Día De Permiso (12/21)

    Juanjo recuerda haber visto la noticia de aquel accidente. En el televisor de la institución psiquiátrica, una noche. A la mañana siguiente Mario había disipado sus dudas de meses atrás, cuando se le hacía demasiado cara la inversión inicial, cuando pensaba que en cuanto la gente descubriera que a la cerveza le gusta pasear, la compraría en cualquier parte, la pasearía y adiós negocio.
    - Por eso – dijo – acabé diseñando y patentando un artefacto que bauticé “paseador de cerveza”. Es como una pequeña nevera de playa en el que se alojan los envases. En el momento se completa la distancia máxima de paseo recomendada, el mismo aparato nos avisa a través de una luz roja y un pitido intermitente. Hay que esperar a que la luz cambie a verde para continuar, o buscar un medio de transporte para completar la distancia. Así nos aseguramos de que sea la óptima para mejorar las propiedades de la lata o botella de cerveza. Ya lo estoy viendo, un par de naves en las afueras de la ciudad fabricando unidades de paseador de cerveza día y noche. Y vosotros también lo vais a ver aunque no hayáis querido invertir.
    Hizo una pausa. Juanjo miraba de reojo sus zapatos color piel de mandarina. Deseaba que se marchase, pero era locuaz hasta la demencia. Un charlatán con cuerda para todo el día.
    - Oye – dijo Mario -, ya sé de qué me suena la cara de esta pilingui. Yo te he visto hoy.
    - Hoy – dijo Lucía – me ha visto mucha gente desde que me he levantado, empezando por…
    - No, en Internet. Te he visto en Internet.
    - ¿En Internet?
    - Sí, en una página web. Estabas desnuda.
    - Pero, ¡serás hijoputa!
    - Vale, vale, compruébalo tú misma en “ultra-cerdas.com”.
    - Tú sí que eres un cerdo. ¡Mamonazo!
    Y empezó a darle bolsazos con increíble mala leche. Él gritaba tratando de parar los golpes:
    - ¡Loca! ¡histérica!
    - ¡Que te jodan! – decía ella.
    Su culo de pato cayó al suelo. En cuanto pudo reaccionar se levantó y se alejó corriendo como una niña cursi, sacudiéndose la ropa a manotazos.

    Una vez más tranquila, Lucía suelta:
    - No me digas que te has puesto celoso.
    - Sentía envidia – dice Juanjo -, no celos. A él le escuchabas.
    - Siempre con tus complejos. Me cayó simpático al principio, nada más.

Día De Permiso (11/21)

    - El consejo acabó desestimando mi proyecto – dijo Mario -, pero yo no me rindo así de fácil. Estoy buscando financiación porque voy a llevar a cabo la idea yo mismo, voy a convertirme en empresario. Tendré mis propias expendedurías de cerveza. Por cierto, permitidme que os diga en confianza que es una oportunidad única para invertir. Todavía estáis a tiempo de suscribir acciones de este maravilloso y lucrativo proyecto.
    Lucía dejó de jugar con el pelo.
    - No llevamos dinero – dijo.
    - Ah, eso no importa – dijo Mario.
    Rebuscó en su maletín.
    - Mira – dijo -, si me firmáis aquí abajo… ¿Dónde he puesto la pluma? Con una firmita que me echéis y el código de cuenta es suficiente. Venga, que no tengo toda la tarde.
    El del chándal hizo acopio de fuerzas para balbucear:
    - No me interesa.
    - Ah – dijo Mario -, pues allá vosotros.
    Guardó los papeles.
    - No os preocupéis – dijo -, no voy a morirme de hambre sólo porque os neguéis a ayudarme. Por suerte mis abuelitos no eran como vosotros, ellos creían en mí, sabían que estaba llamado a hacer algo grande en esta vida. Y ahora se han marchado para siempre. Ellos sabían que yo era grande, un líder.
    - Los míos decían que yo sería bailarina – dijo Lucía.
    Mario hizo una mueca de disgusto.
    - No vayas a pensar que eran mis abuelos – dijo.
    - Has dicho “abuelitos” – dijo Lucía.
    - Porque lo eran, pero no míos. Tenían nietos que jamás iban a visitarles y yo sí lo hice. Cada domingo de cada semana durante cuatro años. La verdad es que vivían muy cerca de mi casa. Junto al supermercado B, por cierto.
    Lucía descruzó las piernas y se puso a jugar con su reloj.
    - Eran jubilados – decía Mario -. Habían acordado en reunión conjunta donarme sus pisos en testamento como muestra de agradecimiento. Toda la finca para mí. Finca que por cierto perseguían las constructoras, así que hice una buena venta, ya lo creo. De sobra para llenar la ciudad de expendedurías especializadas en cerveza a domicilio, llevada caminando por gente de la empresa.
    - Entonces, ¿están muertos? – preguntó Lucía.
    - Ah, sí – dijo Mario -, por desgracia. Hace un mes, el autobús del IMSERSO en el que viajaban las ocho parejas de ancianos sufrió un desgraciado accidente en el que todos ellos perecieron, con lo que pasó a hacerse efectiva la herencia. Tras hacerme cargo del entierro de todos los ancianos conseguí el dinero necesario para abrir expendedurías de cerveza por toda la ciudad.