No tan complicado (1)

    Hace poco más de un año yo me tenía por un buen negociante. El caso es que mi hermana Layna no parecía pensar igual, y tampoco Lex, lo que me empujaba constantemente a demostrárselo. En aquel momento los tres estábamos en Cancún, en medio de una playa fantástica. Rodeados de turistas gringos ebrios, pero, ¿qué importaba? El viaje y los diez días de hotel nos salían gratis. Habíamos ganado un concurso. Bueno, mi amigo Lex había ganado un concurso y había querido llevarnos a Layna y a mí con él para que aquello no fuera tan soso. Y no lo fue. Tomamos el sol, bebimos cerveza, bebimos tequila. Lex se entretuvo buceando. Una tarde, Layna y yo estábamos sobre la arena comiendo duraznos – que es como llaman en México a los melocotones, aunque son un poco más pequeños –, cuando apareció Lex, recién salido del agua en compañía de aquel pulpo rojizo que había atrapado sin pensarlo dos veces. Era enorme. Cuando estaba más o menos a un metro de nosotros, aquel bicho escupió un breve chorro de tinta. Nos entró tal risa que no podíamos hablar. El pulpo siguió escupiendo unas cuantas veces más al ritmo de las carcajadas.
    A la mañana siguiente, Lex y yo nos vestimos para jugar al tenis y nos colamos en el complejo deportivo Crepuscular, de altísimo stand. Lo hicimos bien, en ningún momento llamamos la atención. Curioseábamos por allí cuando él decidió hacer un alto en el aseo de caballeros y yo visitar las instalaciones del gimnasio. Al pasar junto a la puerta de la sauna, esta se abrió y una cabeza medio cubierta de pelo blanco que parecía la de un cónsul romano se asomó al pasillo. El tipo me saluda en mi idioma y empieza a contarme no sé qué de una vieja promesa que le había hecho a su esposa un montón de años atrás: la de llevarla a ver el Taj Mahal. Aquel perfecto desconocido se puso a charlar conmigo con una naturalidad apabullante, y esto es raro en un paisano. Empezó a llegarme de la sauna entreabierta un calor asfixiante. Se hacía duro de soportar, me cocía por momentos. Me mareé un poco, pero aguanté. Aguanté la charla del viejo por educación, supongo. Nos tiramos un buen rato allí, yo de pie y él sacando la cabeza por la puerta de la sauna sin parar de contar cosas con toda confianza.

El que pincha (y 16)

    - ¡Mamá! – dije.
    Escuché cómo me reñía desde el otro lado.
    - No chilles – decía.
    La lápida empezó a moverse muy poco a poco hacia la derecha dejando ver la cabeza de mi madre, medio calva y despeinada.
    - ¿No te da vergüenza? – dijo.
    - He estado ocupado mamá – dije -. He tenido negocios que atender.
    - Mira que bien. Negocios… ¿Has traído flores? ¡Tú, qué vas a traer, sino disgustos! Coge al menos esas de ahí enfrente.
    - Pero, eso es robar.
    - Aquí no importa.
    - Están un poco mustias.
    - Mejor para limpiar.
    - ¿Limpiar? ¿el qué?
    - El nicho. No sabes la de polvo que hay aquí dentro. Y bichos.
    - ¿Lo limpias con flores?
    - Pues claro, es para lo único que sirven aquí. ¿Qué tal tus negocios ruinosos?
    - No me ha ido mal. He ganado doscientos cuarenta mil euros en cuatro meses.
    Mi madre se giró y sacó una mano.
    - ¿En serio? – dijo.
    - Sí, mamá, pero tranquilízate.
    Me acarició la barbilla, toda sonriente.
    - Mi hijo – decía -. Mi triunfador.
    - No es para tanto – dije -. Espero ganar más.
    - ¿Más?
    - Sí, porque ya me lo he gastado.
    - ¿Cómo dices? ¿que te has gastado doscientos cuarenta mil…?
    - Sí, en una noche. Estoy un poco deprimido al respecto.
    Me soltó un bofetón.
    - Piltrafa – dijo.
    - No hace falta que me insultes – dije -, ya me siento bastante frustrado.
    - ¡Indeseable!
    - Y para colmo ni siquiera recuerdo si me divertí en la fiesta.
    - ¡Vagabundo! ¡chorizo! ¡escroto!
    - Aún me quedan doscientos euros.
    - ¡Pestuza!
    - Mamá tengo que irme, van a cerrar el cementerio. Pero te prometo que volveré.
    Todavía chillaba cuando giré la esquina.
    - ¡Hijastro! – decía.
    Eché a correr a oscuras por aquel bosque de lápidas. Ya no escuchaba gritar a mi madre, pero sus palabras seguían redoblando en mi cabeza. No había forma de encontrar la salida. La tapia, imposible de saltar. Seguí corriendo, derrapando en la gravilla, cubriéndome de polvo y más polvo. Caí, sangré por las manos, continué, doblé otra esquina y venga lápidas y más lápidas de las que ya no distinguía el color, sólo el brillo. Otra vez a la carrera. Empecé a cansarme, a desfallecer. Tropecé con un bordillo. Mordí la arena. Se coló por mi nariz, por mis ojos. Me quedé quieto. Un regusto a tierra en la boca. Mi cabeza quería seguir, mi cuerpo había capitulado. Respiré hondo y me resigné. Me dejé atrapar por la oscuridad del cementerio. La eterna oscuridad de los cementerios. Una noche más charlando con mi madre.

