijo el del chándal.
A Mario le costó volver a la realidad.
- ¿Sí? – dijo.
- Creo que mi amiga te pone cachondo.
Ella entrecruzó las piernas y aprovechó para atizarle con la punta de su bota en pleno talón.
- Juanjo, por favor – dijo.
- Como decía – continuó Mario -, las cervezas traídas paseando derrotaron a las traídas en coche. Y llegados a este punto quise hacer una prueba definitiva. Me trasladé en coche hasta un supermercado de las afueras, compré un paquete de cervezas y me marché con él andando hasta casa, operación que me llevó varias horas.
- Caray – dijo Lucía.