Día De Permiso (7/21)

    Apenas consiguió descansar en aquella butaca de hospital. Poco después de amanecer miraba el cielo y las azoteas con la criatura dormida, al fin, acurrucada en su único brazo, el izquierdo. Después, esa cara regordeta con el pelo rizado que era su hermana empezó a bisbisear desde la cama. Él se acercó con la niña.
    - Tienes que marcharte – dijo su hermana -. Aún estás a tiempo de evitar que se enfaden del todo. Si les explicas que viniste porque había nacido tu sobrina lo entenderán. Vete ahora, Juanjo.
    Aquello a Juanjo le dio mucha pena, como casi todo lo inevitable. Se despidió de ellas y se marchó. Pero en lugar de regresar a la institución psiquiátrica buscó una cabina y llamó a Lucía, con la que había tenido relación hasta el año pasado. No consigue citarse antes de las cuatro, así que se va a deambular. Se le ocurre acercarse al barrio y ahí es donde mete la pata. No tenía que haber ido.

    Lucía le ha dado un buen susto. Cavilando como estaba no la ha visto llegar, ni sentarse en el vacío dejado por Juan a su izquierda, tan alta como la recordaba, tan separada, tan con una niña preciosa de dos años, con esa voz dulce sin llegar a melindrosa. Ella le besa en la mejilla y capta sus ganas de verla. Algo que nadie más allí hubiera notado.
    - Me he escapado de esa casa de locos – dice.
    - Lo sé. Esta mañana.
    - Ayer tarde. Nació mi sobrina y no me lo podía perder. Pesa tres kilos y ochocientos gramos.
    - Qué linda – dice -. Como la mía.
    - Luego vine aquí y al rato llegó ese pelma de la libretita.
    - Creía que era amigo tuyo. Llevo horas ahí detrás haciendo tiempo. Os veía tan bien que no quería interrumpir.
    - Lástima que no lo hicieras.
    Ella le aparta un mechón de pelo de la cara. Se miran un buen rato. Luego, ella dice:
    - ¿Qué va a pasar contigo, manco de Lepanto?
    - ¿Cuando regrese? Bah, la bronca de siempre. Eso si vuelvo, que aún está por ver.
    - Te encontrarán antes de que te decidas. Un tío con un solo brazo llama la atención.
    - Lucía, tengo que contarte algo.
    - Tú dirás.
    - Con permiso – dice un tipo.
    Y se sentó en su banco un tal Mario bastante alto, cuarentón y periforme. Lucía quedó en medio.

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