Soporta como puede un intenso dolor de cabeza entremezclado con náuseas y vértigo. Sus ojos cerrados ven dibujos caleidoscópicos en tonos ocre y negro, cambiando a gran velocidad, junto a espirales que giran y giran y giran. Una idea fija, aguantar como sea, una idea que de poco sirve para aliviar su jaqueca o para ahuyentar las espirales, que terminan por engullirla. Ahora el eco está en su cabeza y recuerda el claxon de un autobús, intermitente, incesante.
En medio de bocinazos de autobús y algún que otro coche, pasado el mediodía, Rakidip despierta vestido en su sofá. Sobre la mesa puede ver una botella de Lyptokard sin abrir y dos vasos vacíos. Sin duda la cita que esperaba no tuvo lugar. Sin saber que el sueño le impidió escuchar el timbre de la puerta se dirige sudoroso a por el teléfono, que vocifera como un bebé en busca de atención.
- Le llamo de la Clínica Borman de Salud Integral. Soy el doctor Hint.
Rakidip tensa los músculos y respira hondo. Puede verle guiñándole el ojo sin parar. Pero su tono de voz parece más tranquilo. Y hasta más juicioso.
- Es por lo de sus análisis – continúa el doctor -. Tendría que haberle llamado mi enfermera, pero está de vacaciones.
- Siga – dice Rakidip.
- Los resultados no son todo lo buenos que cabría esperar. Así que en adelante habrá de cuidarse mucho. Pero dada la gravedad del asunto puedo decirle con franqueza que ha tenido mucha suerte. Está fuera de peligro. Al menos por el momento.
- Entonces, mi estado es normal.
- Lo único que puedo decirle es que no se va a morir dentro de cuatro días como usted pensaba. Pero tendrá que moderar su dieta de forma estricta. Le daremos cumplida información al respecto en cuanto vuelva por aquí.
- ¿Volver? Dígame una cosa, ¿estuvo en la Guerra del Golfo?
- Pues no. Vaya disparate.
- ¿Está suscrito a una revista de armas?
- ¿Qué cachondeo es este?
- No me haga caso.
- Puede pasar en horario de consulta a recoger los resultados de los análisis. Buenos días.
- Y tanto que son buenos.
Rakidip, orgulloso espectro de la decadencia global, atrapa la botella de Lyptokard camino de la cocina. La deposita en el cubo de la basura y vuelve al sofá, junto a la ventana: madres que regresan del parque con los niños, sol de otoño por todas partes, sudor en el cogote. Toca seguir viviendo, un regalo que no esperaba. Está pensando en darse una ducha. Se dirige al recibidor. Busca en el abrigo gris que cuelga del perchero. En el bolsillo interior encuentra un pedazo de cartulina blanca con el escudo de la Clínica Borman y una foto de carnet descolorida. La foto de su amigo.
FIN de “El informe de Rakidip”