A los pocos días estaba en el lío de montar la agencia de publicidad con Quico, que ahora era mi socio, y también el ganador de un concurso provinciano de cortometrajes. Nos gastamos un dinero en papeleo y trámites, y nos dimos de alta como empresa. Decidimos domiciliarla provisionalmente en mi piso. Entonces él consiguió un cliente, unos que fabricaban recambios para el coche, y les hicimos el guión de un spot publicitario. Bueno, lo hizo Quico y lo firmamos los dos. Una semana después nos dejamos caer por su oficina para hacerles una presentación. La oficina estaba en un anexo de la fábrica, había que subir una escalera exterior metálica de color azul. No nos recibieron muy bien, pero nosotros íbamos a lo nuestro. Estábamos todos sentados en aquel despacho en torno a una mesa rectangular de pino mientras Quico, una vez conectado el ordenador portátil al proyector, trataba de abrir el fichero que contenía la presentación del spot, pero no había manera. Quince minutos después lo dejó por imposible y empezó a contarles el anuncio de viva voz, exagerando los gestos.
- Es más o menos así – decía -: abrimos plano. Aparece un tipo vestido como mafioso en su despacho particular. Tiene ante sí a su mayordomo, al cual dice: “Vincenzo, tráeme los libros”. El mayordomo regresa con varios librillos de papel de fumar en una bandeja, de los cuales el prota elige uno tras sopesar varios. Acto seguido procede a liarse un cigarrillo mientras suena una voz en off que dice: “Al buen fumador… le cuesta. Recambios Cuesta, a la primera ocasión”.
El director del consejo de administración se quedó un minuto entero en silencio, pensativo, mirando la mesa que tenía delante mientras los otros cuchicheaban entre sí. Después dijo:
- Lo del mafioso está un poco visto, pero serviría… si estuviéramos anunciando papel de fumar.
Aquí un consejero soltó una risita de esas que acaban en tos profunda.
- Pero anunciamos recambios de automóvil, ¿recuerda?
- Podemos – dijo Quico – cambiar el nombre de la marca. Reconozca que Cuesta no es un nombre muy comercial. A nadie le gusta algo que “cuesta”, ya me entiende…
El director le miró a los ojos.
- Cuesta – dijo -, no sólo ha sido el apellido de mi familia durante siglos, sino que además es una marca consolidada en el mercado desde mil novecientos setenta y ocho. ¿Quién se cree que es para despreciar mi apellido y pretender cambiar de golpe y porrazo el nombre de la marca?