Luna (6)

    La cena no ha estado mal. Ahora ella se chupa los dedos para hacerla parecer todavía mejor, para que no me olvide de felicitarla, de agradecérselo. Vive de agradecimientos. Tiene que demostrar que sin ella estoy perdido. Y lo estoy, pero no más que cualquier mortal, incluida ella. Es una yonqui del reconocimiento de sus facultades. No se da cuenta de que eso denota inseguridad. Para mí es tan fácil jugar ese papel, el único que ella me deja… Estoy disimulando, haciendo como que pienso en el trabajo, en el informe. Dentro de un rato caeré por sorpresa sobre ella, llenándola de agradecimientos, mentalmente de rodillas ante su supuesta magnificencia que supuestamente me embriaga, me succiona, me esclaviza. Le sigo la corriente por no descorazonarla, es peligroso. Para ella equivale a mostrarse descortés. Y la descortesía, en su código penal, se castiga con las más refinadas formas de subrepticia venganza. Guárdate de la ira de la mujer descorazonada. O contrata alguien que te guarde.
    De fingirme distraído paso a estarlo de verdad. Pienso en las palabras de mi jefe, “luna”, ha dicho, un sustantivo con tantas interpretaciones como uno quiera darle. No es su estilo dar pistas. Además, se trata de un trabajo, no de un juego. Si él conociera el final no me pagaría para averiguarlo. Pero teniendo en cuenta que lleva nueve meses sin pagarme puede que sí lo sea. Varias veces he tenido la sensación de que sus asesores me estaban toreando. En cualquier caso es un juego caro y carente de sentido. He de conseguir como sea que me paguen. Después, que jueguen todo lo que les plazca. Como está jugando ahora ella, con una bola hecha de miga de pan. La coloca sobre el extremo de un cuchillo que sostiene por su mitad en el aire, al tiempo que descarga la otra mano sobre el extremo vacío, reinventando la catapulta. La bola anda ahora perdida entre mis pelos, como si buscara refugio de la estridencia de su risa. Yo sonrío fingiendo un reproche. Sé exactamente qué cara poner para que ella encuentre difícil detener su risa, para que la multiplique, porque me excita verla en ese estado. Me tomo mi tiempo para gozar de su boca, de su cuello, del nacimiento de sus senos, que asoma por encima del cuello de la blusa violeta. Sus ojos apenas pueden abrirse debido a la risa, y yo aprovecho ese momento para levantarme en un suspiro y mordisquearle el cuello, lo que redobla su risa, y mis dedos se hunden en sus costillas guiándola hacia un ataque sin par.

Luna (5)

    Rakidip llega jadeando al rellano donde, presume, está la puerta de su casa. La oscuridad es total, como en la sala de juntas de Memoria Central esa tarde, debido a un apagón que le ha forzado a subir andando los ocho pisos. Se toma un minuto de descanso antes de buscar la llave, hasta que el jadeo va cesando poco a poco y la respiración vuelve a su quehacer normal, momento en el que escucha abrirse lentamente la puerta de su casa, aunque no tan lentamente como para no provocar ese ruido de las bisagras que lleva casi un año prometiéndose eliminar. Del interior le llega un aroma familiar, de cena en preparación, junto con el pálido resplandor de una vela.
    - Te oí jadear – dice una voz femenina -. Bueno, te habrán oído en toda la finca, porque no se puede decir que intentaras disimular.
    - ¿Cómo… has… entrado? – se las arregla para decir Rakidip.
    - Pues como las personas. Las llaves estaban en el bolsillo del abrigo que te has dejado en mi casa – Rakidip se palpa el bolsillo derecho y le da mentalmente la razón a través del pasillo que une el vestíbulo con el salón-comedor de su casa -. He arreglado el codo. Casi no se nota el quemazo.
    - No sabes cuánto te lo agradezco – dice Rakidip.
    - Sí que lo sé. Tú no lo hubieras arreglado en un año. Te hubieras paseado por ahí como si tal cosa con el quemazo en el codo hasta que llegase el verano.
    - Estoy harto de ese abrigo. Ya te lo dije.
    - Te queda bien. Te da un aire interesante.
    - ¿Hace mucho que se fue la luz?
    - Unos… diez minutos – dice ella -. Pero las casas de ahí enfrente sí que tienen.
    - Afecta sólo a este lado de la calle.
    - Menos mal que tenías las velas a mano.
    - Las utilizo para mis rituales – se burla Rakidip.
    - Eso me pareció, hay de varios colores – ella entra en la cocina para salir enseguida con una vela nueva de color azul, cuya mecha prende con la que está encendida, entregándosela a él. Regresa a la cocina -. La cena está casi lista. ¿Qué te han dicho en la oficina?
    - Nada interesante – dice Rakidip dejándose caer en su sillón favorito. Al ver sus papeles desordenados encima del escritorio suelta un bufido que a punto está de apagar la llama, girando el cuello hacia la izquierda, quedando absorto un instante en sus pensamientos, aunque se diría que pasa revista al rodapié.
    - Pon aquí la vela – dice ella acercándole un plato de postre -. ¿Qué día vas a venir a verme?
    - Mañana he de ir a la Clínica Borman. Si termino pronto…

