- Cierto, señor Hermitz – era la voz de Ziro -, sentimos un gran respeto por sus innovadoras tesis. Bol, ¿le importa si le tuteo?
- Preferiría – dijo Hermitz con voz tensa – que siguiéramos como hasta ahora.
- Como guste. En cuanto a …
- Me temo que me confunde con mi padre. Mi nombre es Lalo.
- Oh, no sabe cuánto lo siento – dijo Ziro -. Pero al menos ha servido para dar con un tema importante. Hábleme de su progenitor.
La voz tensa de Lalo Hermitz volvió a escucharse en el despacho:
- La secta de los Toharios se conoce por lo menos desde el siglo cuarto antes de Cristo. Numerosas referencias aparecen a lo largo de la Historia del Occidente cristiano, solo que nunca se los menciona como tal. Los Toharios son muy astutos y siempre se las han arreglado para que pareciera que sus móviles eran los clásicos: el dinero, el poder. Así pues, redescubrir su existencia a principios del siglo veintiuno se asemeja al descubrimiento de los pigmeos, aunque en este caso nos enfrentamos a una raza de humanos mucho más desarrollada que la que conocemos.
- Interesante – dijo Ziro -. Pero lo que me interesa tiene más que ver con el álgebra, ya sabe.
- Desde luego, álgebra. Veamos: en un principio había puntos, puntos en el espacio. Entonces, una serie de puntos consiguieron mantenerse equidistantes de un centro y nació la circunferencia; la circunferencia se levantó, giró alrededor de una recta fija de su plano y nació el toro; por último, el toro se alzó, giró sobre su eje vertical, y nació la esfera hueca con burbuja en el centro tal y como la conocemos hoy. Pero, ¿qué había dentro de la burbuja? Nada. No aire, sino la NADA. Aunque esto, claro, es geometría.
En eso Ziro estalló con una voz a lo Groucho:
- ¡Ajá! Conque le disgusta disgustarme, ¿eh?
Se trabó la lengua de lo cabreado que estaba porque Hermitz no soltaba prenda coherente. Tuve que reprimir una carcajada nada comercial. Antes de llegar al chalet había telefoneado al móvil de mi amigo Lex, proponiéndoles fichar por KREGG. Se estuvo carcajeando durante medio minuto. Me costó un buen rato que me tomara en serio, pero al final le expliqué mi oferta y quedó en llamarme tras consultarlo con Roff. Pensaba en esto mientras Ziro detenía la grabación, lo que significaba que nos trasladábamos al salón contiguo. Una vez allí conectó el televisor. Estaba de un humor pésimo y a mí me dolía la cabeza.