Vuelve a la Clínica Borman, a la mole gris en medio del desierto. Antes ha pasado junto al pinar donde escuchó esa voz inconfundible, se ha llevado la mano al chichón, que ya no le molesta, y ha comprobado si los ojos de su ex jefa siguen aptos para conducir. Ahora tiene ante sí los escalones de la entrada principal a la Clínica Borman, afilados y voraces. Se despide de la mujer.
- Recuerda mi propuesta – dice ella.
- Lo haré – dice Rakidip.
El ascensor inicia una interminable sucesión de suaves arranques y suaves paradas en casi la mitad de las plantas que median entre la cero y la veintitrés. Varios minutos después enfila el pasillo que conduce al despacho del doctor Hint. La puerta está abierta. Penetra en el interior y se planta frente a la mesa. Hace calor. La chupa de ante empieza a molestarle. El doctor Hint no puede reprimir un par de guiños rápidos antes de empezar a sonreír con toda su malicia.
- Aquí tenemos de nuevo a ese sujeto informe – dice -, ese informe de Rakidip. Le dije que volvería y rara vez me equivoco, gracias a Dios.
- Perdí la ficha – dice Rakidip -. Necesito esos datos.
- Preocupado por su ficha (guiño), ¿es eso? Con lo fácil que es de solucionar (guiño)(guiño).
Abre el cajón de su escritorio y saca una ficha en blanco.
- Esta es su nueva ficha – dice -. Así de fácil. Ahora la rellenamos con sus datos y listo. Por la foto no se preocupe, ya le retrataremos cuando se haya dado una ducha.
- Mire, tengo un trabajo pendiente y todavía no me he acostado. Así que déjese de jueguecitos y haga el favor de proporcionarme los datos que le pido.
En ese momento es inmovilizado por dos tipos con brazos de hierro que apenas hacen fuerza para sujetarle.
- A la cámara de eco – dice Hint.
La cámara de eco, como su nombre indica, es una cámara en forma de cubo, de siete metros por lado, que reproduce de forma artificial el eco que se obtendría en un desfiladero. Cualquier ruido que se produce en el interior queda repetido eternamente. Rakidip es arrojado dentro, inaugurando con su caída una incesante tormenta de ecos.
- Oigan – dice Rakidip -, no he hecho nada que merezca esto.
De inmediato la cámara empieza a repetir las sílabas de Rakidip, “oiga”, “nada”, “esto”, mezclándose entre sí, variando en intensidad. Rakidip termina acuclillado en un rincón, tapándose los oídos. Pero cuando sus brazos necesitan un descanso ahí siguen presentes sus palabras entremezcladas: “merezca esto”, “hecho nada”…