Día De Permiso (17/21)

    - Y, ¿no te da vergüenza – dije – robar a un extranjero de esa forma?
    - ¡Venga ya! En absoluto. De algo hay que vivir, ¿no?
    - Quiero decir con tan poco arte.
    - ¿Arte? Mira, ni soy artista ni acabé la carrera de Historia.
    - Eso ya me lo olía.
    - Aunque las catedrales góticas tienen su punto.
    Reñía una mujer con su hija, que no quería ir a casa y berrincheaba por todo lo alto. Me hice pequeño, esas cosas que uno no se explica, y sentí ganas, si no de llorar, sí al menos de echar a correr, largarme, gritar. Qué frustración. Me hubiera gustado tener acceso al esquema químico que gobierna mi cerebro para alterarlo, para diseñar una dieta que me mantuviera siempre tranquilo y de buen humor. Necesito paz.
    - ¡Ja! – decía el tipo -. Que si me da vergüenza. Eres un cachondo tú, ¿eh, manco? No me conoces…
    Se me arrimó.
    - Me estoy acordando – dijo – de una amiga extranjera que tengo, muy guapa ella, preciosa. Bueno, qué te voy a contar. La cuestión es que sin querer se había quedado embarazada de un chulo y de un hortera y los dos venían a ser la misma persona. Y como sentía vergüenza de ir sola al tocólogo buscó alguien que la acompañara y ese fui yo.
    La enfermera vieja, huesuda, rubia de bote y seria hasta el rictus tenía la piel tan blanca como la bata, los zuecos agujereados o la pasta de sus gafas. Les hizo pasar. En cuanto el tipo vio la cara de buey del médico, su escuadrón de pelos a mitad de calva, su ancha papada colgante, sus ojos de besugo al horno, su boca de pantano y sus manos salchicheras, empezó a recelar. Y a pensar que trataba con desdén a su amiga por su calidad de extranjera, cosa que podía hacer él, pero no cualquiera. El caso es que se enojó, se levantó y empezó a lanzar por el aire los papeles que el médico tenía sobre la mesa. La consulta entera llena de papeles. La receta, sin completar, revoloteó hasta posarse en el pecho de la enfermera sargento, ahora convertida en caniche al borde del pánico más traidor. El patillas agarró la receta de un manotazo, hizo una pelota y le gritó al doctor:
    - Abre la boca.

Día De Permiso (16/21)

    - Debía llevar en ella todo lo que traía para gastar. Y ha tenido suerte de tropezar conmigo, que no soy ambicioso, o lo hubiera pelado allí mismo como a un pollo. En eso saca un flamante billete de cincuenta euros y me lo da. Y una vieja que pasaba se queda mirando el billete.
    El patillas lo hizo desaparecer y reanudaron la marcha. Estaban ya casi en la puerta principal de la catedral, de estilo neoclásico según él.
    - A ver – le dice al alemán -: primero entro yo. Tú calcula unos diez minutos y a continuación entras. A mano derecha verás un pasillo. Tómalo y llegarás a la capilla del Santo Cáliz. En el muro derecho de la capilla hay una puerta. Después, a un nivel más alto, un púlpito pequeño y a continuación otra puerta. ¿Me sigues?
    - Sí – dice el turista.
    - Ahora: esta última es la que nos interesa. Conduce al púlpito y al mismo tiempo a una escalera que va a dar a un sótano, justo debajo de la capilla. El sótano se utiliza como almacén del museo catedralicio y allí están los tesoros. La capilla queda a solas la mayor parte del tiempo. Sólo tienes que esperar ese momento. Entonces te levantas con toda naturalidad y te diriges a la puerta. ¿Lo captas?
    - Sí, sí – dice el alemán.
    - Abres la puerta, yo estaré dentro, y a partir de aquí es pan comido porque nunca hay nadie. Existe un pasadizo que lleva a la sacristía, desierta con toda seguridad puesto que la misa de once acaba de empezar. Una vez allí y durante la eucaristía bordearemos el altar mayor y nos mezclaremos con la gente. ¿Te ha quedado claro?
    - Sí – repitió el alemán.
    - Ah, y una vez dentro recuerda que no me conoces de nada. No se tiene que notar, ¿entendido?
    - Sí. Okey – dijo el alemán.
    Y dicho esto, el patillero entró en la catedral, la atravesó a toda leche y salió por la puerta de los Apóstoles, de estilo gótico según él, que da a la plaza de la Virgen. Ahora sonreía mientras acariciaba la pulsera de cuero de su muñeca.
    - Aquel primo no sé lo que habrá hecho – dijo -. Lo mismo está allí esperando todavía.