FIN de “El que pincha”

El que pincha (15)

    - Quítamela de encima – dije -, por lo que más quieras.
    Entre los dos conseguimos llevarla hasta la cama sin que se despertase.
    - ¿Qué hora es? – dije.
    - Las ocho de la tarde – dijo Quico.
    - Una fiesta tremenda, ¿eh?
    - Desde luego.
    - Oye, espera, ¿eso de ahí es la bolsa de mi dinero?
    - Sí. Y está vacía.
    - ¿Qué dices?
    - Anoche lo repartías a puñados. No parabas de pedir cosas a las chicas y por cada cosa que hacían les dabas dos billetes de quinientos.
    - Un momento, ¿qué clase de cosas les pedía?
    - Ah, y luego te cansaste de darles dos billetes y empezaste a darles tres, luego cinco, después de diez…
    - Aún quedan unos doscientos euros.
    - Menos da una piedra. Patearse doscientos cuarenta mil euros en una noche es un buen récord. Hasta pareces de mi generación. Oye, puedo hacerte un préstamo.
    - Puedes irte al desierto a montar relojes de arena.

    Salí a la calle y caminé un buen rato hasta la parada de metro de Quincuágine. Tomé la línea tres en dirección sur, mi ropa estaba manchada y olía a vino, a cerveza, a whisky, a tabaco. Una colegiala de uniforme azul marino me observaba de hito en hito dos asientos más adelante. Yo quería saludarla, pero al final no lo hice. Bajé en la parada de Extra Mura y caminé dando pequeños tumbos, tropezando de vez en cuando sin llegar a perder el equilibrio. Estaba aterrado. Atravesé un descampado donde unos niños jugaban a fútbol dando voces. Tuve que apretar el paso para escapar de aquel jaleo tan incómodo, tan estridente. Llegué ante una espesa tapia color ocre, la del cementerio. Decidí bordearla y entrar. Tenía diez minutos para encontrar el nicho de mi madre. Me puse a correr por en medio de las tumbas más antiguas, los monumentos, las criptas, las lápidas blancas, las negras, las de granito, las cruces, los cipreses, las viejas beatas, de pronto una reja, una puerta, la parte nueva, aquí ha de estar por fuerza, un laberinto de lápidas apiladas en cinco alturas, relucientes, con flores a medio marchitar. Más beatas. Más lápidas con nombres. Y yo corriendo como un bobo sin fijarme en ninguno de ellos. Así lo iba a encontrar. ¡Y en ocho minutos!
    Doblé la esquina. Más lápidas. En brillo, en mate, con las letras en relieve, en bajorrelieve, en dorado, en plata, fotos y más fotos de los muertos, y de repente una voz, un susurro, un “¡eh!” a mis espaldas. Me giré y vi una lápida a lo lejos, justo frente a mis ojos. Cuando llegué jadeando vi que era la de mi madre.

