Ve la vida como un desliz, una intromisión de los sentidos. El trauma del autor, como parte esencial de su obra, gota que tiñe de sangre el vidrio de su periscopio emocional: la histeria de Van Gogh, la agorafobia de Satie, la misantropía de Bukowski, la ceguera de Homero, el impulso criminal de Genet. El veneno del autor, como defensa ante el trauma: el opio de Poe, el bourbon de Tennessee Williams, el hachís de Bowles. Si se escribe con sangre, sale cuanto hay en ella. La debilidad otorga humanidad al genio. La velocidad del sonido es un gas, según un manual de acústica.
Rakidip, albañil de la paráfrasis, identifica una fractal o una serie periódica de decimales como metáforas de la vida, generador de circunstancias idénticas. Mastica las palabras de Samuel Beckett, “queda poco que contar”, y compitiendo en laconismo escribe: “Queda nada que contar”. Y añade: “Todo fue dicho en tiempos pretéritos. Sólo cabe repetirlo con nuestro acento para que perdure. Transmitir información a las nuevas generaciones como buena especie civilizada”. Con su instinto por sextante, interpreta la galaxia de casualidades para escoger su posición bajo normas obligatorias. La casualidad es un mensajero sarcástico que aporta unos pocos datos sobre los planes del azar, la fortuna, el destino; como un instante en que la venda cae de los ojos revelando algunas pistas antes de volverse a colocar.
Toda pista ayuda a resolver algún misterio. Pero, ¿quiénes son esos mensajeros? ¿quién los envía? Ni se explica ni deja de admirar la ironía de ese lenguaje suyo tan atemporal. Ve el serendipismo como hilo argumental del día a día: expedición que fracasa, pero consigue inesperados logros más interesantes que su objetivo inicial. La Historia como estadística que anticipa el futuro, recetario para detectar oportunidades y evitar peligros. Estadística que, con la misma ironía de las casualidades, termina siempre por cumplirse.
Rakidip ha sellado la entrada de su torre. Desde ahora, el mapa será su mundo y terminarlo su vida. Misión de super-hombre afrontada por un escarabajo. Dispone de cuanto necesita para la navegación, pero juzga inútil izar velas ante la calma chicha, trastorno de tanto marino, evidencia de la impotencia. Antes cabe templar el carácter, entrenarse en diversas artes, desempolvar los sentidos, mostrar paciencia, adquirir concentración. Cierra los párpados del moribundo que hay en él y reduce poco a poco la frecuencia de sus respiraciones por minuto, de trece a diez, luego a siete, luego a cuatro. Su primer destino será la Clínica Borman de Reciclaje Social.