El que pincha (11)

    Cuando habíamos andado un par de manzanas empezamos a oír un repiqueteo de bombo y timbales, algún platillo de cuando en cuando, procentes de una torre de ladrillo rojo. Empezó despacio, un ritmo simple pero constante, después empezó a complicarse, subiendo de intensidad hasta doblar la velocidad, convirtiéndose en un aparatoso solo de batería.
    - Estos del Corpus mira que tocan bien – dijo Quico.
    - ¿Corpus? Para el Corpus faltan casi tres meses.
    - No, hombre. Ese monje que toca la batería pertenece a la congreación Corpus Et Anima. No me digas que no es bueno.
    Tuve que darle la razón, aquel tipo convertía sus dos bombos en una ametralladora. Aquella tarde, después de llevar al pobre crío con su madre, Quico descubrió que yo tenía el carnet de camión:
    - Eh, eso es fantástico – dijo.
    - No sé qué tiene de fantástico, me lo saqué en la mili.
    - Vamos a traer Mercedes de Alemania y a venderlos aquí.
    - Un momento, ¿no somos una agencia de publicidad?
    - Eso es la tapadera, paleto.
    Empezamos a viajar a Alemania en un camión alquilado, venga kilómetros y kilómetros, y Quico el jeta venga a dormir y dormir ya que tenía que conducir yo por narices, que para eso tenía el carnet. Al principio era entretenido, después me empecé a sentir confuso con respecto a Quico. Yo pensaba que nos íbamos a dedicar a lanzar campañas publicitarias la mar de creativas y dos meses después estábamos los dos en la cabina de un camión atravesando Francia de noche, lloviendo y con un hambre de morirse. A causa del viaje, del que acabé harto, dejé de ir al hospital, lo cual cayó como una bomba en mi familia. Al volver, creía que ya lo habrían olvidado, pero todo seguía igual de mal y todos igual de cabreados conmigo, es decir, muchísimo. Una tarde llegué por sorpresa a eso de las siete y encontré la 1114 ocupada por dos nuevas pacientes. Empecé a pensar: dos camas, dos pacientes nuevas… ¿dónde está mi madre? Una enfermera que por lo visto leía el pensamiento dijo a mi espalda:
    - La han bajado esta mañana.
    Tal vez incluso leía el tarot.
    - ¿Qué significa “la han bajado”? – pregunté.
    - Abajo.
    - Si, ya. Pero, ¿a dónde?
    - A los velatorios. Los bajamos allí cuando son casos terminales.