Burkina Faso (5)

    - Carol ha localizado a un viejo productor de cine multimillonario recién divorciado de una modelo. Se aloja a partir de mañana en el hotel Continental, que es suyo. Un objetivo perfecto.
    - El olor del dinero me pone nervioso – dijo Fredy.
    - Ahora dinos qué pintas tú en todo esto – dijo Carol.
    - Vaya con tu amiga – dijo Fredy a Cristina.
    - Carol – dijo Cristina -, ya te expliqué que no podemos hacerlo sin él. Es el cerebro de la operación.
    - ¡Esa es mi nena! – dijo Fredy -. Nos va a salir el dinero por las orejas.
    - Pensábamos colar a Carla en una de sus fiestas – dijo Cristina -, tenemos contactos en el servicio de habitaciones. Pero no celebra fiestas.
    - Tal vez le guste jugar – dijo Fredy.
    Miró a Carla de arriba abajo y soltó:
    - Mañana haremos una visita al casino del Continental. Poneros elegantes.
    Mientras tanto, a unos nueve mil metros de altura:
    - Una llamada del hotel Continental de Santa Pétula, señor – dijo el mayordomo.
    - ¿El hotel Continental? – dijo el viejo -. Qué raro. ¿Qué querrán de mí?
    - Le recuerdo, señor, que ha reservado la suite para dentro de unas horas.
    - Ah, vale, vale. Pásamela.
    - Aquí tiene, señor.
    - ¿Sí? ¿oiga? O la línea está muy mal o tienes un catarro impresionante, René. ¿Qué no es René? Entonces, ¿quién narices es, amigo? Ah, nuevo. Mire, no se preocupe tanto por ese tipo de detalles, ¿me comprende? ¿Que si estamos cerca? Estamos en el aire, me ha pillado en pleno vuelo. Dentro de unas horas llegaremos a Santa Pétula y estaremos muy contentos de ver que todo está en sus sitio. Hasta pronto. Y cuidado con las corrientes de aire.
    En el salón del piso seguía la conversación. Pretendían casar a Carla con el viejo y que esta lo fuera envenenando, así se quedarían con su dinero. El factor clave era un veneno que no dejaba rastro. Fredy y un compinche veterinario lo habían comprobado con gatos de la calle.
    - Eso ya lo sabemos – dijo Carol -. Lo que no veo claro es que el viejo se quiera casar con Carla, recién divorciado.
    - Depende de Carla – dijo Fredy –. Y por su bien creo que lo conseguirá. Con lo que sabéis ahora no es momento de echarse atrás. Vaya, Cris, has estado largando de lo lindo.

Burkina Faso (4)

    Se pusieron serios. Comenzaron a reír. Aquellas seguían jadeando y vociferando, y estos dos venga la risa escandalosa. Los vecinos debían estar acostumbrados. O sordos.
    - Fredy – dijo Cristina -, ¿qué vas a hacer ahora?
    - Tomarme otro Martini.
    - No, digo de pasta. ¿De qué vas a vivir?
    - Eso venía rumiando en el metro.
    Cristina descolgó la mandíbula en señal de perplejidad.
    - ¿Has venido en metro? – dijo.
    Él la imitó:
    - ¿Has venido en metro?
    - El autobús – dijo ella – te deja a diez metros de este patio.
    Carla y Carol miraban el techo desde la cama en silencio, cansadas, sudadas, desahogadas. Carla se llevó el colgante metálico a la boca y jugueteaba con él.
    - No paro de pensar – dijo Carol – en ese viejo multimillonario. Y menudas mujeres ha tenido.
    Se recostó en la cama y encendió un cigarrillo de esos que suceden a los buenos desahogos. Carla chupaba el colgante.
    Morris se hundió en el asiento de su coche y sintonizó muy bajito una emisora de FM. El coche se fue llenando de jazz. En el salón del piso, el grado de intimidad entre Cristina y Fredy había aumentado.
    - ¿A qué has venido, Fredy? – preguntó Cristina.
    - A acostarme contigo.
    - Mentiroso.
    - Pues sí, es la verdad. Aunque también quiero que retomemos lo del negocio. Ahora sí.
    Ella le agarró de la muñeca.
    - Dime que no me estás mintiendo, Fredy. Dímelo.
    - Que sí, que es por el negocio, cálmate.
    - Tengo una sorpresa para ti.
    - ¿Qué es?
    - Una presa la mar de fácil.
    Se atizaron otro Martini. Carla y Carol salieron a reunirse con ellos. Se alegraron mucho al ver que la botella estaba aún por la mitad. Cristina alzó su vaso y dijo:
    - El rojo es un buen color.
    - Hablemos del negocio – dijo Carol.
    - ¿Hay que correr las cortinas y apagar la luz? – dijo Carla.
    - Pero, ¿qué saben estas? – dijo Fredy.
    Cristina estaba descalza sobre el sofá mirando su Martini.
    - Se lo conté yo – dijo.
    - Ya veo – dijo Fredy -, pensabas hacerlo por tu cuenta con estas pájaras, ¿eh?
    - Nunca lo hubiera hecho sin ti. Era nuestro negocio.
    - ¡Esa es mi nena! – dijo él -. Tengo un plan perfecto. Ahora todo está bajo control.

