No tan complicado (13)

    - Cierto, señor Hermitz – era la voz de Ziro -, sentimos un gran respeto por sus innovadoras tesis. Bol, ¿le importa si le tuteo?
    - Preferiría – dijo Hermitz con voz tensa – que siguiéramos como hasta ahora.
    - Como guste. En cuanto a …
    - Me temo que me confunde con mi padre. Mi nombre es Lalo.
    - Oh, no sabe cuánto lo siento – dijo Ziro -. Pero al menos ha servido para dar con un tema importante. Hábleme de su progenitor.
    La voz tensa de Lalo Hermitz volvió a escucharse en el despacho:
    - La secta de los Toharios se conoce por lo menos desde el siglo cuarto antes de Cristo. Numerosas referencias aparecen a lo largo de la Historia del Occidente cristiano, solo que nunca se los menciona como tal. Los Toharios son muy astutos y siempre se las han arreglado para que pareciera que sus móviles eran los clásicos: el dinero, el poder. Así pues, redescubrir su existencia a principios del siglo veintiuno se asemeja al descubrimiento de los pigmeos, aunque en este caso nos enfrentamos a una raza de humanos mucho más desarrollada que la que conocemos.
    - Interesante – dijo Ziro -. Pero lo que me interesa tiene más que ver con el álgebra, ya sabe.
    - Desde luego, álgebra. Veamos: en un principio había puntos, puntos en el espacio. Entonces, una serie de puntos consiguieron mantenerse equidistantes de un centro y nació la circunferencia; la circunferencia se levantó, giró alrededor de una recta fija de su plano y nació el toro; por último, el toro se alzó, giró sobre su eje vertical, y nació la esfera hueca con burbuja en el centro tal y como la conocemos hoy. Pero, ¿qué había dentro de la burbuja? Nada. No aire, sino la NADA. Aunque esto, claro, es geometría.
    En eso Ziro estalló con una voz a lo Groucho:
    - ¡Ajá! Conque le disgusta disgustarme, ¿eh?
    Se trabó la lengua de lo cabreado que estaba porque Hermitz no soltaba prenda coherente. Tuve que reprimir una carcajada nada comercial. Antes de llegar al chalet había telefoneado al móvil de mi amigo Lex, proponiéndoles fichar por KREGG. Se estuvo carcajeando durante medio minuto. Me costó un buen rato que me tomara en serio, pero al final le expliqué mi oferta y quedó en llamarme tras consultarlo con Roff. Pensaba en esto mientras Ziro detenía la grabación, lo que significaba que nos trasladábamos al salón contiguo. Una vez allí conectó el televisor. Estaba de un humor pésimo y a mí me dolía la cabeza.

No tan complicado (12)

    Me arrellané en mi sillón. Bueno, un sillón de Ziro. Evité mirarle durante unos instantes rematando el vaso de whisky, vacío y dos veces rematado. Tras una larga pausa dijo:
    - Lo que podemos hacer es firmarles un pre-contrato antes de que dejen WGH. Eso me parece mejor que esperar hasta que finalice su contrato y vernos en medio de la tensión que se producirá después. Prefiero evitar todo eso.
    - Exacto – dije -, ¿para qué esperar? Les haremos una oferta tentadora. Control total sobre el producto final. Un porcentaje sobre los beneficios del cuarenta por ciento.
    - Ni lo sueñes – dijo despacio.
    - Solo es una oferta. El contrato dejará el mango de la sartén en nuestras manos.
    - Mantén los problemas a cero y todo irá bien. ¿Tienen algún tipo de pasado oscuro? Con la prensa vale más no ir de ingenuo. Lo que más les gusta de un grupo con mala reputación es su mala reputación.
    - No te arrepentirás de ficharlos. Aunque insisto: no van a ser Elvis ni los Beatles.
    - Quién sabe – soltó con un deje irónico.
    A continuación cambió el tercio totalmente. Se puso a hablarme de uno de los temas que más le interesaban: la relación existente entre el lenguaje matemático moderno y el de los jeroglíficos del antiguo Egipto, motivo por el cual había mandado secuestrar a un prestigioso egiptólogo de nombre Hermitz. Antes de marcharme a casa, bien entrada la noche, vacié los bajos del todoterreno dejando todo el material en el garage de Ziro. A él no parecía importarle, aunque me miró como si fuera un plato de macarrones. Le dije que no quería aquello para nada. Entonces me soltó lo del juicio. Una señora había demandado a Ziro por asesinato y yo tenía que testificar a favor de su buena reputación, confirmando que en el momento del crimen él estaba en Cancún. Pero lo peor no era eso, sino lo de Hermitz. Me había sentado como si me atravesaran con una lanza. Había ido a secuestrar nada menos que al padre de una de las mejores amigas de Layna. Estudiaron juntas en la Universidad y seguían viéndose de vez en cuando. Tenía que ser un error. Pero esa misma noche, el telediario informaba de la desaparición de Hermitz.
    A la noche siguiente volví a su residencia de las afueras. Me hizo pasar a su despacho, presidido por un centelleante Van Gogh auténtico. Arrellanado en su butaca, escrutaba mi mirada desde el otro lado de la mesa mientras me ponía una grabación del interrogatorio de Hermitz.

