Día De Permiso (13/21)

    - Necesito alguien con quién hablar. Mi hermana no me entiende y estoy harto de psicólogos y de psiquiatras. Necesito un amigo.
    - Y yo necesito un hombre. Y tu hija un padre. Eso también cuenta.
    Una pareja que hacía jogging pasó por detrás de ellos. Lucía giró el cuerpo hacia él:
    - Quiero que vuelvas.
    - No – dice él.
    - Queremos que vuelvas.
    - No.
    Ella resopla.
    - Venga, Juanjo. Échale un par de cojones y ayúdame a criar a nuestra hija de una vez. Mi madre está muy mayor, no puede ayudarme siempre.
    Él intenta levantar la mirada.
    - Hazlo al menos por la niña – dice Lucía -. Ella también es hija tuya y quiere que vuelvas.
    - ¿Qué?
    - Que la niña, tu hija, quiere que vuelvas.
    Se levanta y se va sin que él diga nada. En ese momento la química mental de Juanjo se descompone. No para de pensar “mi hija quiere que vuelva”. Se lo repite una y otra vez para saborearlo y creérselo. Hay esperanza mientras hay vida, pero para él la vida es una pesadilla que ni siquiera parece pertenecerle. Se siente pegajoso y extraño y soñando el sueño de otro.
    Se arrebuja en el chándal y cruza las piernas. El banco está húmedo. A él le da igual. Y también estar mareado y con el campo visual reducido. Empieza a hacer frío, como en el barrio esta mañana, por esas calles que no les da el sol de plano más que dos horas al día. Cuando bostezaba y miraba las muecas de sorpresa de las adolescentes que corrían uniformadas a recibir tórridas clases de Historia, de Latín, de Matemáticas. Allí se ha topado con el Charli, su cara de bruto, sus gafas de sol.
    - Con permiso.
    Un patillero sonriente me miraba divertido a dos metros del banco. Vestía de negro, con camisa desabrochada y camiseta interior.
    - Fuego – dijo.
    Le pasé mi mechero. Encendió el cigarrillo, pero no me lo devolvió. Se sentó a mi derecha y empezó a juguetear con él lanzándolo al aire a cada tanto.
    - Déjame que te cuente – dijo – cómo me he camelado a un pardillo hace un rato, un turista de esos de cámara digital y sandalias con calcetines.
    Se había cruzado a un alemán en el puente. Después de pedirle fuego como a mí se ofreció a mostrarle, por cincuenta eurotes de nada, todo el gótico de la ciudad, incluido el oculto.
    - ¿Oculto? – dije.