- Espera un poco – dije -. No me has dicho en qué va a consistir el negocio.
- Publicidad – dijo.
- ¿Y si sale mal?
- Si sale mal nos vamos al caño, pero de todas formas ya tenemos un pie allí. Si sale mal es porque no hemos hecho todo lo que teníamos que hacer para que salga bien. O sea, que centrémonos en eso. Haz el brindis.
- Desde luego. Brindo por esta locura.
Bebimos.
- Trato de perder el tiempo en preocupaciones inútiles – decía Quico -. Y creo que deberías hacer lo mismo, porque así no conseguirás nada bueno. Unas veces se gana y otras se pierde, pero preocuparte no te ayudará en ninguno de los dos casos.
Solté una carcajada.
- Si mi padre supiera dónde me estoy metiendo… – dije.
- Los padres y la creatividad no se llevan bien.
- Con lo poco que se ha arriesgado siempre… Él prefiere eso que llama tener la fiesta en paz. Dice que lo mejor es coger lo que te dan y marcharte.
- Así siempre tendrá unos cuantos euros. Pero nada más. A veces hay que arriesgar. ¿Más champán?
Aún notaba los efectos del champán esa tarde, mientras atravesaba el hall del hospital en medio del griterío de los parientes, las risas de unos, los llantos de otros, el canario enjaulado de una mujer… Pasé junto a esa jardinera donde había un cementerio de hormigas, montones de cruces hechas con palillos, cada una con lo que parecía el nombre de su aquí yacente criatura en letra diminuta, ilegible para mí. Al salir del ascensor en la décima planta tropecé con la camilla de un entubado cuyos brazos desnudos iban perforados por más tubos que colgaban de un par de goteros.
- ¿Este hombre no es el de la 1114? – pregunté a la enfermera.
El cortejo no se detuvo.
- Lo llevamos abajo – escuché.
Mi tarea las noches que pasé en el hospital consistía en colocarle a mi madre un termómetro en el sobaco derecho cada dos horas y cronometrar cuatro minutos. Pasado ese tiempo se lo retiraba, lo miraba a la escasa luz de la lamparilla, anotaba el resultado en una pequeña libreta de gusanillo, me servía un café del termo que traía de casa y me volvía a sentar en la silla. De la pared colgaba un recipiente de plástico en el que había oxígeno líquido burbujeando sin parar. Y luego estaban esos goteros marcando el ritmo a una velocidad perfecta para la hipnosis. Había varios tubos conectados a los goteros y a la cicladora de diálisis, que entraban en el cuerpo de mi madre.