No tan complicado (11)

    Me levanté a por agua mientras Ziro saboreaba pensativo su whisky.
    - ¿Y qué? – dijo -. Grupos como Da Wehl representan el futuro de un sello como KREGG. Y no esos raperos de pega.
    - A KREGG le quedan diez minutos a menos que demos con un éxito de verdad. Extreep han dejado atrás el rap. Ahora están consiguiendo la fusión más innovadora de los últimos tiempos dentro del metal.
    Dejó el vaso encima de la mesa.
    - Si eso fuera cierto – dijo -, yo lo sabría.
    - Es cuestión de sintonizar bien las antenas. Ahí está el problema de KREGG. Todos tus comerciales entienden tanto de música como de botijos. Es decir, nada. Pero tampoco se ocupan de informarse. Yo sí lo he hecho.
    Sonrió. Una sonrisa amable y peligrosa. De todas formas, yo tenía suerte. Le caía bien. Juro que no sé por qué, pero le caía bien. No hay nada más importante en el mundo que caer bien.
    - Ziro – dije -, esos van a arrasar.
    - Tsch, hoy en día la cosa está muy revuelta.
    - Las canciones nuevas son mucho mejores. Las he escuchado.
    - Da igual si son buenas. Tienen que vender.
    Quedamos un rato en silencio. De vez en cuando bebíamos. Lo último que yo quería hacer con un tipo así era presionarle, mostrarme ansioso. Nadie niega que se podía razonar con él, aunque a veces era muy testarudo, y me costaba olvidar que había llegado allí sentado, sin ser consciente, sobre un montón de kilos de droga. Pero en cualquier caso pagaba muy bien.
    - Elvis era una estrella – dijo -. También los Beatles y Tom Jones. Pero a él le di la mano una vez, en Las Vegas. Yo sólo tenía veintisiete años y él empezaba a estar un poco perdido. Pero podías notar que estabas ante alguien diferente, un verdadero artista dentro y fuera del escenario. Ya no hay estrellas. Puede que aguanten unos años, después no saben dónde tienen la mano derecha. Los medios de comunicación los trituran.
    - Ziro, estoy de acuerdo contigo. No busques al nuevo Elvis en esos dos tipos.
    - La mayoría no tienen ningún talento, pero les gustan los coches, los hoteles, las chicas, y eso les hace sacar algo de coraje para intentarlo durante unos años antes de abandonar. Creen que no tendrán que dar un palo al agua, que todo consiste en que la casa de discos invierta más y más dinero para hacerles famosos. No sé si volveremos a presenciar un fenómeno como aquellos nunca más.
    - Extreep están en un buen momento. No podemos dejar pasar esta ocasión.

No tan complicado (10)

