No tan complicado (16)

    Se mudó a mi piso una tal Io Palx, amiga de Layna. Yo no era un pardillo, pero tampoco había visto nunca una mujer tan guapa, tan de cerca, tanto tiempo. Mi hermana me rogó encarecidamente que la acogiéramos, dijo que lo estaba pasando mal porque acababa de dejarlo con su novio. Para mí, su madre la había echado de casa por algo relacionado con drogas o malas compañías. Le advertí, en presencia de mi hermana, que si traicionaba mi confianza no me quedaría quieto. Aún así me desaparecieron cosas. Un cuchillo, varios platos, una toalla, el tapón de la bañera. No sé qué haría con aquello.
    - ¿De dónde eres, Io? – le pregunté una vez.
    - Soy argentuina – respondió.
    - Dirás argentina.
    - No, no, argentuina. Unos son massai, yo soy argentuina.
    - O sea, que tu madre era argentina y tu padre beduino.
    - No, no. Mi madre es argentina y mi padre babuino.
    - Y, ¿de qué país son esos?
    - Son monos. El babuino es un mono procedente de África.
    - Quieres decir que tu padre es un mono.
    - Sí, sí, así es. Por supuesto, yo fui generada in vitro.
    - Pues por la forma en que hablas de él parecía una persona.
    - Porque no es mi padre biológico, sino mi padre putativo. Mi madre no encontraba el momento para decírselo. O sea, que tuve que decírselo yo. Fue muy duro. Imagina que tienes que decirle a tu padrastro que eres hija de un mono del animalario de la facultad de Medicina que lleva por nombre Urko.
    - De todas formas, es imposible. No tendrías un cerebro normal.
    - Ah, ah, ah. Los monos tienen un cerebro la mar de normal. Sólo que de mono.
    - Me refiero a que no podrías actuar como humana.
    - Claro, claro. No puedo hacerlo al cien por cien. Conozco mis limitaciones. He tenido que renunciar a muchas cosas por tener un cerebro simple.
    - ¿Como qué?
    - Como… como estudiar una carrera. O serle fiel a un hombre. Pero me las arreglo bastante bien.
    Una tarde vino con un jovenzuelo psicótico que había conocido, llamado Bërdy. Decía que era escritor. En cambio sí era un niñato juguetón, con voz atiplada y uñas negras. Apenas me dirigía la palabra, pero con Io siempre estaba charla que te charla sobre temas esotéricos.

No tan complicado (15)

    Giré la cabeza y vi ante mis narices un revólver plateado que me ofrecía por la culata. Llevaba una inscripción en la base: “In Ictv Ocvli”. Ziro dijo:
    - Si encuentras a alguien con un arma como esta, mátalo.
    - ¿Por qué?
    - Porque él intentará hacer lo mismo contigo.
    Repetí como un tonto:
    - ¿Por qué?
    - Porque sólo uno de los dos puede trabajar para mí – dijo -, lo que significa que el otro sabe demasiado y tiene que desaparecer. ¿Lo captas?
    - Desde luego – dije.
    - Toma esto también.
    - ¿Qué es?
    - Diazepam. Por si la hija se pone pesadita.
    Me marché de allí intrigado con lo del diazepam. La hija de Hermitz amiga de Layna vivía en Bruselas. Y yo jamás la había visto. En el juicio estaba demasiado aturdido como para pensar. No había dormido bien y todo aquello me fastidiaba. Sólo pensaba en terminar, salir de allí. Estaba harto de preguntas, de suposiciones, de los argumentos manipuladores del fiscal, de las caras de la juez… Quería irme a dormir. Y ellos querían saber cuál era mi relación con Ziro. Les dije que trabajaba para él. Que le había conocido en Cancún, precisamente en el momento de producirse los hechos.
    - Le confirmo, señor fiscal – dije -, que en las fechas de las que me habla me encontraba en Cancún y conversé con el señor Tolex en dos ocasiones.
    Dije aquello en medio de un murmullo de confusión. Algo les sonó raro. Era la pura verdad. Pero el fiscal, aunque no dudaba que yo trabajaba para Ziro, buscaba la manera de demostrar delito en mis actividades. Consideraba mi puesto en el sello discográfico como una tapadera. Pensé que me confundían con otro. Recordaba lo que había transportado, sin saberlo, en los bajos del todoterreno. En el secuestro de Hermitz. En el revólver plateado. Ellos no podían saber eso. Así que me mantuve en mis trece.
    - Por lo que a mí respecta – dije -, el señor Tolex es una persona intachable.
    Esto se escuchó en toda la sala, ahora sí, la atención era perfecta. No siguió ningún murmullo. Se quedaron callados. Nos miramos unos segundos. La juez se frotó la nariz.
    - Responda a la pregunta del señor fiscal – ordenó.
    Y me quedé esperando a que el fiscal hiciera su pregunta, otra vez en silencio, mirándonos como tontos. El silencio permanecía incomodando, como un montón de humo que no tiene por dónde salir. Una situación absurda, yo esperando que preguntaran, ellos esperando que respondiera. Hasta que dije:
    - ¿Hemos terminado?
    Esto inundó de carcajadas la sala. Comprendí que la pregunta ya había sido hecha y me tocaba responder. Pero estaba tan cansado que no había oído la pregunta. Me la tuvieron que repetir. Ni siquiera la recuerdo ahora.

