- Aquel fulano la sujetó a la reja de la chimenea por el aro plateado de su nariz con un minúsculo candado, en el salón del chalet, de rodillas, con las manos atadas a la espalda y la cara a dos palmos del suelo. ¿Qué crees que hizo, tenerla así un rato y luego desatarla? Pues va y enciende el fuego de la chimenea, se mete a darse una ducha y mientras, la reja calentándose poco a poco hasta achicharrar las narices de su mujer. Eso sí, a la hora de pagar la operación no puso pegas.
- Dices que eras bueno. ¿Por qué te despidieron?
- Una noche ese tipo, mi jefe, dijo que yo estaba perdiendo gancho al pinchar, ¡gancho!, que el difícil arte de superponer canciones sin que nadie pare de mover el culo ya no se me daba tan bien, tal vez por lo de mi madre. Aquel sábado me pagó el mes entero y me dijo que lo sentía mucho pero que no podía descuidar el negocio.
- Seguro que te hizo gracia.
- Cogí el dinero, cogí mi chupa de cuero y salí de la discoteca. Lo de “descuidar el negocio” me había escocido. Y me seguía escociendo, como una picadura de abeja. Tenía que sacarme el aguijón. Yo le iba a enseñar a ese chulo de los cojones quién pinchaba aquí como el mejor, así que fui hasta su BMW azul metalizado y le rajé las cuatro ruedas. Me marché a casa mucho más tranquilo.
- Podías haberlo intentado en otra discoteca.
- Lo hice. Fui a muchas buscando una oportunidad, pero no tuve suerte.
- Y eso que eras el mejor de la costa.
- Por lo visto se había corrido la voz de que estaba “depre” y nadie me quería dar trabajo. Cuando me cansé de no encontrar faena de lo mío empecé a solicitar empleos que no me hacían gracia. Así te encontré.
En seis meses conseguimos juntar cuatrocientos ochenta mil euros, terminar hasta el gorro el uno del otro y conservar algo de juicio para darnos cuenta de que era el momento de la pausa. Le dije que quería mi parte en efectivo, en billetes de quinientos. Unos días después me la entregó en una bolsa de plástico. A la semana siguiente alquilamos una suite de lujo en el hotel Victoria y dimos una fiesta para celebrar nuestro exitoso negocio. Llenamos la suite con montones de comida, bebida, montones de chicas y gente ebria. Yo no recordaba lo que era salir por la noche y agarré la cogorza del año. Al día siguiente me desperté con el peor dolor de cabeza de mi vida, helado de frío. Estaba en la bañera de la suite, con el agua hasta el cuello y tenía una rubia desnuda durmiendo encima. Me quería morir. En eso apareció Quico en batín y chanclas, con una botella de champán en la mano.