Luna (4)

    - No pienso empezar ningún trabajo antes de terminar este – dice Rakidip. Se hace una pausa breve.
    - No seas testarudo – dice el asesor que hace dos por la derecha -. Olvida ese perfeccionismo.
    - Este informe no es uno cualquiera – dice Rakidip -. Este sí es el definitivo. Tengo que llegar hasta el final.
    Rakidip casi puede ver los gestos de cansancio de los cuatro asesores. Los escucha suspirar, acomodarse en las butacas.
    - Mira – empieza a decir el primero por la derecha -, aquí se te paga para que…
    - Nada de presión – corta Rakidip -. Aquí no se me paga para nada. Aquí, literalmente, no se me paga desde hace nueve meses.
    Se abre otra pausa que nadie está dispuesto a dejar que dure.
    - Si vas a hacer lo que te dé la gana… – dice el primero por la izquierda.
    - Este informe no está cerrado – dice Rakidip -. Se trata de un síndrome.
    - ¿Cómo se llama el síndrome? – dice el asesor de más a la izquierda. El que está a su lado le susurra algo al oído, a lo que este responde -: Ah. Rakidip se levanta.
    - Voy a continuar con el informe – dice -. No quiero saber nada de uno nuevo hasta que termine, tarde lo que tarde. Y de paso, podríais decirme cuándo pensáis pagarme.
    Se hace el silencio. Rakidip no tiene prisa, les da tiempo. Se cruza de brazos, aunque no pueden verle, y espera una respuesta levantando la barbilla, desafiante. El silencio dura mucho. Rakidip se cansa de la posición desafiante, baja la guardia y es cuando se da cuenta de que los asesores se han marchado. Sólo queda su jefe, que susurra con su eterna voz grave y tranquila:
    - Luna…
    Y se despide de Rakidip con el primero de una larga serie de estornudos, estornudos que resuenan en la cabeza de Rakidip mientras recorre el pasillo de vuelta al ascensor. Hay más teks esperando el ascensor en el hall de la vigesimoquinta planta. Rakidip está a punto de tomar las escaleras cuando recuerda la última vez que las utilizó, y lo mal que lo pasó al atravesar las plantas catorce y quince, aquel pestazo a excremento de pulpo. Involuntariamente se lleva la mano a la nariz durante un segundo, mirando la flecha color naranja que apunta hacia el suelo, indicando el movimiento del acensor. Se le ocurre una idea. Gira sobre sus talones y se dirige otra vez al pasillo.

Luna (3)

