El que pincha (4)

    - Entonces – dije – no eres del departamento de recursos humanos de una marca de preservativos.
    - Pues no – dijo.
    - Pues me has timado.
    - No te lo tomes así.
    - Y, ¿cuál es ese maravilloso perfil que se supone que tengo?
    - Pues eres arrogante, vulgar, acomplejado, con deseos urgentes de afirmar tu virilidad, te crees que sabes más que nadie, careces de astucia, de malicia, de estilo, de clase y de sentido del ridículo. Perfecto. Cuéntame más cosas sobre ti.
    - Me ganaba la vida como disc-jockey residente en una discoteca, pero me despidieron hace tres semanas. Y mi madre lleva dos meses ingresada en el hospital. Está tocada del riñón, lleva dos años haciéndose diálisis todas las noches. Las cosas no pintan bien.
    - ¿Qué te parece meterte en negocios? Tengo montones de contactos.
    - No tengo dinero.
    - Joder, no paras de poner pegas. Algo tendrás, más o menos lo mismo que yo. Lo juntamos y a por todas. Déjame que te explique.
    Me dijo que o bien encontrábamos una gran oportunidad de negocio o bien creábamos nuestra propia empresa y la levantábamos con mucho esfuerzo.
    - Prefiero la primera opción – dije.
    - En ese caso necesitaríamos información de la buena, cosa carísima y difícil de obtener. De momento no nos es accesible, así que habrá que elegir la segunda opción.
    - ¿Y qué negocio es bueno? Está todo saturado.
    - Te equivocas. Cualquier tipo de negocio puede generar grandes beneficios siempre que dé una imagen de solidez. No hay buenos negocios y malos negocios, sino buenas o malas formas de administrarlos.
    Parecía de sentido común, así que me lo creí.
    - Camarero, champán – dijo.
    Apenas sí tenía para pasar los próximos tres meses, pero según su plan debíamos invertir todo ese dinero ahora y de golpe. Compraríamos ropas caras y aparentaríamos tener dinero en abundancia para dar sensación de solidez.
    - El dinero va adonde está el dinero – decía.
    De esta forma conseguiríamos en un par de meses hacer negocios con la gente que lo tenía y que era como nosotros aparentábamos ser.
    - Si no eres como ellos – decía – ni te mirarán. Venga, ahora te toca hacer un brindis, tú que tienes cara de buena persona.
    - Pero si soy un gandul. Me paso el día sin hacer nada.
    - Aún así la gente te quiere.
    - Qué dices. Mi familia no me habla. No tengo novia ni amigos.
    - Da igual, tus vecinos…
    - No me hablo con ninguno.
    - Bueno, ¡qué leches!, por lo menos no haces daño a nadie. Hala, haz el brindis.