El que pincha (14)

    - Aquel fulano la sujetó a la reja de la chimenea por el aro plateado de su nariz con un minúsculo candado, en el salón del chalet, de rodillas, con las manos atadas a la espalda y la cara a dos palmos del suelo. ¿Qué crees que hizo, tenerla así un rato y luego desatarla? Pues va y enciende el fuego de la chimenea, se mete a darse una ducha y mientras, la reja calentándose poco a poco hasta achicharrar las narices de su mujer. Eso sí, a la hora de pagar la operación no puso pegas.
    - Dices que eras bueno. ¿Por qué te despidieron?
    - Una noche ese tipo, mi jefe, dijo que yo estaba perdiendo gancho al pinchar, ¡gancho!, que el difícil arte de superponer canciones sin que nadie pare de mover el culo ya no se me daba tan bien, tal vez por lo de mi madre. Aquel sábado me pagó el mes entero y me dijo que lo sentía mucho pero que no podía descuidar el negocio.
    - Seguro que te hizo gracia.
    - Cogí el dinero, cogí mi chupa de cuero y salí de la discoteca. Lo de “descuidar el negocio” me había escocido. Y me seguía escociendo, como una picadura de abeja. Tenía que sacarme el aguijón. Yo le iba a enseñar a ese chulo de los cojones quién pinchaba aquí como el mejor, así que fui hasta su BMW azul metalizado y le rajé las cuatro ruedas. Me marché a casa mucho más tranquilo.
    - Podías haberlo intentado en otra discoteca.
    - Lo hice. Fui a muchas buscando una oportunidad, pero no tuve suerte.
    - Y eso que eras el mejor de la costa.
    - Por lo visto se había corrido la voz de que estaba “depre” y nadie me quería dar trabajo. Cuando me cansé de no encontrar faena de lo mío empecé a solicitar empleos que no me hacían gracia. Así te encontré.
    En seis meses conseguimos juntar cuatrocientos ochenta mil euros, terminar hasta el gorro el uno del otro y conservar algo de juicio para darnos cuenta de que era el momento de la pausa. Le dije que quería mi parte en efectivo, en billetes de quinientos. Unos días después me la entregó en una bolsa de plástico. A la semana siguiente alquilamos una suite de lujo en el hotel Victoria y dimos una fiesta para celebrar nuestro exitoso negocio. Llenamos la suite con montones de comida, bebida, montones de chicas y gente ebria. Yo no recordaba lo que era salir por la noche y agarré la cogorza del año. Al día siguiente me desperté con el peor dolor de cabeza de mi vida, helado de frío. Estaba en la bañera de la suite, con el agua hasta el cuello y tenía una rubia desnuda durmiendo encima. Me quería morir. En eso apareció Quico en batín y chanclas, con una botella de champán en la mano.

El que pincha (13)

    - Y la música – decía Quico -, mucho mejor que la de ahora. El tecno empezó entonces.
    - Eh, que soy disc-jockey – dije.
    - ¿Tú disc-jockey? Yo te enseño a pinchar cuando quieras.
    - Eh, cuidado. Hace dos meses era el mejor de toda la costa, desde Marbella hasta Figueres. No había quien me llegara a la suela de la zapatilla. Ni lo hay.
    - Cuando quieras que te enseñe, me lo dices.
    - La mejor de las épocas es siempre cuando eres joven. Todo el mundo se divierte y hace el salvaje cuando es joven.
    - Tanto como nosotros, imposible. ¿Quién de mi generación no ha ido a trabajar a las ocho de la mañana, después de cerrar cuatro bares, sin haber dormido en dos días y con la misma camiseta de toda la semana?
    - Eso no creo que sea necesario para pasarlo bien.
    - No os enteráis. Os perdéis lo bueno de la vida. Que si eso no lo tomes porque lleva azúcar, eso lleva cafeína, aquello nicotina, esto lleva gas… ¿Quién de mi generación no ha entrado en trance, en comunicación espontánea con todo el resto de la discoteca al escuchar un llena-pistas?
    - Eso es difícil de conseguir tomando sólo refrescos. Incluso hoy en día. Cada generación vive de forma diferente, se divierte de forma diferente, pero se divierte lo mismo.
    - No sabes lo que dices. Lo mismo que con el sexo. Todos salís con unas novias que están buenísimas. ¿Y todavía quedáis con los colegas para ver películas porno? No me jibes. En vez de estar con ellas, hombre. ¿Quién de mi generación no ha estado en el cuartelillo por armar escándalo a las cuatro de la mañana?
    - Quita.
    Atrapó una botella de agua que rodaba por el suelo y echó un buen trago. Después siguió cruje que te cruje con las pipas.
    - Cuéntame cosas de tu vida de disc-jockey – dijo.
    - Estaba aquel fulano – dije -, mi jefe, el dueño de la discoteca. Era un pesado además de un golfo peligroso, y su mujer una furcia algo arrugada de las de vientre plano, mechas y peste a loción. Ella me contó una vez, mientras se tomaba un ponche conmigo en la parte trasera de la discoteca, cómo una noche su marido la había encadenado por el piercing de la nariz.
    - Qué divertido.