    El edificio que aloja las oficinas de Memoria Central es una mole negra, forrada con lunas oscuras, que de día y de lejos se diría esculpida en obsidiana, en la avenida Cuatrigenio esquina con Rampante, en pleno Distrito Cero, o en el centro, como prefieren decir algunos ancianos. La totalidad de sus ochenta pisos está ocupada por oficinas de diversas empresas, a excepción del acuario municipal, que ocupa las plantas catorce y quince. Memoria Central ocupa toda la vigesimoquinta planta. Llego cansado y jadeando al pie del edificio. Por el camino me he deshecho del abrigo. En parte, porque se había llegado a chamuscar un poco el codo; en parte, porque estaba harto de ese abrigo. La camisa negra cae a modo de faldón por encima de los vaqueros, también negros, y la caminata ha hecho que me arremangue. Atravieso el enorme hall y voy hasta los ascensores. Los ascensores de este edificio son algo serio. Cada uno de los cuatro es casi tres veces como uno grande de hospital, lo que le permite cargar unas cincuenta personas. Con ellas a cuestas se las arregla para subir plantas como si fuera vacío. Dispone de un sistema de altavoces estéreo de alta gama, además de una pantalla táctil, junto a los botones numerados del menos tres al ochenta, que permite seleccionar la música ambiental de entre una nutrida fonoteca. Esto ha hecho que nazcan los teks, una tribu adolescente que pasa horas y horas en los ascensores, sorbiendo batidos, riendo y escuchando euro-tek. Como los cuatro que tengo delante, uno de ellos con el flequillo teñido de gris ceniza.
    Llegamos a la vigesimoquinta planta. En la planta catorce ha subido un hombre-rana que se ha bajado un poco los pantalones de goma para que una abuela le metiera un billete de cincuenta en la parte de atrás. Ahora estoy frente a la puerta de la sala de juntas, golpeándola. – Adelante – oigo decir a mi jefe allá dentro. Están a oscuras, como de costumbre, ya no falta nadie. El accidente del helibús ha hecho que me retrase. Tomo asiento en el sillón de cuero frente a su mesa rectangular, a modo de mostrador, que si no estuviera yo no lo notaría debido a la oscuridad. Intuyo los rostros de mi jefe y sus cuatro asesores, dos a cada lado, cuchicheando por lo bajo.
    - Te has retrasado – dice el jefe.
    Rakidip había apostado a que escucharía esto, lo cual, lejos de divertirle, le aburre.
    - Tienes aún cosas por resolver – dice un asesor, el primero por la izquierda.
    - Ya lo sé – dice Rakidip –. El informe…
    - Olvida ese informe – interrumpe otro asesor, el segundo por la derecha.
    - Tienes una nueva tarea – dice el segundo por la izquierda.

Luna (2)

    La hinchada local se cierne en torno al caído, obstruyendo ya del todo mi visión, formando un cuadro puntillista en turquesa y amarillo con sus gorras, sus banderas, sus bufandas inútiles, un corro que se ensancha, como una gran corona fúnebre sobre la acera, mientras el sol cede el turno al alumbrado público esa tarde de miércoles en la que media ciudad ha solicitado permiso para ir al partido. Huele a violencia, a tensión, a humo que oscurece más la escena. Me pregunto si le estarán prendiendo fuego al hincha, o a un contenedor, a una papelera, pero se trata del helibús. Su parte trasera, donde aloja el motor, empieza a sacar llamas, y un humo denso y negro como de neumático quemado está invadiendo la acera, envolviendo a la turba de transeúntes, impidiendo seguir la evolución del hincha desgraciado que yace sobre el pavimento.
    - Por favor – chilla el conductor para imponerse al barullo -, ¿pueden bajar cuatro a empujar?
    - Porquería de cacharros ecológicos – grita un chaval a mi izquierda.
    - Llama para que lo arreglen – grita una señora que ocupa dos plazas.
    - Empuja tú, idiota – grita una chica.
    - Escuchen – dice el conductor -, si alguna quiere alcachofas, tengo aquí varios kilos para vender. Son de mi huerta particular, no están tratadas. Cultivo casero y tradicional cien por cien. Chicas, son unas alcachofas estupendas, muy ricas en flúor.
    - Déjeme pasar – le digo a una mujer con bufanda del equipo local. Y hay que ver cómo suda. Cuando la dejo atrás la oigo gritar:
    - Ese alto se ofrece voluntario para empujar.
    Todo el helibús se ríe. Al menos, los que están a mi espalda, alguno de los cuales corea “voluntario, voluntario”, como si tuviera gracia su bromita, o como si conservaran ese ingenio cuando están a solas.
    - ¿Quién quiere alcachofas? – grita el conductor.
    Llego a la parte trasera del helibús, que ahora está completamente despejada porque el calor de las llamas no deja otra opción. Bajo corriendo por la puerta trasera. Las llamas alcanzan el reverso de mi mano derecha, y a punto están de prender en el codo del abrigo gris, lo cual evito sacudiéndolo a conciencia con la palma de la otra mano, y sigo haciéndolo un buen rato después, como si no pudiera parar. Me engulle otra vez la masa. Va a estar complicado llegar a la esquina. Y todavía hay un buen trecho hasta las oficinas de Memoria Central.

