- ¡Mamá! – dije.
Escuché cómo me reñía desde el otro lado.
- No chilles – decía.
La lápida empezó a moverse muy poco a poco hacia la derecha dejando ver la cabeza de mi madre, medio calva y despeinada.
- ¿No te da vergüenza? – dijo.
- He estado ocupado mamá – dije -. He tenido negocios que atender.
- Mira que bien. Negocios… ¿Has traído flores? ¡Tú, qué vas a traer, sino disgustos! Coge al menos esas de ahí enfrente.
- Pero, eso es robar.
- Aquí no importa.
- Están un poco mustias.
- Mejor para limpiar.
- ¿Limpiar? ¿el qué?
- El nicho. No sabes la de polvo que hay aquí dentro. Y bichos.
- ¿Lo limpias con flores?
- Pues claro, es para lo único que sirven aquí. ¿Qué tal tus negocios ruinosos?
- No me ha ido mal. He ganado doscientos cuarenta mil euros en cuatro meses.
Mi madre se giró y sacó una mano.
- ¿En serio? – dijo.
- Sí, mamá, pero tranquilízate.
Me acarició la barbilla, toda sonriente.
- Mi hijo – decía -. Mi triunfador.
- No es para tanto – dije -. Espero ganar más.
- ¿Más?
- Sí, porque ya me lo he gastado.
- ¿Cómo dices? ¿que te has gastado doscientos cuarenta mil…?
- Sí, en una noche. Estoy un poco deprimido al respecto.
Me soltó un bofetón.
- Piltrafa – dijo.
- No hace falta que me insultes – dije -, ya me siento bastante frustrado.
- ¡Indeseable!
- Y para colmo ni siquiera recuerdo si me divertí en la fiesta.
- ¡Vagabundo! ¡chorizo! ¡escroto!
- Aún me quedan doscientos euros.
- ¡Pestuza!
- Mamá tengo que irme, van a cerrar el cementerio. Pero te prometo que volveré.
Todavía chillaba cuando giré la esquina.
- ¡Hijastro! – decía.
Eché a correr a oscuras por aquel bosque de lápidas. Ya no escuchaba gritar a mi madre, pero sus palabras seguían redoblando en mi cabeza. No había forma de encontrar la salida. La tapia, imposible de saltar. Seguí corriendo, derrapando en la gravilla, cubriéndome de polvo y más polvo. Caí, sangré por las manos, continué, doblé otra esquina y venga lápidas y más lápidas de las que ya no distinguía el color, sólo el brillo. Otra vez a la carrera. Empecé a cansarme, a desfallecer. Tropecé con un bordillo. Mordí la arena. Se coló por mi nariz, por mis ojos. Me quedé quieto. Un regusto a tierra en la boca. Mi cabeza quería seguir, mi cuerpo había capitulado. Respiré hondo y me resigné. Me dejé atrapar por la oscuridad del cementerio. La eterna oscuridad de los cementerios. Una noche más charlando con mi madre.
FIN de “El que pincha”