Morris llevaba ya dos horas en el Continental. Antes de salir de casa había escrito un e-mail al padre de Carla: “nada de particular por el momento”, le puso, “anoche fueron a Tempus, la discoteca de moda. Esta noche irán al casino del hotel Continental, a donde me dirijo”.
Una vez en el casino, Carla se acercó a aquel tipo:
- Perdone, señor. Perdone, ¿tiene… tiene fuego? Fuego, por favor.
Llevaba una minifalda color rojo. El rojo es un buen color.
- Todo al rojo – dijo Carol.
- Nanái – dijo Cristina.
Carol exhibía un creciente brillo de malicia en sus ojos.
- El rojo – decía.
- Que no.
En el casino se respiraba tensión. Y Carla con aquella minifalda roja y medias negras, los labios pintados, zapatos de tacón…
- ¿Me da fuego, señor?
- ¡Hagan juego!
- ¿Fuego, señor?
- ¿Dónde está Carla?
- ¿Fuego?
- Creo que fue a comprar tabaco.
- ¿Qué?
- ¡A comprar tabaco!
- ¿Fuego? ¿Fuego, señor?
- No te oigo, chilla más.
- ¡Tabaco! ¡ta-ba-co!
- ¿Fueg…?
Minutos después Carla estaba en una habitación casi a oscuras con las manos atadas y su destino más probable era la trata de blancas. Los otros tres regresaron al piso después de mucho buscarla y preguntar a todo el mundo. Carol estaba histérica y la tomó con Fredy.
– Por tu culpa la mafia ha secuestrado a mi Carla y la van a enviar a un club de Malasia – decía.
- Venga, no exageres – decía Fredy -. Se habrá liado con algún macarra.
- Mi Carla no es ninguna golfa heterosexual.
– Tu hermana va a volver.
Carol estaba casi llorando.
- Hermanastra – dijo -. Hermanastra y vecina.
Se sirvió un Martini doble. Fredy y Cristina se fueron a dormir. Fredy sabía que ahora más que nunca era necesario acercarse al viejo, porque era la única forma de recuperar a Carla. Y a falta de algo mejor, Carol tendría que ser el cebo.
El olfato de Morris decía que Carla no había salido de allí. Pensó que formaba parte de algún plan y decidió no alejarse mucho, haciendo pesquisas aquí y allá, recopilando información para sí y para Johnny Beltorino, que no se explicaba qué narices estaba esperando para tomar un avión y reunirse con su hija, ahora que la había encontrado. Desde luego, su nombre no figuraba en el registro de la recepción, pero era el viejo truco de las identidades falsas. Su olfato seguía diciendo que no andaba lejos. Y su olfato no solía fallar.