Luna (1)

    Memoria Central me ha encargado un nuevo informe. El definitivo, dicen. Siempre es el definitivo. Me pregunto si conocen el significado de esa palabra mientras me dirijo a verles en un helibús abarrotado de gente sudorosa. Vienen de un partido de hockey sobre fango. El equipo visitante les ha dado una buena tunda, seguro, no dicen ni pío, sólo sudan en silencio. Un silencio tenso además de húmedo, una tensión injustificada. Todos tienen la mirada en el vacío. Repasan los pormenores del partido. Por más que los mires no te cruzas con sus ojos. La masa gruñe, por el calor, por los apretones, por el partido, como un gorila enjaulado que a ratos echara de menos la selva. Ningún hincha del equipo visitante será tan torpe como para subir al helibús. Por ejemplo, ese de ahí, el de la parada. No hace mucho que se afeita, su mejilla izquierda revela la falta de destreza. Lleva la camiseta oficial de su equipo, en tonos verde y morado, de manga corta. Hace un mes que se fue el calor de verdad, pero él está seiscientos kilómetros al sur de su ciudad, y este sitio debe resultarle tropical. Ha sido cauto al no subir, al esperar el siguiente helibús. A veces merece la pena perder quince minutos.
    Otras, en cambio, no sirve de nada ser cauto. La masa le ha visto, gruñe mucho más, el silencio se ha terminado. El hincha del equipo visitante se hace el distraído mirando hacia su derecha, hacia el semáforo, como si se comunicara con él por telepatía. Disimula bien, pero está deseando que nuestro helibús arranque y desaparezca. Ya nos movemos, despacio, con las puertas aún abiertas. Avanzamos apenas unos metros hasta el semáforo en rojo. Nos detenemos. Más gruñidos en la parte trasera del helibús. ¿Alguien sabe por qué el conductor no cierra las puertas? El jaleo de la parte trasera se extiende a la calle. Al girarme, compruebo cómo varios pasajeros han saltado fuera del helibús en dirección a la parada. Sin duda van a por el hincha. Ahora lo distingo corriendo calle abajo, tratando de escapar de un par de forofos del equipo local, de unos treinta años, que terminan por darle caza. Cae al suelo o le empujan, no veo bien con tanta cabeza. Aquellos dos se lían a patadas con el hincha visitante, pero a este no lo veo. Lo supongo en el suelo, protegiéndose de los golpes, quizá devolviendo alguno, pero aquellos dos parecen tener dominada la situación, no como su equipo a lo largo del partido. Integrantes de la masa local van llegado al lugar. Unos miran con rabia, otros gritan, otros participan, patean, escupen, chillan. No puedo ver al hincha visitante, o sus restos, pero todo indica que aún se mueve, que resiste.

No tan complicado (y 23)

    Se puso a agredir a diestro y siniestro, al primero que pasaba, hasta que la policía vino a por él y ya no lo vimos más. Días más tarde, el psiquiátra que le examinó aseguraba que Roff ya nunca más podría hacer vida normal. Ni tampoco hablar o subirse los calzoncillos. A Ziro esto le pareció suficiente y me eximió de la tarea de matarle. Además me protegió de todo el follón que se armó con la policía y cumplió su parte del trato liberando a Hermitz.
    Io vino un día a la unidad de cuidados intensivos a visitar a Layna, que se recupera bastante bien, y a despedirse. Se vuelve con su padre a Bruselas. Me dio las gracias por ayudarle y se disculpó por haberme causado molestias. Yo no podía dejar de mirar su escote. Ahora ella sabía que yo también babeaba como cualquier tonto que se la cruzaba por la calle. “Seguro que eso le gusta”, me dije. Cuando se me acercó para darme un beso de despedida le di por sorpresa un buen apretón. Mereció la pena. Puso cara de adolescente descarriada, pero mereció la pena.
    Otro día vino Ziro con un impresionante ramo de flores. Él cree que tiene que hacerlo todo de esa forma, a lo grande. Dice que tiene un encargo para mí, justo ahora que iba a presentarle mi dimisión, junto con mis respetos. Una joven pintora amiga suya acaba de regresar de México y quiere que yo le monte una exposición. Como si yo entendiera de exposiciones. Cualquiera le dice que no después de lo que sé. Aguantaremos. Mantendremos los ojos abiertos. Aguantaré. He aguantado con tipos que no le llegaban a la suela del zapato.
    Además, se trata nada menos que de Jenaine La Voltreure. Cuando me lo dijo cambié de ánimo, aunque no de cara, no fuera Ziro a sospechar. “Esa le pega cien vueltas a la cursi de Io Palx”, pensé. No puedo tener más ganas de trabajar con ella. Después seguro que encuentro la forma de decirle a Ziro que lo dejo, que cambio de empresa. Probaré en WGH. Porque, aunque Layna tenga sus dudas, soy el más hábil.

