- Hace dos meses – dijo – hubo una reducción de plantilla en la empresa, Cervezas Kölz, y me quedé sin mi puesto de comercial.
Apenas unos brotes de pelo allá arriba, tez color manteca y gafas de pasta.
- Pero no creáis que eso me preocupa – dijo -. Soy de los que piensan que todo en esta vida sucede por una buena causa.
Derrochaba tanta simpatía como complejo de superioridad. Lucía se arrimó a Juanjo.
- Soy separado – seguía Mario -, tengo una hija de seis meses y me propuse encontrar un trabajo mejor en tiempo récord. Bien, eso no fue posible, así que decidí poner en práctica el negocio que vengo rumiando desde hace mucho, porque… Bueno, he encontrado una curiosa teoría.
- ¿Cuál? – preguntó Lucía.
- A la cerveza le gusta pasear.
- ¿Eh? – dijo Juanjo.
- Es normal que os pille de nuevo – dijo Mario -, porque es un descubrimiento que acabo de hacer. Pero os voy a contar cómo lo descubrí.
Resulta que Mario siempre compraba las mismas cervezas, Kölz en lata de 33 centilitros en paquetes de seis. Efectuaba sus compras dos días a la semana y en dos supermercados próximos a su casa.
- Los martes las compraba en el de la esquina, que llamaré supermercado A, y los viernes en el que hay a dos manzanas, que llamaré supermercado B.
Mario traía un diente roto por dos sitios junto al incisivo izquierdo que asustaba cuando sonreía. Y más aún cuando sonreía sin ganas. En ningún momento dejó de comerse a Lucía con los ojos. Con esos ojos que se habían vuelto platos al percatarse de que la cerveza de los viernes le sabía mejor que la de los martes, así que comenzó a experimentar en serio. Comprobó los lotes de los distintos paquetes de latas tanto del supermercado A como del supermercado B, y desechó el factor lote como causa de la diferencia. De forma similar fue descartando factores hasta quedarse con el único posible: el supermercado A quedaba más cerca de su casa que el supermercado B. La distancia se convirtió en el factor clave.
- A ver – dijo -, ¿qué hubiérais hecho vosotros en semejante tesitura?
No dijeron ni pío.