Día De Permiso (11/21)

    - El consejo acabó desestimando mi proyecto – dijo Mario -, pero yo no me rindo así de fácil. Estoy buscando financiación porque voy a llevar a cabo la idea yo mismo, voy a convertirme en empresario. Tendré mis propias expendedurías de cerveza. Por cierto, permitidme que os diga en confianza que es una oportunidad única para invertir. Todavía estáis a tiempo de suscribir acciones de este maravilloso y lucrativo proyecto.
    Lucía dejó de jugar con el pelo.
    - No llevamos dinero – dijo.
    - Ah, eso no importa – dijo Mario.
    Rebuscó en su maletín.
    - Mira – dijo -, si me firmáis aquí abajo… ¿Dónde he puesto la pluma? Con una firmita que me echéis y el código de cuenta es suficiente. Venga, que no tengo toda la tarde.
    El del chándal hizo acopio de fuerzas para balbucear:
    - No me interesa.
    - Ah – dijo Mario -, pues allá vosotros.
    Guardó los papeles.
    - No os preocupéis – dijo -, no voy a morirme de hambre sólo porque os neguéis a ayudarme. Por suerte mis abuelitos no eran como vosotros, ellos creían en mí, sabían que estaba llamado a hacer algo grande en esta vida. Y ahora se han marchado para siempre. Ellos sabían que yo era grande, un líder.
    - Los míos decían que yo sería bailarina – dijo Lucía.
    Mario hizo una mueca de disgusto.
    - No vayas a pensar que eran mis abuelos – dijo.
    - Has dicho “abuelitos” – dijo Lucía.
    - Porque lo eran, pero no míos. Tenían nietos que jamás iban a visitarles y yo sí lo hice. Cada domingo de cada semana durante cuatro años. La verdad es que vivían muy cerca de mi casa. Junto al supermercado B, por cierto.
    Lucía descruzó las piernas y se puso a jugar con su reloj.
    - Eran jubilados – decía Mario -. Habían acordado en reunión conjunta donarme sus pisos en testamento como muestra de agradecimiento. Toda la finca para mí. Finca que por cierto perseguían las constructoras, así que hice una buena venta, ya lo creo. De sobra para llenar la ciudad de expendedurías especializadas en cerveza a domicilio, llevada caminando por gente de la empresa.
    - Entonces, ¿están muertos? – preguntó Lucía.
    - Ah, sí – dijo Mario -, por desgracia. Hace un mes, el autobús del IMSERSO en el que viajaban las ocho parejas de ancianos sufrió un desgraciado accidente en el que todos ellos perecieron, con lo que pasó a hacerse efectiva la herencia. Tras hacerme cargo del entierro de todos los ancianos conseguí el dinero necesario para abrir expendedurías de cerveza por toda la ciudad.

Escribe un comentario