FIN de “No tan complicado”

No tan complicado (22)

    Aparte de eso, tenía que averiguar cuanto antes si Bërdy constituía una amenaza. Llegamos al escondrijo de Extreep como a las siete y media. Lex y Roff estaban fuera de la casa esperándonos, con gafas de sol. Una vez dentro, saqué del maletín de cuero los papeles del contrato, les doré un poco la píldora, les aseguré que aquello iba a ser coser y cantar, bla bla bla. Media hora después habíamos terminado.
    - Bueno – le dije a Roff -, supongo que nos merecemos algo de beber.
    - Claro – dijo dándome una palmada en el hombro. Desapareció en el pasillo.
    - Lex – dije -, espero que no me defraudéis.
    - Tranquilo – dijo él -. No te arrepentirás.
    - Me gusta más cómo sonáis ahora – dijo Layna. Y noté que estaba algo nerviosa. ¿Se lo había contagiado yo? ¿Io quizás? – Candôme, ¿verdad que ahora…?
    No pudo terminar la frase. Se inclinó poco a poco tratando de contener el dolor que una bala, sin duda dirigida a mí, le acababa de propinar en el costado derecho, entrando por la ventana abierta sin apenas ruido. Saqué mi revólver plateado y me parapeté detrás del sofá. Lex se echó al suelo con visible pánico. Era obvio que Bërdy nos había seguido.

    Con Layna en la unidad de cuidados intensivos, mi cerebro funcionaba a trompicones y no terminaba de hilar un plan para encontrar a ese que llevaba un revólver igual que el mío. Y tenía que hacerlo, porque de otro modo el revólver me encontraría a mí. Io parecía no recordar nada de su ataque; Bërdy había desaparecido. Yo no usaba ya el todoterreno por miedo a un sabotaje. Ahora me desplazaba en autobús. Una tarde que me dirigía al hospital coincidí con Roff. Se colocó a mi lado en la parte de atrás, donde no hay asientos, esperó a que arrancáramos y cogiéramos velocidad, y entonces me atacó. Rodamos los dos por el suelo un buen rato sin golpearnos. Él no me pegaba, sólo me agarraba con fuerza y me miraba con cara de desear mi muerte. Pero ni me atizaba, ni dejaba que yo lo hiciera, ni me soltaba, ni nada. Y allá rodábamos los dos en cada curva como perfectos imbéciles. Se le cayó el revólver plateado. Ahora estaba claro quién había herido a Layna disparándome por la ventana.
    Empezaba a estar harto de aquel juego. Volqué todas mis fuerzas sobre su cuerpo, prendido del mío. Se abrieron de golpe las puertas de atrás y caímos los dos por suerte sobre la acera. Digo suerte porque, de haber caído sobre la calzada, hubiéramos sido atropellados en el acto por un taxi. Y de haberlo hecho más allá de la acera, hubiéramos aterrizado sobre la luna de un escaparate. Yo me gané un chichón y varias contusiones respetables, pero él se quedó lelo. El mamporro que se fue a dar le dejó maltarado. Consciente, pero loco y fuera de sí.

No tan complicado (21)

    Y sin mediar pausa se puso a chillar como la reina de todas las locas, a revolcarse por el suelo, a patalear, a escupir… Todo su atractivo se esfumó en un instante. Un espectáculo desagradable que algún vecino podía interpretar como una invitación a llamar a la policía. Entonces recordé el valium que me había dado Ziro. “Por si la hija se pone pesadita”, fueron sus palabras. Y yo parecía no poder escapar de sus planes. Me sentía un destornillador en sus manos. Io no paraba de chillar. Tal vez sí tenía genes de mono ahí dentro. Machaqué varias pastillas hasta conseguir una buena dosis, mientras Layna trataba de controlarla con éxito nulo. Después vertí el polvo en agua tibia, para que se disolviera mejor, y avancé hacia ella con el vaso en la mano. ¿Había alguna forma de que tomase el valium? No lo creo, así que se lo tiré por encima, empapándole la cabeza, con la idea de que su piel de melocotón lo absorbiera. Después, Layna y yo la sujetamos durante un buen rato, hasta que le hizo efecto y cayó vencida por el sueño.
    ¿La hija de Hermitz en mi piso? La cosa pasó de clara a transparente. A estas alturas yo sabía que Bërdy trabajaba para Ziro. Estaba seguro de que era el escritor novel que había contratado. El que iba a escribir el libro que dictaría Hermitz y firmaría él. Até cabos: ese tontaina servía a Ziro para controlar a su hijo, para controlar a la hija de Hermitz y, de paso,… ¿no estaría encargado de quitarme a mí de en medio? Era imposible que aquel tontaina llevase a cuestas un revólver plateado con inscripción en la base de la culata. Pero aquella idea empezó poco a poco a tomar forma en mi cabeza hasta que le vi como un auténtico sicario. Había sido muy hábil haciéndose el niño pedante. Y esa voz atiplada tan ridícula no era la suya. Me la había pegado a base de bien, paseándose por delante de mis narices. Pero, con la de ocasiones que había tenido para liquidarme, ¿a qué estaba esperando?