Burkina Faso (3)

    - Está hablando en singular – dijo Morris.
    - Mi hijastra se puede ir al cuerno. Esa maleducada de Carol ha pervertido a mi hija, pero la voy a recuperar.
    - ¿Qué le hace pensar que está aquí?
    - Las oyeron hablar del viaje. Sé que está ahí.
    - Necesitaré fotos, información personal. Por e-mail.
    - Lo tendrá.
    - Y tranquilo, conozco esto como la palma de mi mano.
    - Encuéntrela y no la pierda de vista. En el momento oportuno tomaré el primer avión y me reuniré con usted.
    Morris no entendía muy bien los motivos de aquel pirado, pero era una pasta a la semana mas una prima si todo salía bien, así que aceptó. Sería su último trabajo y al mismo tiempo el que le permitiría cambiar de oficio. En cuanto pudo imprimir una foto de Carla se puso manos a la obra. De noche recorría garitos de lesbianas, garitos en general y discotecas, mostrando la foto de Carla a las camareras. Durante el día visitaba tiendas de ropa o locales de tatuaje y piercing. Tuvo suerte. El cuarto día, la dependienta de un estudio de tatuaje dijo haberla visto en el Burkina Faso.
    Esa misma noche Morris se plantó en el Burkina Faso, la encontró junto a Carol, las siguió hasta el piso que compartían con Cristina, en el barrio hippy, un primer piso con todas las ventanas abiertas por el calor aquella noche, la que apareció Fredy con la botella de tequila bajo el brazo. En el piso, al rato de desaparecer Carla y Carol en dirección a su cuarto común, empezaron a escucharse exigentes gemidos. Cristina le explicó a su ex lo que estaba ocurriendo tras el tabique, aunque era obvio hasta para el más memo. Pero Fredy no prestaba atención a la escena erótica.
    - Hoy me botaron del curro – decía -. Estaba harto de ventas por teléfono. Esta mañana me presenté con sandalias y calcetines rojos. El gerente, nada más verme, empieza a echarme el puro y yo va y le digo: “¡Anda al carajo!”. Y le hago un corte de mangas de esos que dan gloria.
    - Al gerente me lo presentaste una vez – dijo Cristina.
    - Ya sé que te hace tilín.
    - No es cierto.
    - Y lo mejor de todo es que los calcetines me venían grandes. Muy grandes, me hacían bolsas en los pies.

Burkina Faso (2)

