Día De Permiso (19/21)

    Aunque le duraba el susto, Juanjo no parecía alterado. Ni con capacidad para alterarse. Recordaba la cara del Charli, esa mirada, esa expresión y después la huida por las calles, forzando los músculos, tropezando, con miedo a mirar atrás. Lucía le sorprendió por segunda vez. Él no la miraba, pero la sentía, y deseaba como nunca abrazarla. Ella le entregó una napolitana de chocolate y se sentó a su derecha en silencio. Los patos atravesaron en fila india el estanque. “¿Cómo se lo cuento?”, pensaba Juanjo, “¿empiezo por lo de hace un rato o voy directamente a lo de esta mañana? ¿se lo suelto a bocajarro o se lo explico por partes?”.
    - Quiero volver – dijo Lucía.
    - No empieces.
    - Buenas tardes – dijo una voz.
    Parecía la de otro pelma. Juanjo alzó la vista resignado, pero lo que vio fue un jardinero enjuto, con las gafas sucias y una mascarilla que retiraba para mostrar sus dientes amarillos.
    - Buenas tardes. Es que vamos a echar aquí sulfato y merece la pena que no estén. ¿Les importaría cambiarse?
    Señaló un banco al otro lado del estanque.
    - ¿Sulfato? – dijo Juanjo -. ¿a estas horas?
    - No, aquí – dijo el hombre.
    Señalaba unas plantas justo detrás de ellos.
    - Cómo no – dijo Lucía.
    Se levantan. Él necesita contárselo. Después de hacerlo se sentirá mejor. En cuanto se acomoden en el nuevo banco le dirá que tiene que escuchar lo que le ha sucedido entre las nueve y las once de la mañana.
    - Intenté contártelo antes – dice -, pero vino ese pelma que paseaba las cervezas.
    - No me lo recuerdes.
    - Se trata del Charli, creo que nunca te he hablado de él.
    - No.
    - Hicimos la mili juntos. Él acabó de escolta del general Pozuelo. Y conocía su oficio. Sabía disparar.
    La puntería se lleva en los genes. No es que puedas coger a cualquiera y hacer de él un tirador de primera. No. Hay que ser de cierta clase de personas. El Charli era de esos. Le vendaban los ojos y seguía haciendo blanco, como si el fusil formara parte de él. Ni el general ni nadie allí recordaba un caso igual.
    - Oiga – dice otra voz.
    Se giran y ven un hombre con bigotito en línea y una muela de oro.
    - ¿Les importa si…?
    - Lo siento, no me interesa – dice Juanjo.
    - Pero si aún no le he explicado nada – dice el otro.
    Juanjo agarra un puñado de tierra y se lo lanza con fuerza al vendedor.
    - ¡Largo de aquí!
    Aquel se aleja mirándole con asco.
    - ¿Y tú – pregunta Lucía -, tenías tanta puntería como el Charli?
    - Qué va, no hacía blanco ni a la de tres. Me las arreglaba como podía.

Día De Permiso (18/21)

    Nadie sabía qué decir.
    - ¡Abre la boca, buey!
    Y en esto una niña cayó al estanque, la misma que no quería ir a casa. La niña se llamaba Adela. Lo sé porque escuché su nombre gritado un segundo antes del chapuzón. Su madre y sus amiguitas reían con ganas. Suerte que ahora no hay patos, pensé. ¿Qué hubieran hecho? ¿asustarse, picotear a la niña, graznar atolondrados, volar en círculo? ¿graznan los patos? Soy un paleto. Adela gritaba desde el estanque con los pies en remojo:
    - ¡Pécora la que se ría!
    Y las dejó mudas a todas. El tipo de las patillas estaba casi encima de mí:
    - Te voy a contar la última, manco. La de despedida.
    En eso noté la punta de su navaja en mi costado derecho, el vulnerable. Me acordé del Charli.
    - La cuestión – decía el tipo – es que después de la historia del alemán, cojo y entro en un estanco, ¿vale? Estaban el dueño y un cliente, un abuelo. Se me quedan mirando y el dueño le dice al otro, con guasa: “Usted ya sabe a lo que me refiero”. Y le digo: “Pues yo no sé a qué se refiere, pero me pongo violento”. Es que me cabrea que se anden con secretitos delante de mí. Y el del estanco, no veas, hace un gesto como de haberse hecho encima, igual que el médico tocólogo cara de buey. El viejo ni se movía. Era tal la escena que me he tenido que partir el pecho de risa. Parecía un western de esos malos, sólo que yo no llevaba revólver ni nada. Mi voz los ha acojonado. Entonces pienso: “Tengo que aprender a utilizar este poder”. Total, que me acerco al mostrador, señalo detrás del dueño, se gira, me da un paquete de mentolado, lo agarro y digo: “Hasta otra, guasones”. Y me marcho. Y ahora te toca a ti.
    - ¿A mí? ¿quieres que te cuente una historia?
    - Déjate de historias y cotiza o te rajo. Y no preguntes si me da vergüenza atracar a un manco.
    Le di todo lo que llevaba encima, cinco euros. Se levantó para irse y preguntó:
    - ¿Cuál es tu apellido?
    - Ridruejo – contesté.
    Dio media vuelta y se alejó. Pensé que había tenido suerte después de todo y al rato me empecé a tranquilizar un poco. De nuevo escuché al pelma del menos alto de mis dos amigos.
    - Di por qué al menos – dijo.
    El otro habló para que le dejase en paz:
    - Volveré, pero ahora déjame solo.
    El pelma hizo caso y se marchó. Y poco después lo hizo el alto cabezón.