Burkina Faso (12)

    El viejo y su nueva esposa se besuqueaban al otro lado de la piscina. Él parecía un cantante de country con aquella barba blanca mecida por el viento de Carrizos, el torso moreno desnudo y los pantalones blancos. Unos días después, por la tarde, estando con Carla en la suite notó un pinchazo a la altura del corazón. Dejó caer la copa de Martini.
    - ¿Qué… qué tienes… mi amor? – dijo Carla.
    - Me cuesta respirar – dijo el viejo.
    Carla se tambaleaba.
    - ¿Res… pirar? – preguntó.
    - Sí, me cuesta respirar.
    A Carla se le había ido la mano aquella tarde tomando tranquilizantes. Cayó redonda. El viejo apenas tenía fuerzas.
    - Ayúdame – decía -, por favor…, ayúdame.
    Pero Carla seguía tendida en el suelo con la minifalda un poco subida, derrotada por los tranquilizantes y el alcohol. El viejo ingresó esa noche en la unidad de cuidados intensivos del hospital Temple de Santa Pétula, lugar al que se dirigía Morris en un taxi a la mañana siguiente.
    - ¿Cómo evoluciona?
    - ¿Quién?
    - ¿Cómo quién? – dijo Cristina -. Tu marido.
    - Ah – dijo Carla -. Me teníais preocupada. Todas ahí tan pendientes, mirándome. No sé. Bien, sí. Creo que está mejor.
    - Carla, esto es una rueda de prensa. Me refiero a que es algo serio, a que tal vez no… no deberías estar ahí despanzurrada leyendo una revista y pasando de lo demás por completo. Todos estos periodistas quieren saber cómo se encuentra tu marido.
    El viejo estaba muy mal. Tenía negocios en medio mundo y de todas partes acudía gente porque sabían que se estaba muriendo. Daba de comer a muchas familias y también a su mayordomo, que iba a visitarle todos los días con una cara hasta los pies.
    - No seas cenizo, Jaime – le decía Carla -. Lo que tenga que ser, será. Y hemos de estar preparados.
    Jaime asentía lacónico:
    - Lo sé, señora, lo sé.
    - Hala, vete a casa y acuéstate.
    En eso Carla reconoció a Fredy al fondo del pasillo.
    - ¡Fredy!
    Él se acercó.
    - Sácame de este sitio, da muy mal rollo.
    Una vez en la calle Carla dijo:
    - Al viejo le queda muy poco.
    - Bien – dijo Fredy.
    - Trata de no ser tan frío, ¿quieres? Las cosas nunca salen como las planeas. ¿Y si dijera que estoy enamorada del viejo?