El que pincha (12)

    Los velatorios estaban en el sótano. Avancé a oscuras, apenas podía ver las caras gracias a unos cirios colocados alredor del ataúd, todo parientes del pueblo que no parecían verme. Allí reposaba mi madre de cuerpo presente con la tapa del ataúd levantada, blanca como el papel de fumar del mafioso del anuncio. Me acerqué a su lado.
    - ¿Qué tal? – pregunté.
    - Mucho mejor – dijo.
    - Me alegro.
    Cogí una silla.
    - Estoy trabajando – dije -, no es pinchando discos, es… Bueno, ya te lo contaré en detalle. Publicidad, importación… Ya sabes, grandes negocios de esos que ni tú ni el papá os atrevísteis nunca a emprender.
    - Pep sui tuutus est – dijo.
    - ¿Puedes repetirlo?
    - No creo. Márchate antes de que aparezca tu padre.
    - De acuerdo. Cuídate.
    Pese al mal recuerdo que me dejó el viaje a Alemania no fue el único que hicimos. Siguieron muchos más trayendo Mercedes alemanes a través de Francia. No hacíamos otra cosa, nos pasábamos la vida en la carretera. Nunca íbamos a fiestas, ni a discotecas, ni al bingo. Sólo trabajábamos. No parábamos en los clubs de carretera, ni siquiera a tomar una copa. Éramos dos socios sacando partido de una ocasión. Cuando se terminara la ocasión, nos repartiríamos esa pasta, nos daríamos vacaciones. Me parecía demasiado lo que nos pagaban por paquete y empecé a sospechar que tal vez Quico llenaba los Mercedes de cocaína o algo así. Pero me hacía el loco, trataba de no pensar en ello. Además él parecía tenerlo todo bajo control, tener contactos en todas partes. Me hacía sentir seguro.
    Una tarde viajábamos por la A-42 en dirección a la frontera alemana. Habíamos dejado atrás Lyon cuando Quico despertó de su siesta y se puso a comer pipas de una bolsa que ya le duraba dos días. Empezó a contarme lo bien que se lo pasaba en sus tiempos.
    - Mi generación es la de los que fuimos jóvenes en los ochenta y no es por nada, pero es la mejor. Es auténtica. Nos divertíamos el doble que ahora.
    - ¿Qué hacíais?
    - Uf, pues de todo. Muchas cosas que la gente joven de hoy en día no sabe lo que son. Por ejemplo, ¿quién de mi generación no ha ido a una manifestación anti-OTAN?; o se ha fumado un porro.
    - Sí, todo el mundo lo ha hecho.

El que pincha (11)

    Cuando habíamos andado un par de manzanas empezamos a oír un repiqueteo de bombo y timbales, algún platillo de cuando en cuando, procentes de una torre de ladrillo rojo. Empezó despacio, un ritmo simple pero constante, después empezó a complicarse, subiendo de intensidad hasta doblar la velocidad, convirtiéndose en un aparatoso solo de batería.
    - Estos del Corpus mira que tocan bien – dijo Quico.
    - ¿Corpus? Para el Corpus faltan casi tres meses.
    - No, hombre. Ese monje que toca la batería pertenece a la congreación Corpus Et Anima. No me digas que no es bueno.
    Tuve que darle la razón, aquel tipo convertía sus dos bombos en una ametralladora. Aquella tarde, después de llevar al pobre crío con su madre, Quico descubrió que yo tenía el carnet de camión:
    - Eh, eso es fantástico – dijo.
    - No sé qué tiene de fantástico, me lo saqué en la mili.
    - Vamos a traer Mercedes de Alemania y a venderlos aquí.
    - Un momento, ¿no somos una agencia de publicidad?
    - Eso es la tapadera, paleto.
    Empezamos a viajar a Alemania en un camión alquilado, venga kilómetros y kilómetros, y Quico el jeta venga a dormir y dormir ya que tenía que conducir yo por narices, que para eso tenía el carnet. Al principio era entretenido, después me empecé a sentir confuso con respecto a Quico. Yo pensaba que nos íbamos a dedicar a lanzar campañas publicitarias la mar de creativas y dos meses después estábamos los dos en la cabina de un camión atravesando Francia de noche, lloviendo y con un hambre de morirse. A causa del viaje, del que acabé harto, dejé de ir al hospital, lo cual cayó como una bomba en mi familia. Al volver, creía que ya lo habrían olvidado, pero todo seguía igual de mal y todos igual de cabreados conmigo, es decir, muchísimo. Una tarde llegué por sorpresa a eso de las siete y encontré la 1114 ocupada por dos nuevas pacientes. Empecé a pensar: dos camas, dos pacientes nuevas… ¿dónde está mi madre? Una enfermera que por lo visto leía el pensamiento dijo a mi espalda:
    - La han bajado esta mañana.
    Tal vez incluso leía el tarot.
    - ¿Qué significa “la han bajado”? – pregunté.
    - Abajo.
    - Si, ya. Pero, ¿a dónde?
    - A los velatorios. Los bajamos allí cuando son casos terminales.

