Burkina Faso (6)

    - Sólo les expliqué de qué iba el negocio – dijo Cristina.
    - Y lo de aquella golfa – dijo Carol -, esa vecina tuya que se te quería ligar y siempre te daba la espalda y se agachaba a recoger algo cuando coincidíais en el rellano del ascensor.
    - ¿Qué? – dijo Fredy.
    Cristina se levantó de un salto.
    - Venga – dijo -, tómate una copa con nosotras. Conocemos una discoteca genial.
    Fredy se puso en pie muy serio:
    - Mañana por la noche vamos al casino. Pero antes de continuar tenéis que tener una cosa bien clara.
    Las hermanastras también se levantaron, mirándole con cara de suficiencia y cogiendo sus bolsos para salir.
    - Que quede bien clarito que esto lo dirijo yo – dijo Fredy.
    Lo que empezaba a estar clarito para Morris nada más las vio salir del patio en compañía de Fredy, el chulín del Burkina Faso que tan bien conocía, era que planeaban algo. Algo más parecido a un delito que a una acampada en la montaña. Subieron a un taxi y dieron la dirección de una discoteca. Morris pensó aprovechar su ausencia para colocar micrófonos en el piso, pero algo le dijo que debía seguirles. El taxi lo conducía un hombre mayor que no paraba de hablar, cruzando el barrio hippy con entusiasmo. Al detenerse en un semáforo se giró y dijo:
    - ¿Les entretienen las historias que cuento?
    - En absoluto – dijo Fredy.
    - Pues fuera – dijo el taxista.
    - ¿Qué?
    - ¡Fuera! ¡Largo! Tienen que bajarse. ¿No me ha oído, señorita?
    - Sí, ya voy – dijo Carol.
    El taxista agitaba una botella vacía de vodka que Dios sabe de dónde salió. Tenía el rostro desencajado y un ojo parecía llorarle. Repetía:
    - Tienen que bajarse.
    Caminando calle abajo, Fredy decía:
    - Vaya tipo más loco.
    - ¿Quién? – preguntó Carla.
    - Pues el del taxi – dijo Fredy -, ¿quién va a ser? Estamos listos con tu otra amiga – le dijo a Cristina -. No sé si conseguiremos hacer algo con ella.
    - Yo sí – dijo Carol.
    - Yo también – dijo Cristina.
    - Menudo loco – dijo Fredy.
    - Lo peor – dijo Cristina – es que estamos muy lejos de la discoteca. Y por esta zona no pasan taxis.
    Fredy señaló un cruce de calles:
    - Por ahí tiene que pasar alguno.
    - ¿Dónde está tu coche? – dijo Cristina.
    - Lo vendí.