No tan complicado (14)

    En las noticias de las nueve salió lo del juicio, que comenzaba al día siguiente. A los periodistas no se les ocurrió otra brillante idea que entrevistar a los testigos, algo que, si no es ilegal, debería serlo. Le tocó el turno a un señor de lo más pintoresco, de esos que disfrutan con un micrófono delante.
    - Sabe que el juicio comienza mañana… – dijo la entrevistadora.
    - Por supuesto – dijo el hombre -. Y tengo toda mi confianza depositada en ese juez, se lo aseguro. Ese hombre tiene las cualidades necesarias. Se le nota.
    - ¿Qué cualidades debería tener un juez, según usted? – dijo la entrevistadora.
    - Pues tendría que ser un hombre equilibrado, sensato, cabal y de esos que no se dejan llevar por las emociones. Yo creo que ese hombre hará justicia.
    - ¿Y si el juez fuese una mujer?
    - ¿Una mujer? No, el juez no es ninguna mujer. Es el señor…
    Ziro desconectó el televisor desde el mando a distancia.
    - Como alguien señaló – dijo -, lo malo de la democracia es que cualquiera puede opinar. El señor sabelotodo se cree un experto. Y lo peor es que hay mucha gente como él.
    Yo callaba. Y continué casi sin hablar hasta que llegó la hora de irme a casa. Ziro me acompañó hasta la reja de su chalet, me despedí de él y subí al todoterreno. Bajé la ventanilla. Manoseó mi hombro con la mano del Rolex.
    - Ten calma – dijo -, todo irá bien. Tengo buenas relaciones con esa juez. En parte, me divorcié por ella. Ah, y no olvides llamarme en cuanto llegues.
    - Ziro, quería pedirte una cosa. Sé que tienes a Hermitz por ahí escondido, y el caso es que su hija es muy amiga de mi hermana. Ya sé que todo esto te parecerá absurdo, pero, ¿no te importaría dejarle en paz? Esto no te puede beneficiar en nada. Ese hombre es una autoridad en egiptología, es famoso. No es un vagabundo sin familia por el que nadie va a preguntar.
    - Para el carro – dijo Ziro –. Nadie sabe que he sido yo. Se lo he encargado a unos profesionales, nadie podrá demostrar que he sido yo. Además, se trata de un par de días. Después volverá a su casa. Contará una historia sobre su desaparición. A partir de entonces, cuando hable con él por teléfono sabrá a qué atenerse.
    - Creo que ya tiene bastante susto encima. Dos días más y se suicida.
    - Está bien – dijo.
    Yo no salía de mi asombro.
    - Si eso te hace feliz, le dejaré marchar – dijo. Y añadió en tono confidencial -: ten, un obsequio.