    La entrevista con Extreep para cerrar el trato se celebró al día siguiente, por la tarde. Yo quería que Layna se quedase con Io por si al despertar intentaba reproducir la escena de la noche anterior o cualquier otra locura, pero ella insistió en acompañarme. No tuvo que pelear mucho, estaba claro que llegado el caso iba a tener el mismo éxito nulo que la noche anterior. Dejamos a Io durmiendo y mientras conducía hasta el local de Extreep me fui haciendo a la idea de que al volver a casa no habría piedra sobre piedra.

No tan complicado (20)

    - Ese chaval – dije – es el hijo de Ziro Tolex.
    Layna bajó la ventanilla un par de centímetros. No podía creerme.
    - Lo es – dije -. Tenía mis dudas, pero lo supe en cuanto le vi. Se peleó con su padre. La vida bohemia es divertida a los veintiún años. Sobre todo cuando papi te ingresa un buen pico en la cuenta todos los meses.
    - ¿Cómo sabes eso? – dijo Layna.
    - Te lo digo si tú me dices cuándo vas a dejar de subestimarme.
    - O sea, que riñe con su padre pero acepta su dinero.
    - Sí, no tiene un pelo de tonto. Aunque se haya cambiado el nombre.
    - ¿No se llama Tober?
    - No, es un burdo trueque de sílabas. La primera de cada palabra. Después cambia la terminación “-ecks” por “-ex”, que suenan idénticas, y ya está. Su nombre real es Wober Tolex. Mi cliente.
    - Menudo cliente…
    - He dado orden de matarle si me ocurre algo.
    - ¿Qué dices?
    - Lo que oyes: que si a mí me ocurre algo, van dos tipos al piso de ese niñato y se lo cepillan.
    - ¿Y qué ganas con eso?
    - Nada. Pero es lo que más le dolería a Ziro.
    Fuimos a tomar una cerveza. Después fuimos a mi piso, pescando a Io en desabillé con el teléfono fijo en la mano. Una línea que no usaba, pero que tampoco había dado de baja por falta de tiempo.
    - Anoche, igual – dijo -. Llamaban y colgaban.
    La miré a los ojos.
    - ¿Anoche? – dije -. ¿Y por qué no me avisaste anoche? Di, ¿por qué?
    No creo que sus ojos se pudieran abrir más. Y eran realmente grandes.
    - Io – dije volviéndo a mirarla -, esta es mi casa. ¿No crees que si encuentras algo raro, como esas llamadas, deberías decírmelo? ¿no crees? ¿en qué crees tú, en los milagros?
    - En el álgebra – dijo.
    - ¿Álgebra? – dije -. ¿A qué viene eso?
    - No me llamo Io Palx, me llamo Io Hermitz. Soy hija de Lalo Hermitz. ¡Tienes que ayudar a mi padre!
    - ¡Venga ya! Otra de tus historias. Además, ni que fuera fácil. Y, ¿qué hay de toda esa historia de tu padre-orangután? ¡Mentiras! Mentiras sobre mentiras.
    - Te lo juro. Tengo miedo.
    - Eh, tranquilo – me dijo Layna –. Ella no tiene la culpa.
    - ¿Qué te ocurre? – le dije -. Podías haberme dicho que esta amiga tuya era la hija de Hermitz, ¿no?
    - No quería que te pusieras nervioso – dijo ella.
    - Tengo miedo – repitió Io.