    - ¿Quién es este? – dijo Carol.
    - Es Fredy – dijo Cristina con una sonrisa de oreja a oreja -, mi ex marido.
    Y soltó una risita.
    - Hola – dijo Carla.
    Fredy y Cristina soltaron tal carcajada que Carla y Carol se refugiaron en su cuarto sin atreverse a decir ni buenas noches.
    - Parecen buena gente – decía Fredy.
    - Están locas – dijo Cristina -, pero lo pasamos genial.
    - A la morena la he visto en algún sitio. Me suena su cara. ¿De qué las conoces?
    - De una tarde que estaba en Shaggy’s probándome unos vaqueros. Carla, la morena, descorrió de golpe la cortina de mi probador. Me dijo: “Perdona, creía que estaba aquí mi hermana”. Y yo le dije: “No tiene importancia”. Y luego ella: “¿qué tal me queda esta minifalda?”. Y yo: “Fantástica, se te ve todo”. Se echó a reír, nos caímos bien y nos dimos los teléfonos.
    Carla trabajaba en una perfumería y Carol en una ferretería. Venían de Sarmientos, en la otra punta del país, eran de la misma edad y habían crecido como vecinas puerta con puerta hasta los doce años. Entonces se hicieron inseparables. Después el padre de Carla fue a liarse con la vecina de enfrente, tuvo mucha vista para el tema de la mudanza, y pasó a convertirse en el padrastro de Carol. A este tipo, un tal Johnny Beltorino, no le hacía gracia que las hermanastras fueran, además, amantes. Y tampoco que hubieran escapado de su tiranía con apenas dieciocho años en busca de aventuras. Creía que las tenía encarriladas, las había reunido en un pub el mes pasado y les había dicho:
    - ¿Qué marcha lleváis, majas?
    A lo que Carol respondió:
    - Todo claro, papi. Voy a estudiar aeronáutica.
    - Y yo aerobic – dijo Carla.
    Le habían traicionado. Así que telefoneó a un detective de tres al cuarto y le ofreció un pastón por vigilar a su hija e informar de sus movimientos. Un detective que, harto de su incompetencia, había decidido cambiar de oficio.
    - ¿Por qué yo? – dijo el detective.
    - No se haga el tonto conmigo – dijo Johnny -. Es el mejor detective de Carrizos y lo sabe. Patterson me lo ha contado todo.
    Un detective llamado Morris, que no sabía quién era Patterson, pero le siguió la corriente a aquel tipo.
    - Ah, Patterson – dijo -. Haber empezado por ahí.
    - Dice que si alguien puede encontrarla en Carrizos es usted.

Burkina Faso (1)

    El Burkina Faso era un tugurio infame de Santa Pétula, en la calle de Las Vértebras. Un sitio muy oscuro donde ponían música de la era psicodélica a todo volumen. Allí es donde Fredy Machine Head solía pasar interminables noches empapadas en tequila. Un golfo chulito, no muy alto y con el pelo negro brillante peinado hacia atrás. Una de esas noches, al llegar a su casa en las afueras de Santa Pétula, se comió un plato de ensaladilla rusa y escribió un poema en los azulejos del cuarto de baño con un lápiz de labios de su mujer. Un poema largo en el que sólo eran legibles siete palabras: congrio, cimitarra, íncubo, corpúsculo, rémora, canícula y sotavento. Cristina, su mujer, le sorprendió en estas. Él se la quedó mirando y soltó:
    - ¿Qué pasa?
    - Pasa que se acabó – dijo ella.
    Era una tipa con decisión. Fue animadora de un equipo de basket, pero abandonó porque el entrenador le metía mano.
    - Estoy harta – dijo -. Hace cuatro días estabas sentado en el váter, con el pantalón por los talones y dibujando en las paredes con tu propia…
    Al día siguiente ella se mudó a Perro Quemado, el barrio hippy, al piso de unas amigas. Se aficionó a las discotecas, las pastillas y el cubata de garrafa. Transcurrido un mes, Fredy apareció una noche de viernes por el piso a eso de las diez, como si nada, encontrando a Cristina sola en casa y con un pijama que le venía grande.
    - Hola – dijo Fredy -, ¿puedo pasar?
    - No sé cómo narices has averiguado dónde estaba – dijo ella -, pero…
    - Me lo dijo tu madre.
    - Ah, muy bien. Y, ¿quién le manda a mi madre…?
    - Venga, déjame entrar – dijo él.
    Y como si aquello lo arreglara todo, susurró:
    - Traigo una botella de tequila.
    Cristina decidió posponer su enfado.
    - Nos tomamos un par y te largas – dijo.
    Una vez en el salón y tres tequilas después, la expresión facial de ambos comenzaba a flojear, al tiempo que una risa histérica se apoderaba con más y más frecuencia de sus tripas. La botella se terminó. Cristina sacó una botella de Martini rojo, hielo y un par de vasos. Ya no podían cruzar la mirada sin retorcerse de risa. En eso llegaron las compañeras de piso de Cristina, Carla y Carol. Carla era bajita, morena y de ojos verdes, y vestía a lo punk, con chaleco de cuero y botas militares. Carol era más alta, más recia y tenía pecas alrededor de los ojos. Carla y Carol lo hacían todo juntas. Absolutamente todo.