- Íbamos en ese carrazo amarillo – dijo Fredy -, cuando se me ocurrió parar en un bar de carretera.
Eso fue al día siguiente, por la tarde, muchas calles al sureste del Burkina Faso, el lugar donde todo ocurría. Si no estabas en el Burkina Faso, nada te ocurría. No existías. Era el lugar adonde había que ir. Aquel bar de carretera estaba atestado de motoristas. Se podía oler la grasa y la velocidad, y leer su breve código ético en la tinta de sus brazos y sus caras de cuenta-kilómetros. Fredy detectó un par de miradas raras, pero nada más. La verdad es que no dejaban de mirar a Carla. No la perdían de vista. Fredy se puso un poco nervioso.
- Una coca-cola – dijo Carol.
- Un momento – dijo Fredy por lo bajo -, ¿es la hora de tomarse una coca-cola, aquí, en medio de todos estos motoristas carcelarios con los ojos bizcos apuntando al culo de Carla?
Todo el mundo estaba en silencio, observándoles, y ellos con los bolsillos llenos de billetes de cien en medio de un puñetero bar de carretera de vuelta hacia el Burkina Faso. ¿Tenían que esperar a que aquellos camorristas se decidieran a atracarles? ¿no podían largarse con disimulo? No. Era la hora de tomar una coca-cola. Junto a la diana de los dardos había un motorista que parecía el capitán.
- A mí me gusta la morena – dijo.
Siguió un murmullo de aprobación.
- El coche debe ser de las chicas – dijo otro -. Porque hace falta ser moña para llevar un coche amarillo.
- Beberos eso y nos largamos – dijo Fredy.
Pero alguien puso una pesada mano en su hombro y gruñó:
- ¿Llevas fuego, moña?
Fredy se giró esperando un puñetazo como un piano, pero no fue así. El tipo era enorme, cada uno de sus brazos era como una pierna de Fredy. Notó que se le secaba la boca. Estaba convencido de que aquellos tipos iban a darle una paliza. Y lo hicieron de verdad. Le llevaron fuera y le dieron una reglamentaria paliza de película de motoristas camorristas. Como suena. Uno de ellos decía algo sobre arrancarle la nariz. Él nunca les había hecho nada. Lo que fue pura chiripa es que no les robaran. Sólo querían pelea. Pelea y nada más.
- ¿Qué has dicho?
- Que bajes la capota – gritó Cristina desde el asiento trasero del Porsche -, que hace demasiado viento.