Coge una cápsula marrón y con toda calma vierte el contenido ocre en la palma de su mano, la extiende para que aquellos la vean, y sin dejar de sonreír se impulsa hacia delante y sopla el montoncito en un sonoro “¡puf!” que les llena los ojos de aquel polvo y de lágrimas y de escozor. Rakidip ya no ve al doctor, sólo escucha sus zetas intercalarse con la risa de su amigo mientras se frota los ojos, luchando en balde por desempañar su visión. Se pone en marcha el carrusel, gira el seto de jazmín en torno suyo, ganando velocidad, impregnando todo con un tufillo dulce y empalagoso.
Cuando el aroma se desvanece ve a lo lejos, al otro lado del canal, las primeras casas de la Villa G, apéndice de la ciudad en su lado noreste. Soporta el mediodía con el abrigo al brazo, el jersey arremangado y secándose a intervalos el sudor del cogote, por un camino de tierra que bordea un pinar. Su amigo se ha esfumado y con él la posibilidad de juntar los datos que le faltan a su informe. Pero las nubes, el intenso azul otoñal y el cabeceo de las copas de los árboles parecen animarle, y de hecho son la única recompensa a su caminata. Esto le arranca una sonrisa inocentona y al punto escucha una risa, una voz de niña, de amiga, de mujer y madre que le besuquea los oídos. Una voz que le llama por entre los árboles, tamiz del que apenas escapa un rayo de sol aquí y allá enturbiado por el polvo del camino. Esa voz estalla en risas contagiosas, le llama otra vez, le apremia a reunirse con ella. Él la busca entre los pinos y encuentra un palo de golf junto a varias pelotas. Unas hileras de pinos más adelante descubre un campo de golf con la feria al fondo, cerrada y sin gente.
Cuelga el abrigo de una rama, se arremanga más aún el jersey y lanza la primera bola. Cae bastante cerca del hoyo, pero se desvía a la izquierda y pasa de largo despacio para en el último momento caer al agujero con ayuda de una indetectable desigualdad del terreno. “Bravo Rakidip”, celebra esa voz, “eres el mejor”. La siguiente bola se desvía más, pero un ligero soplo de aire se encarga de hacerla entrar. Y de nuevo se oyen vítores, hurras y vivas. Rakidip se agita. Una gota de sudor le recorre el cogote. Lanza una bola tras otra con ritmo frenético para deleite de esa voz y el suyo, hasta que un exceso de confianza en sus habilidades malabares golpea su frente con el extremo del palo de golf haciéndole ver las estrellas.
Esa voz vuelve a ser viento allá arriba, en las copas. Él palpa la zona golpeada, la masajea apretando apenas, calibrando el daño. Decide abandonar el juego. Retoma el abrigo en una mano, el palo de golf en la otra y regresa al camino intentando en vano escuchar risas por encima del viento.