Burkina Faso (10)

    Al día siguiente, después de comer, el mayordomo entró en la suite del viejo:
    - Aquí la tiene, señor – dijo.
    - Gracias, Jaime – dijo el viejo -. Señorita, ha habido un error. Le ruego que disculpe a esos bárbaros, si es que se lo merecen. En cualquier caso, considérese mi invitada a partir de ahora.
    Carla soltó una risita que cautivó al viejo. Morris se había zampado una hamburguesa dos calles más arriba, en un chiringuito para turistas, y ahora se frotaba las manos con un kleenex mientras regresaba al hotel. Y no paraba de repetirse que aquel trabajo no se le iba a estropear. No, no, no. Necesitaba encontrar a Carla Beltorino, llegar hasta el final. Necesitaba ese dinero. Se deshizo del kleenex y entró en el hotel.
    - ¿Cómo te llamas? – preguntó el viejo.
    - Carla.
    - ¿Te gusta Santa Pétula, Carla?
    En la suite del hotel Continental hacía calor. El viejo hizo una seña y el mayordomo sirvió Martini blanco. Una oliva en el fondo de la copa de cóctel y una rodaja de limón. Carla cogió el limón y empezó a mordisquearlo. El viejo sonreía. El mayordomo apretó un botón y la luz disminuyó en intensidad y cambió de blanco a rojo fresa muy suave. Una atmósfera erotizante. El viejo se recostó en el sofá.
    - ¿De dónde has dicho que eres, Carla?
    Carol, Cristina y Fredy caminaban por la avenida Cuatrigenio, muy cerca del hotel Continental, cuando al doblar una esquina se toparon con dos policías.
    - Quiero denunciar una desaparición – dijo Fredy.
    Los policías le miraron en silencio mientras se lo llevaban las chicas, iniciando mentalmente la cuenta atrás. Si llegaban a cero detendrían a aquel moreno por cachondearse de la autoridad.
    Y en la suite del hotel:
    - Haz venir al juez, Jaime. Voy a casarme con esta joven.
    - Sí, señor.
    Mientras Jaime telefoneaba, Carla se arrimó al viejo.
    - ¿Otro traguito, mi amor? ¿qué dices?
    - Oh, sí, Martini. Con un chorrito de ginebra y…
    Carla se alejaba tambaleándose sobre sus tacones camino del mueble-bar de la suite.
    - Relájate, pichón – decía -. Preparo Martinis como nadie.
    Dando la espalda al viejo y a Jaime, sacó el frasquito de cristal donde guardaba el veneno en forma de polvo marrón. Echó una pizca en el Martini, lo removió y después fue a entregárselo al viejo. Entretanto, Fredy había llevado engañadas a Carol y a Cristina al hall del hotel Continental.