El que pincha (10)

    Conducía deprisa camino de la cama. Disc-jockeys incompetentes conseguían trabajo. Esos que corte tras corte acaban haciendo polvo el ritmo de la sesión. Ya ni salía por las noches, ahora las pasaba en el hospital. Volvía a casa al amanecer, reventado, nervioso por los cafés que tomaba mirando los goteros, mezclándome los fines de semana con todos los juerguistas que me creían tan borracho como ellos. Al doblar la esquina vi un bulto negro parado en mitad de la calzada y lo embestí sin remedio. Frené. Paré el coche a unos metros y volví al lugar del impacto. Había una monja despanzurrada con los ojos cerrados, el hábito negro sucio de polvo. Empezó a formarse un corrillo de madrugadores. Los miré y dije:
    - Lo siento.
    - Eh – dijo un tipo -, que aquí ninguno somos familiares de esta señora. Ni hemos visto nada, así que ahórrate el esfuerzo y lárgate.
    - Ha sido sin querer – dije yo.
    - Da igual – dijo un viejo -, váyase o le meterán en la cárcel.
    - Eso, márchese – dijo una señora.
    La monja no se movía. Era todo pellejo envuelto en tela negra.
    - ¿Quiere que le metan entre rejas y le violen todos esos criminales? – dijo el viejo.
    - No – dije -, pero…
    - Pues márchese.
    Empezaron a empujarme. Me metí en el coche y me fui a dormir.
    A las cinco y dos minutos llegaba al pedrusco que hay junto a la biblioteca. Allí estaba Quico, todo él una sonrisa, pero no parecía haber conseguido el niño.
    - Así me gusta – dijo -, puntual y sin agujeros en la ropa.
    - Y dale con eso.
    - Antes de empezar necesito agua.
    - Yo estoy en ayunas.
    Sacó un vasito de plástico, como los de la máquina de café del hospital. Se acercó a un charco que estaba formando en la acera el goteo de un cacharro de aire acondicionado. Colocó el vaso bajo las gotas hasta que estuvo lleno. La gente se le quedó mirando. Después se colocó él hasta tener el pelo empapado, además del cuello del Fred Perry. Vino con el vaso hasta mí como si fuera un tesoro. No me dio tiempo a reaccionar, se lo bebió de un trago.
    - Y ahora – dijo -, vamos a recoger el bebé de mi amiga Sara.
    Su amiga Sara tenía que estar loca para prestar su bebé de esa manera. A la ida, me tocó a mí llevar el carrito y a Quico el bebé, siempre de espaldas, mirando lo justo por encima del hombro.