    Aparqué el todoterreno rojo en el garage, junto a su Ferrari. Una vez arriba, en el salón, paladeando un escocés de quince años, nos pusimos a contar anécdotas del pasado. Por supuesto, era él quien las contaba. A mi edad los recuerdos no pueden competir en cantidad ni en calidad. Los suyos sí que eran para hacer una película. O para meterlo en la cárcel, pero al cabo de dos horas de intentar meter baza estaba más que ansioso por hablarle de Extreep.
    - Puedes hacer uso de la mitad del material – dijo.
    - ¿Qué material?
    Se puso a mirar alrededor como si aquello fuera un juego. Dejé ir una risa algo forzada.
    - El coche que has dejado en el garage – dijo -. Los bajos del todoterreno van llenos de bolsas de la más pura. Lo cual, de paso, le da estabilidad en las curvas.
    Ahora entendía lo del taller. Así que había transportado qué sé yo cuántos kilos de cocaína sin saberlo.
    - Tenemos que fichar a Extreep – dije.
    - Ni lo sueñes. De esos ya tengo bastantes.
    Se levantó. Deambuló por el salón buscando algo. Al final desistió, fue hasta una pila de CDs, cogió uno y me miró:
    - Escucha esto.
    - ¿De qué se trata? – dije.
    Ziro sonrió.
    - Tú escucha – dijo.
    Le dio volumen extra al amplificador y se retiró a la habitación contigua a hablar por el móvil. Empezó a sonar Da Wehl, un potentísimo cuarteto de death-metal que Ziro quería fichar para KREGG. Atronador. Sub-graves distorsionados golpeando el pecho, la batería parecía una tormenta de metralla, venga platillos por todas partes. Y en la cima de todo aquello, los lamentos de un jabalí a punto de despellejar. ¡Vaya grupo! Yo no podía entender que algo así vendiera, pero seguro que llenaban estadios. Tras hablar por el móvil, Ziro regresó al salón y me pilló con el segundo whisky, mientras seguía sonando Da Wehl. Bajó un poco el volumen y me preguntó qué me había parecido.
    - Genial – dije -, pero grupos como ese hay todos los que quieras.
    - Explícate.
    - Que le das una patada a un cubo de basura y salen catorce. Lo que tocan es muy aburrido. Extreep saben hacer discos. Y saben hacer discos porque saben hacer canciones.
    - Parece que íbais al mismo colegio.
    Dejé ir otra carcajada comercial.
    - Nada de eso – dije -, pero me he estado informando. Hace dos años no tenían un euro. Tenían que elegir entre comer o fumar. Aún no se llamaban Extreep cuando aquella canción cayó en manos de un productor que decidió convertirla en su primer éxito.

No tan complicado (9)

    No me esperaba aquel silencio. Ni tampoco que me hubiesen dejado acabar sin interrumpir acaloradamente. Pensaba que me taparían la boca a la primera palabras amenazante que escuchasen. Lo que demostraba que no tenían sangre de raperos.
    - Todas esas ofertas – añadí -, suponiendo que las tengáis, son intentos de explotar lo que parece un filón. Ni qué decir tiene que se sentirán muy frustrados cuando comprueben que no es ningún filón, que se han equivocado. Yo os digo: haced los cambios oportunos y os conseguiré un contrato inmejorable para KREGG.
    - Y yo te digo que también te conozco, Candôme – dijo Lex -. Sé que todo ese rollo tiene por objetivo escuchar las nuevas canciones.
    - No, no quiero escucharlas. He visto lo bastante para saber que vais por el camino equivocado. Necesitáis un batería. Y más guitarras. Lex, haz el favor de meter guitarras como tú sabes en esa grabación.
    Layna y yo salimos de allí como a las tres. Desde luego, aquella vida era mejor que estar en el Mar del Norte, a bordo de una plataforma petrolífera. Tenía mi plan. Me enseñaron que para triunfar hace falta un plan. Había un profesor en la facultad que siempre nos decía:
    - ¿Os iríais de vacaciones sin un plan? ¿verdad que no?
    Y yo pensaba: “está loco; yo sí aceptaría unas vacaciones no planificadas”. De hecho acepté ir a México con Layna y mi amigo Lex. Tomé la decisión en menos de medio minuto. Y fue la leche. Pero había cambiado de opinión sobre algunas cuestiones de la vida y estaba empeñado en sentar la cabeza por miedo a ser siempre un vagabundo. Así que ahora hacía planes. Y los llevaba a cabo. Quién sabe, a lo mejor los vagabundos también hacen planes. El mío era fichar a Extreep para el sello KREGG, propiedad de Ziro Tolex. Ellos recibían a diario ofertas por el móvil, ofertas desmesuradas, pero no sólo podíamos superar esas ofertas sino que además teníamos algo que añadir, un plus. Podíamos garantizarles control absoluto sobre el producto final. Si luego lo iban a tener o no, era una cuestión que resolveríamos en su momento. Pensaba en esto la noche siguiente, mientras me dirigía al chaletazo de Ziro Tolex en las afueras. En esto y en la cara del tipo que me recibió en el taller, la cicatriz de su mejilla, su mirada impertérrita. Ziro me había recomendado un taller para el todoterreno en el que no me cobrarían nada.

