- Quítamela de encima – dije -, por lo que más quieras.
Entre los dos conseguimos llevarla hasta la cama sin que se despertase.
- ¿Qué hora es? – dije.
- Las ocho de la tarde – dijo Quico.
- Una fiesta tremenda, ¿eh?
- Desde luego.
- Oye, espera, ¿eso de ahí es la bolsa de mi dinero?
- Sí. Y está vacía.
- ¿Qué dices?
- Anoche lo repartías a puñados. No parabas de pedir cosas a las chicas y por cada cosa que hacían les dabas dos billetes de quinientos.
- Un momento, ¿qué clase de cosas les pedía?
- Ah, y luego te cansaste de darles dos billetes y empezaste a darles tres, luego cinco, después de diez…
- Aún quedan unos doscientos euros.
- Menos da una piedra. Patearse doscientos cuarenta mil euros en una noche es un buen récord. Hasta pareces de mi generación. Oye, puedo hacerte un préstamo.
- Puedes irte al desierto a montar relojes de arena.
Salí a la calle y caminé un buen rato hasta la parada de metro de Quincuágine. Tomé la línea tres en dirección sur, mi ropa estaba manchada y olía a vino, a cerveza, a whisky, a tabaco. Una colegiala de uniforme azul marino me observaba de hito en hito dos asientos más adelante. Yo quería saludarla, pero al final no lo hice. Bajé en la parada de Extra Mura y caminé dando pequeños tumbos, tropezando de vez en cuando sin llegar a perder el equilibrio. Estaba aterrado. Atravesé un descampado donde unos niños jugaban a fútbol dando voces. Tuve que apretar el paso para escapar de aquel jaleo tan incómodo, tan estridente. Llegué ante una espesa tapia color ocre, la del cementerio. Decidí bordearla y entrar. Tenía diez minutos para encontrar el nicho de mi madre. Me puse a correr por en medio de las tumbas más antiguas, los monumentos, las criptas, las lápidas blancas, las negras, las de granito, las cruces, los cipreses, las viejas beatas, de pronto una reja, una puerta, la parte nueva, aquí ha de estar por fuerza, un laberinto de lápidas apiladas en cinco alturas, relucientes, con flores a medio marchitar. Más beatas. Más lápidas con nombres. Y yo corriendo como un bobo sin fijarme en ninguno de ellos. Así lo iba a encontrar. ¡Y en ocho minutos!
Doblé la esquina. Más lápidas. En brillo, en mate, con las letras en relieve, en bajorrelieve, en dorado, en plata, fotos y más fotos de los muertos, y de repente una voz, un susurro, un “¡eh!” a mis espaldas. Me giré y vi una lápida a lo lejos, justo frente a mis ojos. Cuando llegué jadeando vi que era la de mi madre.