El que pincha (7)

    - Eso lo dice porque no confía en encontrar un nombre mejor – dijo Quico.
    - Usted es un publicista. Y lo único que se le ha pedido es que haga un anuncio para la televisión.
    - Llegados a este punto me gustaría aclarar algunas cosas. En primer lugar, no soy publicista: dirijo una empresa de publicidad. Y en segundo lugar, no creo que mi trabajo aquí sea hacer un simple anuncio para la televisión, sino lanzar este producto al mercado con éxito.
    - Pero si no sabe ni el producto que está lanzando. Usted se cree muy gracioso, se cree que todo eso del mafioso y el eslogan tiene mucha gracia. Muestre a las claras el producto y las ventajas de este para el usuario o adiós campaña.
    - Pero bueno, Quico – dije -, ¿te has vuelto loco? Ahora pretendes que esta gente, que se dedica desde vete-a-saber-cuándo a fabricar recambios de coches, se pasen al negocio del papel de fumar. ¿Estás tronado?
    Mis palabras gustaron a los miembros del consejo. Quico no salía de su asombro. Me puse en pie.
    - Señores – dije -, ha habido un error. En una semana lo habremos solucionado.
    Cogí a Quico del pescuezo y nos largamos de allí. Una vez en la calle me ofreció un Marlboro.
    - Ha estado genial – decía -. A esa gente lo que le va es, por un lado que les vaciles como he hecho yo, y por otro que te muestres firme ante los errores, como has hecho tú.
    - Cierra el pico y vamos a hacer ese anuncio.
    - Tranquilo, bastará con una cosa decentita.
    Esa noche discutía con mi padre y mi hermana en el pasillo del hospital, junto a la puerta de la 1114, que ocupaba mi madre. Estaban enfadados conmigo, como siempre que estaban conmigo. Yo apenas me tenía de sueño. No había timbre para avisar a las enfermeras, sino un enorme platillo dorado junto a la puerta de cada habitación que se hacía sonar dos veces si la cosa no era grave y tres veces si lo era.
    - Comprenderás – decía mi hermana – que eso de llegar el otro día a las once de la noche, tambaleándote, y echarte a dormir en la butaca de la habitación no fue muy educado por tu parte.
    - ¿De qué tambaleo estás hablando? – dije yo.
    - Venga, pero si vomitaste en el pasillo antes de entrar.
    - Porque los hospitales me dan mal rollo.
    - Apestabas a champán, mentiroso.
    - ¿Champán? Pues mejor que esa porquería de ron que tomas tú.
    - Borracho – dijo mi padre.