Día De Permiso (20/21)

    Poco después de terminar la mili, supe que el Charli se había ido a Angola de mercenario junto con Froilán, un pirado de mi barrio que había estado en la Legión. Uno que se pasaba el día con los ojos medio abiertos liando canutos, canutos que siempre se acababa fumando él solo entre risas de sus propios chistes. Llevaba una barba rala que se trajo de Melilla junto con una cicatriz en el cuello, de una pelea. De una vez que metieron su cabeza en una taquilla y casi se la cortan. Se fueron a Angola en busca de lo que no les dejaban hacer aquí. Buscaban acción como locos y el Froilán se quedó sin disfrutar su última paga. No vi al Charli en diez años.
    Volvió a su pueblo, en Albacete, a su ambiente, dispuesto a trabajar. Pero a veces las buenas intenciones no bastan. Su padre no lo quería ni ver, sus amigos le evitaban y aquellos que podían darle trabajo no se fiaban de él. El caso es que se hartó, se marchó y vino a instalarse precisamente al barrio. No sé lo qué le contaría Froilán que era el barrio. Al poco tiempo ya se sabía quién era y dónde había estado, y la gente empezó a evitarle como en su pueblo. Se vio envuelto en un par de follones.
    A mí me daba lástima, cuando le conocí era buena persona. Antes de mi ingreso lo veía de vez en cuando. Se pasaba los días rascando la pelota de hachís, dejando a deber sus compras, viviendo en casa de una prostituta que le mantenía…
    Me encontré al Charli esta mañana, una mañana soleada, la primera de mi sobrina. Después de llamarte fui al centro, desayuné en un bar con diez euros que me había dado mi hermana y al salir eché a andar. Llegué hasta el barrio, crucé la plaza y apareció él, con la cabeza rapada, una perilla, su complexión atlética, su tatuaje en el cuello y unas gafas de sol.
    - Se las compré a un africano que vive en mi escalera – dijo.
    Luego señaló las casas viejas y sucias de la plaza.
    - Cercados por la miseria – decía -. Menudo lugar para vivir.
    Yo estaba incómodo, pero sentí lástima y me empeñé en que tomáramos una cerveza juntos. Él aceptó, echamos a andar buscando una barra y me resigné a hacer de muro en el que el Charli descargara sus lamentaciones. Me vi sin argumentos para convencerle de que lo suyo tenía arreglo. Entramos en un bar.
    - Voy al váter – dice el Charli.
    - ¿Qué te pido? – pregunta Juanjo.
    - Una cerveza.
    Lo piensa un instante.
    - O mejor nada – dice -, porque voy a pegarme un tiro.