El que pincha (10)

    Conducía deprisa camino de la cama. Disc-jockeys incompetentes conseguían trabajo. Esos que corte tras corte acaban haciendo polvo el ritmo de la sesión. Ya ni salía por las noches, ahora las pasaba en el hospital. Volvía a casa al amanecer, reventado, nervioso por los cafés que tomaba mirando los goteros, mezclándome los fines de semana con todos los juerguistas que me creían tan borracho como ellos. Al doblar la esquina vi un bulto negro parado en mitad de la calzada y lo embestí sin remedio. Frené. Paré el coche a unos metros y volví al lugar del impacto. Había una monja despanzurrada con los ojos cerrados, el hábito negro sucio de polvo. Empezó a formarse un corrillo de madrugadores. Los miré y dije:
    - Lo siento.
    - Eh – dijo un tipo -, que aquí ninguno somos familiares de esta señora. Ni hemos visto nada, así que ahórrate el esfuerzo y lárgate.
    - Ha sido sin querer – dije yo.
    - Da igual – dijo un viejo -, váyase o le meterán en la cárcel.
    - Eso, márchese – dijo una señora.
    La monja no se movía. Era todo pellejo envuelto en tela negra.
    - ¿Quiere que le metan entre rejas y le violen todos esos criminales? – dijo el viejo.
    - No – dije -, pero…
    - Pues márchese.
    Empezaron a empujarme. Me metí en el coche y me fui a dormir.
    A las cinco y dos minutos llegaba al pedrusco que hay junto a la biblioteca. Allí estaba Quico, todo él una sonrisa, pero no parecía haber conseguido el niño.
    - Así me gusta – dijo -, puntual y sin agujeros en la ropa.
    - Y dale con eso.
    - Antes de empezar necesito agua.
    - Yo estoy en ayunas.
    Sacó un vasito de plástico, como los de la máquina de café del hospital. Se acercó a un charco que estaba formando en la acera el goteo de un cacharro de aire acondicionado. Colocó el vaso bajo las gotas hasta que estuvo lleno. La gente se le quedó mirando. Después se colocó él hasta tener el pelo empapado, además del cuello del Fred Perry. Vino con el vaso hasta mí como si fuera un tesoro. No me dio tiempo a reaccionar, se lo bebió de un trago.
    - Y ahora – dijo -, vamos a recoger el bebé de mi amiga Sara.
    Su amiga Sara tenía que estar loca para prestar su bebé de esa manera. A la ida, me tocó a mí llevar el carrito y a Quico el bebé, siempre de espaldas, mirando lo justo por encima del hombro.

El que pincha (9)

