- Entonces – dije – no eres del departamento de recursos humanos de una marca de preservativos.
- Pues no – dijo.
- Pues me has timado.
- No te lo tomes así.
- Y, ¿cuál es ese maravilloso perfil que se supone que tengo?
- Pues eres arrogante, vulgar, acomplejado, con deseos urgentes de afirmar tu virilidad, te crees que sabes más que nadie, careces de astucia, de malicia, de estilo, de clase y de sentido del ridículo. Perfecto. Cuéntame más cosas sobre ti.
- Me ganaba la vida como disc-jockey residente en una discoteca, pero me despidieron hace tres semanas. Y mi madre lleva dos meses ingresada en el hospital. Está tocada del riñón, lleva dos años haciéndose diálisis todas las noches. Las cosas no pintan bien.
- ¿Qué te parece meterte en negocios? Tengo montones de contactos.
- No tengo dinero.
- Joder, no paras de poner pegas. Algo tendrás, más o menos lo mismo que yo. Lo juntamos y a por todas. Déjame que te explique.
Me dijo que o bien encontrábamos una gran oportunidad de negocio o bien creábamos nuestra propia empresa y la levantábamos con mucho esfuerzo.
- Prefiero la primera opción – dije.
- En ese caso necesitaríamos información de la buena, cosa carísima y difícil de obtener. De momento no nos es accesible, así que habrá que elegir la segunda opción.
- ¿Y qué negocio es bueno? Está todo saturado.
- Te equivocas. Cualquier tipo de negocio puede generar grandes beneficios siempre que dé una imagen de solidez. No hay buenos negocios y malos negocios, sino buenas o malas formas de administrarlos.
Parecía de sentido común, así que me lo creí.
- Camarero, champán – dijo.
Apenas sí tenía para pasar los próximos tres meses, pero según su plan debíamos invertir todo ese dinero ahora y de golpe. Compraríamos ropas caras y aparentaríamos tener dinero en abundancia para dar sensación de solidez.
- El dinero va adonde está el dinero – decía.
De esta forma conseguiríamos en un par de meses hacer negocios con la gente que lo tenía y que era como nosotros aparentábamos ser.
- Si no eres como ellos – decía – ni te mirarán. Venga, ahora te toca hacer un brindis, tú que tienes cara de buena persona.
- Pero si soy un gandul. Me paso el día sin hacer nada.
- Aún así la gente te quiere.
- Qué dices. Mi familia no me habla. No tengo novia ni amigos.
- Da igual, tus vecinos…
- No me hablo con ninguno.
- Bueno, ¡qué leches!, por lo menos no haces daño a nadie. Hala, haz el brindis.