Día De Permiso (9/21)

    - Venga, pensad – dijo Mario -. Imaginad que notáis esa diferencia por sistema. ¿Os gusta la cerveza?
    - A mí sí – dijo Lucía.
    - Exacto: descartar hipótesis hasta quedarnos con la buena. Por eso llevé a cabo experiencias durante más de un mes anotando los resultados. Lo que hice fue mantener constantes la hora, la cantidad y el lugar de la toma. La conclusión rotunda fue que la cerveza comprada en el supermercado B sabía mejor que la comprada en el supermercado A. ¿Os aburro?
    Juanjo iba a decir que sí.
    - No, sigue, sigue – dijo Lucía.
    - Además de poseer un sabor ligeramente afrutado se hacía menos pesada a la hora de la digestión, y experimentos posteriores demostraron que consumida en grandes cantidades producía resacas menos molestas. Después hice las mismas pruebas con botellines de distintos tamaños y marcas y observé que se comportaban del mismo modo que el modelo escogido, es decir, lata de 33 centilitros de Kölz.
    Cuando decidió ampliar el radio de acción de sus experimentos a supermercados más distantes de su casa, los resultados fueron muy dispares. La investigación parecía estancarse.
    - Pero no me puse nervioso – dijo -, no. Antes bien pasé revista a los factores que intervenían en el experimento y descubrí un factor nuevo: el medio de transporte. Este detalle fue todo un hito en la investigación.
    Lucía se desenmarañaba el pelo color caoba. Estaban muy cerca.
    - Comencé de nuevo – dijo Mario – a experimentar con supermercados que se encontraban a mayor distancia, pero esta vez distinguiendo entre la cerveza que transportaba en coche y la que traía andando desde el supermercado. En mis estadísticas particulares, las cervezas traídas paseando derrotaron a las traídas en coche en sabor y molestias por resaca suaves.
    - Oye – dijo el del chándal.
    A Mario le costó volver a la realidad.
    - ¿Sí? – dijo.
    - Creo que mi amiga te pone cachondo.
    Ella entrecruzó las piernas y aprovechó para atizarle con la punta de su bota en pleno talón.
    - Juanjo, por favor – dijo.
    - Como decía – continuó Mario -, las cervezas traídas paseando derrotaron a las traídas en coche. Y llegados a este punto quise hacer una prueba definitiva. Me trasladé en coche hasta un supermercado de las afueras, compré un paquete de cervezas y me marché con él andando hasta casa, operación que me llevó varias horas.
    - Caray – dijo Lucía.

Día De Permiso (8/21)

    - Hace dos meses – dijo – hubo una reducción de plantilla en la empresa, Cervezas Kölz, y me quedé sin mi puesto de comercial.
    Apenas unos brotes de pelo allá arriba, tez color manteca y gafas de pasta.
    - Pero no creáis que eso me preocupa – dijo -. Soy de los que piensan que todo en esta vida sucede por una buena causa.
    Derrochaba tanta simpatía como complejo de superioridad. Lucía se arrimó a Juanjo.
    - Soy separado – seguía Mario -, tengo una hija de seis meses y me propuse encontrar un trabajo mejor en tiempo récord. Bien, eso no fue posible, así que decidí poner en práctica el negocio que vengo rumiando desde hace mucho, porque… Bueno, he encontrado una curiosa teoría.
    - ¿Cuál? – preguntó Lucía.
    - A la cerveza le gusta pasear.
    - ¿Eh? – dijo Juanjo.
    - Es normal que os pille de nuevo – dijo Mario -, porque es un descubrimiento que acabo de hacer. Pero os voy a contar cómo lo descubrí.
    Resulta que Mario siempre compraba las mismas cervezas, Kölz en lata de 33 centilitros en paquetes de seis. Efectuaba sus compras dos días a la semana y en dos supermercados próximos a su casa.
    - Los martes las compraba en el de la esquina, que llamaré supermercado A, y los viernes en el que hay a dos manzanas, que llamaré supermercado B.
    Mario traía un diente roto por dos sitios junto al incisivo izquierdo que asustaba cuando sonreía. Y más aún cuando sonreía sin ganas. En ningún momento dejó de comerse a Lucía con los ojos. Con esos ojos que se habían vuelto platos al percatarse de que la cerveza de los viernes le sabía mejor que la de los martes, así que comenzó a experimentar en serio. Comprobó los lotes de los distintos paquetes de latas tanto del supermercado A como del supermercado B, y desechó el factor lote como causa de la diferencia. De forma similar fue descartando factores hasta quedarse con el único posible: el supermercado A quedaba más cerca de su casa que el supermercado B. La distancia se convirtió en el factor clave.
    - A ver – dijo -, ¿qué hubiérais hecho vosotros en semejante tesitura?
    No dijeron ni pío.

Día De Permiso (7/21)

    Apenas consiguió descansar en aquella butaca de hospital. Poco después de amanecer miraba el cielo y las azoteas con la criatura dormida, al fin, acurrucada en su único brazo, el izquierdo. Después, esa cara regordeta con el pelo rizado que era su hermana empezó a bisbisear desde la cama. Él se acercó con la niña.
    - Tienes que marcharte – dijo su hermana -. Aún estás a tiempo de evitar que se enfaden del todo. Si les explicas que viniste porque había nacido tu sobrina lo entenderán. Vete ahora, Juanjo.
    Aquello a Juanjo le dio mucha pena, como casi todo lo inevitable. Se despidió de ellas y se marchó. Pero en lugar de regresar a la institución psiquiátrica buscó una cabina y llamó a Lucía, con la que había tenido relación hasta el año pasado. No consigue citarse antes de las cuatro, así que se va a deambular. Se le ocurre acercarse al barrio y ahí es donde mete la pata. No tenía que haber ido.

    Lucía le ha dado un buen susto. Cavilando como estaba no la ha visto llegar, ni sentarse en el vacío dejado por Juan a su izquierda, tan alta como la recordaba, tan separada, tan con una niña preciosa de dos años, con esa voz dulce sin llegar a melindrosa. Ella le besa en la mejilla y capta sus ganas de verla. Algo que nadie más allí hubiera notado.
    - Me he escapado de esa casa de locos – dice.
    - Lo sé. Esta mañana.
    - Ayer tarde. Nació mi sobrina y no me lo podía perder. Pesa tres kilos y ochocientos gramos.
    - Qué linda – dice -. Como la mía.
    - Luego vine aquí y al rato llegó ese pelma de la libretita.
    - Creía que era amigo tuyo. Llevo horas ahí detrás haciendo tiempo. Os veía tan bien que no quería interrumpir.
    - Lástima que no lo hicieras.
    Ella le aparta un mechón de pelo de la cara. Se miran un buen rato. Luego, ella dice:
    - ¿Qué va a pasar contigo, manco de Lepanto?
    - ¿Cuando regrese? Bah, la bronca de siempre. Eso si vuelvo, que aún está por ver.
    - Te encontrarán antes de que te decidas. Un tío con un solo brazo llama la atención.
    - Lucía, tengo que contarte algo.
    - Tú dirás.
    - Con permiso – dice un tipo.
    Y se sentó en su banco un tal Mario bastante alto, cuarentón y periforme. Lucía quedó en medio.