El que pincha (8)

    Bien entrada la noche empezó a llegarme un profundo olor a sardinas asadas, lo cual me sorprendió porque el comedor llevaba cerrado varias horas. Decidí salir a curiosear. El pasillo apestaba, sardinas bien asadas. Un olor que me llegaba por la derecha. Avancé despacio, amortiguando las pisadas. Varios minutos después llegué a la 1109, de donde salía el olor. Asomé la nariz por la puerta y vi al fondo, junto a la ventana cerrada, un tipo con barba y pinta de indigente, sentado en el suelo, con una fiambrera en una mano. En la otra sostenía un tenedor, del que colgaba un buen pedazo de sardina. El tipo me miró.
    - Buen provecho – dije.
    Y regresé junto a mi madre. La señora Pilar, la compañera de mi madre en la 1114 dormía como una nutria pese al cortante roncar de su marido, sobre el sillón de las visitas, mal arrebujado en una manta color crema. De vez en cuando ella se tiraba un pedo que resonaba por toda la habitación y le hacía callar. Ni en sueños podía dejar a su marido expresarse más de la cuenta.
    Con dos cámaras prestadas y un ordenador gorroneado le dimos carpetazo al tema del anuncio. Quedó de lo más cutre que se pueda imaginar. Ahora el mafioso que aparecía se limitaba a decir: “Vincenzo, tráeme la máquina”. Entonces el mayordomo llegaba con el coche hasta el salón, frenaba en seco y en eso se desprendía un tornillo de una rueda delantera que era capturado en primer plano. Después aparecía junto a él un horrible logotipo de “Recambios Cuesta” que hicimos con esparadrapo y la voz en off (que grabé yo) decía lo de: “Recambios Cuesta, a la primera ocasión”. Pero a los abueletes del consejo de administración les encantó. Nos pagaron una pasta por aquella birria, nada menos que cuatro millones al contado y en el acto. Hasta nos felicitaron por escrito. Yo no entendía nada.
    Después, a Quico se le metió en la cabeza realizar “acciones creativas”, como él las llamaba. Se trataba de tareas inútiles, contra las normas, contra la lógica, contra el sentido común, sin ningún tipo de beneficio excepto el poético, incalculable según él. Acciones como cruzar la calle sólo cuando el semáforo de peatones está en rojo, hacerse el sordomudo durante una semana, bajar a comprar vestido de submarinista o sentarse a leer el periódico sobre un contenedor lleno de basura.