El informe de Rakidip (10/16)

    Él solía llamar así a su novia, años atrás. La chica sonríe con dientes de conejillo y él sonríe más aún. Comienzan a andar calle arriba. Poco a poco la va convenciendo. Parece que por fin va a obtener ayuda con su informe para Memoria Central. La chica es muy amable, muy paciente. Y es agradable hablar con ella, a lo mejor porque no se atreve a llevar la contraria. La conversación se prolonga. Las sonrisas se convierten en compulsivas y después de un buen rato llegan a un pequeño parque, ya en los límites del distrito noreste de la ciudad.
    Se sientan en un banco. La chica tiene una espesa mata de cabello negro que las farolas se encargan de hacer brillar, entre el olor de algún excremento de perro. Rakidip se le aproxima. El ímpetu que ha transformado en ingenio para persuadirla ya no puede detenerse. Entra en contacto con su cuerpo, muy despacio, muy sin prisa. Explora su cabello brillante, su cuello. Besa su cuello una vez, después otra y otra, pero no consigue el resultado que esperaba. La piel parece sin vida. Al coger su mano advierte un tatuaje con forma de estrella en el revés. Todo encaja en un segundo. La chica no es estudiante, es un señuelo. Por el lado opuesto del parque aparece la silueta de una pandilla de cinco. Rakidip suelta la chica, se yergue y avanza contra la pandilla.
    Son muy jóvenes, imberbes, niños con cara de malos. Lo primero que hará será neutralizar al gordo, es el que tiene más peso y podría ser dificil de dominar, aunque no parece muy ágil. El resto no se quedará quieto y habrá que aguantar como sea la lluvia de golpes… o algo peor. Y esperemos que nadie saque una navaja. Cuando tiene casi a tiro al gordo, toda la pandilla, igual que un banco de peces, vira para esquivarle. Él sigue caminando para disimular su sorpresa y sale del parque. Tratando de explicarse lo ocurrido tropieza con un matrimonio mayor.
    - Disculpen – dice.
    - No tengas tanta prisa – dice el hombre.
    Al escuchar la voz de su padre se da cuenta de que ha dejado atrás la Villa G. Y de que ahora tendrá que acompañarles a lo que fue su casa, porque estaría feo rehusar su invitación a merendar y comentar cómo le va. Como si le fuera bien o para ir contándolo por ahí.