La cena no ha estado mal. Ahora ella se chupa los dedos para hacerla parecer todavía mejor, para que no me olvide de felicitarla, de agradecérselo. Vive de agradecimientos. Tiene que demostrar que sin ella estoy perdido. Y lo estoy, pero no más que cualquier mortal, incluida ella. Es una yonqui del reconocimiento de sus facultades. No se da cuenta de que eso denota inseguridad. Para mí es tan fácil jugar ese papel, el único que ella me deja… Estoy disimulando, haciendo como que pienso en el trabajo, en el informe. Dentro de un rato caeré por sorpresa sobre ella, llenándola de agradecimientos, mentalmente de rodillas ante su supuesta magnificencia que supuestamente me embriaga, me succiona, me esclaviza. Le sigo la corriente por no descorazonarla, es peligroso. Para ella equivale a mostrarse descortés. Y la descortesía, en su código penal, se castiga con las más refinadas formas de subrepticia venganza. Guárdate de la ira de la mujer descorazonada. O contrata alguien que te guarde.
De fingirme distraído paso a estarlo de verdad. Pienso en las palabras de mi jefe, “luna”, ha dicho, un sustantivo con tantas interpretaciones como uno quiera darle. No es su estilo dar pistas. Además, se trata de un trabajo, no de un juego. Si él conociera el final no me pagaría para averiguarlo. Pero teniendo en cuenta que lleva nueve meses sin pagarme puede que sí lo sea. Varias veces he tenido la sensación de que sus asesores me estaban toreando. En cualquier caso es un juego caro y carente de sentido. He de conseguir como sea que me paguen. Después, que jueguen todo lo que les plazca. Como está jugando ahora ella, con una bola hecha de miga de pan. La coloca sobre el extremo de un cuchillo que sostiene por su mitad en el aire, al tiempo que descarga la otra mano sobre el extremo vacío, reinventando la catapulta. La bola anda ahora perdida entre mis pelos, como si buscara refugio de la estridencia de su risa. Yo sonrío fingiendo un reproche. Sé exactamente qué cara poner para que ella encuentre difícil detener su risa, para que la multiplique, porque me excita verla en ese estado. Me tomo mi tiempo para gozar de su boca, de su cuello, del nacimiento de sus senos, que asoma por encima del cuello de la blusa violeta. Sus ojos apenas pueden abrirse debido a la risa, y yo aprovecho ese momento para levantarme en un suspiro y mordisquearle el cuello, lo que redobla su risa, y mis dedos se hunden en sus costillas guiándola hacia un ataque sin par.