Hace poco más de un año yo me tenía por un buen negociante. El caso es que mi hermana Layna no parecía pensar igual, y tampoco Lex, lo que me empujaba constantemente a demostrárselo. En aquel momento los tres estábamos en Cancún, en medio de una playa fantástica. Rodeados de turistas gringos ebrios, pero, ¿qué importaba? El viaje y los diez días de hotel nos salían gratis. Habíamos ganado un concurso. Bueno, mi amigo Lex había ganado un concurso y había querido llevarnos a Layna y a mí con él para que aquello no fuera tan soso. Y no lo fue. Tomamos el sol, bebimos cerveza, bebimos tequila. Lex se entretuvo buceando. Una tarde, Layna y yo estábamos sobre la arena comiendo duraznos – que es como llaman en México a los melocotones, aunque son un poco más pequeños –, cuando apareció Lex, recién salido del agua en compañía de aquel pulpo rojizo que había atrapado sin pensarlo dos veces. Era enorme. Cuando estaba más o menos a un metro de nosotros, aquel bicho escupió un breve chorro de tinta. Nos entró tal risa que no podíamos hablar. El pulpo siguió escupiendo unas cuantas veces más al ritmo de las carcajadas.
A la mañana siguiente, Lex y yo nos vestimos para jugar al tenis y nos colamos en el complejo deportivo Crepuscular, de altísimo stand. Lo hicimos bien, en ningún momento llamamos la atención. Curioseábamos por allí cuando él decidió hacer un alto en el aseo de caballeros y yo visitar las instalaciones del gimnasio. Al pasar junto a la puerta de la sauna, esta se abrió y una cabeza medio cubierta de pelo blanco que parecía la de un cónsul romano se asomó al pasillo. El tipo me saluda en mi idioma y empieza a contarme no sé qué de una vieja promesa que le había hecho a su esposa un montón de años atrás: la de llevarla a ver el Taj Mahal. Aquel perfecto desconocido se puso a charlar conmigo con una naturalidad apabullante, y esto es raro en un paisano. Empezó a llegarme de la sauna entreabierta un calor asfixiante. Se hacía duro de soportar, me cocía por momentos. Me mareé un poco, pero aguanté. Aguanté la charla del viejo por educación, supongo. Nos tiramos un buen rato allí, yo de pie y él sacando la cabeza por la puerta de la sauna sin parar de contar cosas con toda confianza.