Burkina Faso (8)

    Mientras, en la suite del hotel Continental:
    - Me gusta el Continental – dijo el viejo -. Es como volver a casa.
    - Estoy de acuerdo con usted, señor. Y dicen que está haciendo buen tiempo.
    - A propósito, ¿qué hay del asunto de Patterson?
    - Oh, pues… Verá, señor, hace dos días recibí una llamada de…
    - Chssst. Nada de nombres mientras los botones revolotean por ahí.
    - Entiendo, señor. Discúlpeme. No tiene por qué preocuparse, nos estamos ocupando de ese asunto. Verá como pronto se soluciona.
    - ¿Preocuparme? ¿acaso me ves preocupado?
    Morris aguantaba muy mal el tunda-tunda de las discotecas. Se retiró al coche, al otro lado de la calle, no sin antes soltarle algo de pasta al portero para que le informase sobre la tal Jenny. Dentro del coche hacía calor. Abrió un dedo la ventanilla y se repantigó en el asiento. Aquello estaba para darle capetazo. Johnny Beltorino tenía que haberle hecho caso, coger el primer avión de la mañana siguiente y acudir con él al casino del hotel Continental. Él recuperaba a su hija y Morris percibía su dinero. Estaba harto de seguir a la gente. Puso en marcha la radio, después el coche y se alejó camino de su casa. En el fondo, Morris admiraba en ellos una cosa: su desparpajo. La de cosas que él hubiera hecho con la mitad de ese desparpajo.
    A las once de la mañana aquellos cuatro, que no se habían acostado, caminaban por la calle Tuétanos buscando dónde desayunar cuando pasaron junto a un sitio que olía a grasa frita, el “Asador De Costillas De Sam El Psicópata”. Entraron y se sentaron. Era pronto para la carne, así que pidieron cafés y se los tomaron con calma, con mucha calma, algo así como tres horas y media delante del mismo café y el mismo bollo mordisqueado. Cuando vieron que ya iba siendo hora de comer pidieron montones de carne y patatas con salsas de colores.
    - Me encanta comer – dijo Carla.
    - Con ese tipito nadie lo diría – dijo Cristina.
    - Bueno, hermanas – dijo Fredy -, centrémonos. Quiero explicaros un par de detalles antes de que nos plantemos esta noche en el casino.
    Después de comer volvieron al piso para dormir unas horas. Fredy compró por el camino un traje de Gucci con dinero de Cristina. A las doce, los cuatro caminaban por el barrio Trash Metal vestidos para matar. Reían y bebían de unas latas de cerveza que Fredy había comprado en un drugstore y les iba dando a las chicas. Bebían y cruzaban la calle Requiebros por el famoso paso de cebra camino de sus sueños.