No tan complicado (8)

    - El contrato que firmamos es pura basura – dijo Roff -. Montones de obligaciones a cambio de un beneficio ridículo.
    - Al menos en eso – dije – os parecéis a los Beatles.
    Era julio. Layna y yo habíamos olvidado esa noche parar en la gasolinera a comprar bebidas, pero seguro que había una forma de que nos trajeran algo refrescante. Allí dentro no se estaba mal gracias a un cacharro de aire acondicionado bastante viejo, que desconectaban para grabar porque decían que el ruido de la máquina se colaba en la grabación. En ese momento estaba desconectado. Roff continuó:
    - Así que en cuanto termine el contrato exigiremos una parte del pastel mucho mayor. Y si no tragan, cambiaremos de aires.
    - ¿Tenéis ofertas de otras compañías o productoras? – dije.
    - Te sorprenderías – dijo Lex.
    - Ya es suficiente – dijo Roff -. Recuerda que tenemos que llevar esto con discreción.
    - Parece que os cotizáis – dije -. Mi enhorabuena, Extreep, brindo por vosotros.
    - Eso me recuerda – dijo Lex – que no os hemos ofrecido nada de beber.
    - Pero no creáis que me he tragado todo ese farol. En realidad no me ha pasado de aquí – dije tocándome la nuez.
    - Explícate – dijo Lex.
    - Primero las bebidas.
    Se marchó pasillo adentro en su busca. Nada de alcohol para mí, pero sí un refresco atiborrado de hielo. Cayeron unas gotas en el sofá azul marino gastado. ¿Desteñiría?
    - Toda esa historieta de vuestro éxito – dije – ha estado bien. Bueno, no tan bien. En realidad huele tan mal como vuestro contrato con WGH. No tengo quince años. Y concretamente a ti, Lex, te conozco desde esa edad. Pájaros en la cabeza, nada más. Sois como todos los músicos, como todos los artistas. Tenéis un par de éxitos y ya os creéis que eso es el éxito con mayúsculas, pero no sabéis por dónde vienen los tiros. Cuestión de suerte. De otra forma no me lo explico, con ese rap tan pasado de moda que os empeñáis en practicar, que no va con vosotros aunque hayáis tenido suerte. ¿Os suena eso de que lo difícil no es tanto llegar como mantenerse? Pues si queréis durar, tendréis que hacer algunos cambios. De lo contrario, el año que viene seguiré viniendo aquí a visitaros, pero ya no será un escondite bohemio para grabar. Será vuestra vivienda, porque no tendréis dónde caeros muertos. Corregir o morir. Es hora de cambiar.

No tan complicado (7)

    Layna y yo nos dirigíamos en un todoterreno rojo, cortesía de Ziro, al lugar donde ensayaban Extreep, un dúo de tecno gangsta formado por mi amigo Lex y un tal Roff. Sólo nosotros sabíamos dónde ensayaban… y vivían. Siempre íbamos de noche. Tomábamos nuestras precauciones, como no trazar el mismo itinerario dos veces seguidas, asegurarnos de que nadie nos seguía y cosas así. Aquella noche, al salir de la ciudad en dirección sur recorrimos cinco o seis kilómetros. Entonces nos desviamos a la izquierda. Después, un poco más adelante, a la derecha. Ocho desvíos en total. Luego venía un tramo con curvas muy cerradas. Después de la tercera curva doblábamos a la derecha, por un camino polvoriento que después de otro montón de curvas nos llevaba hasta una casa de campo destartalada, medio escondida entre unos árboles. Un mes antes no daba un euro por mi vida. Roff era un alemán alto, robusto, de perilla muy cuidada. Gorra negra hasta para dormir, con las iniciales NIИ. Lex y él habían puesto en marcha la antigua instalación eléctrica de la casa, y aquello les servía a la vez de refugio y de lugar donde ensayar. Nos prohibieron decir a nadie que estaban allí. No querían gente merodeando, como ellos decían. Tenían una consola de grabación de veinticuatro pistas, una grabadora y un ordenador. Con todo ello esperaban dar forma a sus nuevas canciones.
    - ¿Podemos escuchar esta noche lo que habéis grabado? – dije nada más llegar.
    - Luego – dijo Roff.
    - Llevas dos días diciendo eso. Da igual si no está terminado, tengo curiosidad.
    - Luego.
    - Estamos aprendiendo a hablar rápido – dijo Lex -. Ya sabes, para cantar esas parrafadas de rap, hip-hop y ragamuffin’.
    - ¿Y qué método seguís? – dijo Layna.
    - Ejercicios de lectura rápida cronometrada – dijo Lex -. Hacemos uno que consiste en aprender frases largas, sílaba por sílaba, y recitarlas primero a una velocidad muy baja para ir luego aumentándola hasta conseguir decirla, sin errores, a doscientos golpes por minuto.
    Estábamos sentamos en aquel sofá gigante de color azul gastado y yo me preguntaba cómo narices se las habían arreglado para meterlo por la puerta. Tenía que ser desmontable.
    - ¿Por qué tanto misterio con las nuevas canciones? – dije.
    - Porque valen dinero – dijo Lex.
    - Mucho dinero – dijo Roff -. Dentro un mes finaliza nuestro contrato con WGH, la discográfica. Cuando nos ficharon, claro está, no se imaginaban el éxito que íbamos a tener.
    - Ni nosotros – dijo Lex.

