Ella vuelve a su trabajo dejándole con el sabor de su barra de labios, sabor que él intenta borrar a base de Lyptokard. La camarera de la peluca rubio platino parece abanicar cada vez que parpadea. Le guiña un ojo. Rakidip muestra la punta de la lengua por respuesta, levantando apenas el mentón, como lo haría delante de un médico. Después la peluca gira, con una botella azul en una mano y una copa de cóctel en la otra. Los tacones y el estrecho pantalón de latex negro le dan cierto aire de funambulista. Él observa sus caderas llegar hasta el otro extremo de la barra, cuando una voz apenas etílica se le derrama en la oreja derecha:
- No está mal, no. Veo que sigues teniendo buen gusto – se echa a reír.
- Acertaste – dice él reconociendo la voz de su amigo -, pero no es todo lo que hace falta. También hay que convencer.
- Menudo festival ayer, ¿eh? – dice el amigo. Son sus ojos los que hablan. Unos ojos que parecen saltar y volver a su sitio cada vez que enfatiza una frase. Y enfatiza muchas frases, creando un ritmo de conversación que pronto estresa a Rakidip.
- No sé de qué festival me hablas – dice Rakidip.
- Claro, tú caíste a la primera. Ese Penko es la leche. Nos dio a probar algunas de sus “medicinas”, el muy crápula. Pero a ti no te sentaron bien. Te quedaste frito. Tuvimos que acostarte sobre la alfombra de la habitación. Lo que me pude reír luego, en la cena, cuando hablabas en ruso con aquella camarera rubia. La que decías que era igual que Natassja Kinski. No sabía que hablabas ruso.
- Sí, igual que tú. Eso era kobaïano. Me sé unas cuantas frases.
- Lo mejor ha sido esta mañana, de vuelta a casa. Tú, venga a decir: “para, que me bajo aquí”. No sé qué se te ha perdido en ese camino de tierra. Conste que lo he permitido porque insistías como un poseso. Amenazabas con bajarte en marcha del monovolumen.
- No sé a qué monovolumen…
- Al del doctor Penko, te lo estoy diciendo.
- Está bien, eso fue ayer. Ahora contéstame unas preguntas.
- Claro. Pero primero tengo que recoger una cosa. En media hora, como mucho, estaré de vuelta. Te dejo con Tomás. Lo acabo de conocer – acerca su boca de nuevo a la oreja de Rakidip -: va un poco pasado, te lo advierto -. Y desaparece entre un grupo de borrachas empeñadas en beber de sus zapatos de tacón.