Burkina Faso (11)

    - Vamos a pescar a ese viejo – dijo Fredy -. El cebo será Carol.
    - ¿Cómo? – dijo esta.
    - Y para tenerlo bien a mano, nos alojaremos aquí.
    - ¿Y quién pagará los gastos? – dijo Cristina.
    - Se paga cuando te marchas. Y no nos moveremos de aquí hasta que tengamos el dinero.
    La ceremonia de la boda se celebró en la suite del viejo. El mayordomo hizo de testigo junto con una limpiadora del hotel. Y breves como son estas cosas, pronto los recién casados quedaron a solas en la suite. Continuaron relajándose con Martini blanco. Poco después decidieron bajar a la calle y en el hall del hotel, Carla reconoció a Carol, a Cristina y a Fredy.
    - ¡Eh! – les dijo.
    - ¡Carla!- dijo Cristina -. Y está con el viejo, Fredy.
    Se acercaron para saludar.
    - Os presento a mi marido – dijo Carla.
    - ¿Marido? – dijo Carol.
    Carla se volvió hacia el viejo con una amplia sonrisa color carmín y le susurró:
    - ¿Puedes prestarme unos pavos, mi amor? Son parientes.
    El viejo hizo una seña y un hombre le entregó un fajo de billetes grandes a Carla. Ella guiñó un ojo y se lo pasó a Cristina con disimulo.
    - Esto para empezar – dijo -. Estoy casada con un viejo multimillonario al que le quedan semanas de vida.
    Morris conoció la noticia de labios de una camarera del hotel y empezó a entender el negocio que se traían entre manos. No le gustó. Aquello no era el tipo de noticia que se le puede servir a un tipo como Johnny Beltorino a la hora del desayuno. “Acaba de casarse en secreto con un viejo podrido de pasta. Fin del mensaje”. No. La prima estaba en juego y había que ser suave, por lo que decidió ocultar a Johnny el detalle de la boda por un tiempo. Hasta que se le ocurriese cómo decírselo. Aprovechó para irse a dormir unas horas. Al día siguiente, en la piscina del hotel Continental, Fredy se untaba crema solar factor no muy alto.
    - Parece que Carla se emplea a fondo con el viejo – soltó.
    - Parece – dijo Carol.
    - Ha sido una suerte increíble que Carla fuera a enrollarse justo con un proxeneta que trabaja para el viejo – dijo Cristina.
    - Una suerte merecida – dijo Fredy -. Ten, úntate.
    - Y más suerte aún – dijo Carol – que el viejo decidiera quedársela para él. Si no, ya estaba en Malasia.