No tan complicado (6)

    Aquel flequillo. Una noche, mientras echaba a un camorrista, este le sacudió un directo justo encima de la oreja y se lo descolocó. Ahí fue cuando los presentes nos enteramos de que era un bisoñé, pero hicimos como que no habíamos visto nada. Salí del café. Fui en metro hasta el barrio gótico. Nada que hacer, excepto andar por aquellas calles hasta la noche. Me puse a ojear la cartera y encontré varios números de teléfono, pero ninguno que me apeteciese marcar. Entonces vi la tarjeta de Ziro Tolex. La pieza que faltaba. Un billete de vuelta al mundo real. Volví a meterla en la cartera. Estaba cogiendo una peligrosa costumbre, la de aplazarlo todo, dejarlo todo para luego o para nunca. Una pareja de ancianos pasó por mi lado. El hombre le decía a la mujer: “no le des más vueltas, no es tan complicado”. Eso mismo había dicho Ziro en el bungalow de Jenaine, allá en México, mientras yo estaba escondido detrás del sofá. Después de cinco meses, acordarme de él dos veces en menos de un minuto era demasiada casualidad. Un buen augurio, como diría él. No creo en augurios, pero busqué una cabina, después de echar mano al bolsillo y recordar que había perdido el móvil. Conseguí hablar con Ziro. Me recordaba, repitió la invitación. Concertamos una cita que terminó en contrato. Ahora sólo tenía que limpiar mi imagen.
    Se terminó la siesta en el café rojo. Incluso el café rojo. Ahora sólo salía en fin de semana, y no siempre, a tomar unas cuantas en el café color azul. Había perdido peso. Ziro lo notó, pero le aseguré que no era nada. Seguí una dieta rica en proteínas. Compré un par de trajes, otro par de pares de zapatos, me corté el pelo. Mi primer trabajo para Ziro consistía en dinamizar KREGG, un sello discográfico especializado en heavy-metal estándar, cuyas ventas estaban a un nivel bastante penoso. Yo no entendía por qué se empeñaba en mantener aquel sello. Le faltaba una temporada, quizás menos, para dar saldo negativo. Hubiera sido mejor cerrarlo, pero por alguna razón seguía invirtiendo en aquel sello que yo tenía que dinamizar aunque no lo tuviera nada claro. Después de darle algunas vueltas decidí arriesgarme, dar un golpe de efecto. Ziro no se iba a arrepentir de haberme contratado.