    Ahora quería que le acompañase en una de esas acciones. Se trataba de tomar en brazos a un bebé recién alimentado y caminar hacia atrás hasta que volviera a pedir el biberón. Una vez vuelto a alimentar desharíamos el camino hasta la casa del bebé, también de espaldas.
    - Como locura no está mal – dije -. Pero, ¿por qué con un niño?
    - Porque un niño es como un espejo en el que puedes verte en el pasado. Si es niña da igual, te ves en el pasado y además en femenino. Y al mismo tiempo puedes verte en el presente, ya que aprende de ti cosas a diario, expresiones y usos actuales. Un niño es un mosaico dadá.
    - ¿Tienes hijos?
    - No.
    - Quico, todo eso está muy bien, pero creo que deberíamos implicarnos más en nuestra empresa. O sea, trabajar.
    - Ahora te gusta trabajar.
    - Necesito pasta.
    - Qué vulgar. Aunque como dijo Andy Warhol, hacerse rico es lo más artístico hoy en día. Warhol siempre se me hizo un poco vulgar… En fin, haremos un trato: yo consigo clientes y tú me ayudas con la acción creativa. Tenemos que hacerlo.
    - Pero, ¿para qué?
    - Por la poesía. Por el arte. Para enseñar al mundo a reírse de sí mismo en lugar de verlo todo negro.
    - Pero si no tienes niños.
    - Conseguiré uno. El sábado, a las cinco, en el pedrusco que hay junto a la biblioteca. Y sin agujeros en la ropa.
    Seguíamos consiguiendo clientes. Bueno, Quico conseguía clientes. Llovían llamadas de teléfono. El dieciocho de marzo por la noche mi madre entró en coma. No hablaba, no veía, no sabíamos si comprendía lo que le decíamos. Todo eran manotazos y patadas, se llevaba las manos a la cabeza sin parar, la apretaba. Algo allí dentro le molestaba de forma terrible, le provocaba convulsiones. Esto era el resultado de la primera sesión de quimioterapia. Normal. Mi madre estaba muy débil. El tratamiento era duro. Yo había visto enfermos hechos y derechos reducidos al puro esqueleto. Pasó dos días en aquel estado. A pesar de todo sobrevivió al tratamiento. Volvió a hablar, a ver. Aunque no a reír.
    Un par de noches después, a las seis y cuarto de la madrugada yo estaba agotado, harto de café y deseando que llegase mi padre para irme a dormir de una vez. Pero no llegaba y todavía pasó un buen rato hasta que por fin pude subir al coche y enfilar hacia casa.

El que pincha (8)

    Bien entrada la noche empezó a llegarme un profundo olor a sardinas asadas, lo cual me sorprendió porque el comedor llevaba cerrado varias horas. Decidí salir a curiosear. El pasillo apestaba, sardinas bien asadas. Un olor que me llegaba por la derecha. Avancé despacio, amortiguando las pisadas. Varios minutos después llegué a la 1109, de donde salía el olor. Asomé la nariz por la puerta y vi al fondo, junto a la ventana cerrada, un tipo con barba y pinta de indigente, sentado en el suelo, con una fiambrera en una mano. En la otra sostenía un tenedor, del que colgaba un buen pedazo de sardina. El tipo me miró.
    - Buen provecho – dije.
    Y regresé junto a mi madre. La señora Pilar, la compañera de mi madre en la 1114 dormía como una nutria pese al cortante roncar de su marido, sobre el sillón de las visitas, mal arrebujado en una manta color crema. De vez en cuando ella se tiraba un pedo que resonaba por toda la habitación y le hacía callar. Ni en sueños podía dejar a su marido expresarse más de la cuenta.
    Con dos cámaras prestadas y un ordenador gorroneado le dimos carpetazo al tema del anuncio. Quedó de lo más cutre que se pueda imaginar. Ahora el mafioso que aparecía se limitaba a decir: “Vincenzo, tráeme la máquina”. Entonces el mayordomo llegaba con el coche hasta el salón, frenaba en seco y en eso se desprendía un tornillo de una rueda delantera que era capturado en primer plano. Después aparecía junto a él un horrible logotipo de “Recambios Cuesta” que hicimos con esparadrapo y la voz en off (que grabé yo) decía lo de: “Recambios Cuesta, a la primera ocasión”. Pero a los abueletes del consejo de administración les encantó. Nos pagaron una pasta por aquella birria, nada menos que cuatro millones al contado y en el acto. Hasta nos felicitaron por escrito. Yo no entendía nada.
    Después, a Quico se le metió en la cabeza realizar “acciones creativas”, como él las llamaba. Se trataba de tareas inútiles, contra las normas, contra la lógica, contra el sentido común, sin ningún tipo de beneficio excepto el poético, incalculable según él. Acciones como cruzar la calle sólo cuando el semáforo de peatones está en rojo, hacerse el sordomudo durante una semana, bajar a comprar vestido de submarinista o sentarse a leer el periódico sobre un contenedor lleno de basura.