No tan complicado (5)

    A Wiry también le gustaba el blues, pese a no tener ni remota idea, y desde entonces me dejó echar la siesta en su garito. Cosa fundamental por dos motivos. Uno: sin siesta, no soy persona; y dos: en mi piso había un par de elementos que se las arreglaban para no dejarme dormir, y eran el escaso grosor de los tabiques y el volumen insoportable del televisor de la vecina. Así que lo hacía en el café, mientras Wiry barría y ponía de fondo a Lightnin’ Hopkins antes de abrir. Era fácil descansar en el café de color rojo fuego. Nunca abría hasta pasadas las ocho de la tarde, con lo que yo disponía de un montón de preciosas horas para dormir. Me tumbaba en aquellos enormes sofás de skay, casi siempre en el del recodo al fondo a mano izquierda. La vida se me venía encima todos esos días. Yo no encajaba. Eso creía, al menos. Tampoco quería encajar ni que los demás encajaran en mi manera de ver las cosas. Además, ¿para qué cambiar? Yo sólo quería que me dejasen en paz. Pero echaba de menos una conversación interesante, de tipo económico, de tipo erótico, o del tipo que fuera.
    Si Wiry supiera algo de blues hubiéramos mantenido buenas conversaciones. Pero sólo hablaba de tequila, y mientras hablaba no podía evitar servirse otro vaso. Yo le acompañaba de buen grado, era mi peor época. No sólo echaba de menos una buena conversación, sino que me costaba tener paciencia con mi peor época. Aprendí a aguantar. Ni siquiera eso: me acostumbré a aguantar, pero no lo aprendí porque nunca lo acepté sino a regañadientes. ¿Por qué lo hacía? Porque tenía una vaga sensación de que las cosas mejorarían. Por eso. Una muy vaga sensación, pero suficiente. Me salvó de echarme a perder por completo. Entre trago y trago di con algo que podía devolverme la ilusión por seguir vivo. Algo que podía regresarme la salud, la vida. Tenía que lograr un triunfo como los de antes para demostrarme a mí mismo, y de paso a Layna, que seguía siendo el de siempre, que había salido del bache. Tenía que volver a los negocios, cerrar un trato de los buenos. Pero no sabía por dónde empezar.
    Una de esas tardes, mientras echaba la siesta en el café de Wiry, me desperté y vi junto al sofá de skay su mueca de presidiario familiar con flequillo a la izquierda. Me incorporé.
    - Salte un momento – dijo -. Ha venido la inspección.

No tan complicado (4)

    Al llegar a casa me enteré de que me habían despedido. Una reestructuración en la plantilla de comerciales. Mis compañeros no jugaron limpio, y yo tampoco, así que no podía quejarme. Pero lo hice. Si no das voces y pataleas un poco en una situación así, tus enemigos piensan que te vas deprimido, hecho polvo. Lo cual era mi caso. Cinco meses después de lo de México había perdido todo respeto por mí mismo. Recorría los bares como un vagabundo en busca del último trago, el que tumba. A veces, incluso, dormía en los bares. Mi hermana Layna se las veía y se las deseaba para animarme, un día sí, otro también. Parecía que iba a tener que darle la razón, a lo mejor no era tan buen negociante. Hasta que encontré algo donde agarrarme para salir a la superficie. Pero hubo de pasar mucho tiempo hasta que eso sucediera. Mucho, mucho tiempo, días y meses interminables y estúpidos. Solía pasar la noche entera en la calle, justo en la que había a unos cuarenta metros escasos de la puerta de mi casa.
    En esa calle había dos cafés, uno casi enfrente del otro, que pertenecían al mismo dueño. El más grande estaba pintado en tonos azules y el pequeño de color rojo. El azul siempre estaba atiborrado de gente, de griterío, empujones, vasos que caían al suelo, gente que resbalaba y te pedía perdón por haberse apoyado en ti de la peor manera. En cambio en el café rojo nunca había más de siete personas. El dueño se llamaba Wiry Teska y era un gran aficionado al tequila. Atendía la barra del pequeño café rojo. De vez en cuando hacía una escapada para vigilar el garito azul. Hicimos amistad una noche pasada por alcohol gracias a un disco de Elmore James. Un cliente le preguntó el nombre de la canción que estaba sonando y Wiry, tras consultar la funda del CD, dijo:
    - Se llama Standing At The Crossroads.
    Al empezar la siguiente canción, el cliente dijo:
    - ¿Otra vez la misma?
    Y yo dije:
    - No. Esta es Blues Before Sunrise.
    Lo cierto es que tienen un comienzo casi idéntico. Se giraron para mirarme. Aproveché para dar un sorbo a mi cerveza. Después entablé conversación para que no pensaran que era un listillo antipático. Yo no había vivido mucho ni muy deprisa, pero era capaz de distinguir ambas canciones gracias a un par de amigos de adolescencia locos por el blues.