Luna (9)

    Ella vuelve a su trabajo dejándole con el sabor de su barra de labios, sabor que él intenta borrar a base de Lyptokard. La camarera de la peluca rubio platino parece abanicar cada vez que parpadea. Le guiña un ojo. Rakidip muestra la punta de la lengua por respuesta, levantando apenas el mentón, como lo haría delante de un médico. Después la peluca gira, con una botella azul en una mano y una copa de cóctel en la otra. Los tacones y el estrecho pantalón de latex negro le dan cierto aire de funambulista. Él observa sus caderas llegar hasta el otro extremo de la barra, cuando una voz apenas etílica se le derrama en la oreja derecha:
    - No está mal, no. Veo que sigues teniendo buen gusto – se echa a reír.
    - Acertaste – dice él reconociendo la voz de su amigo -, pero no es todo lo que hace falta. También hay que convencer.
    - Menudo festival ayer, ¿eh? – dice el amigo. Son sus ojos los que hablan. Unos ojos que parecen saltar y volver a su sitio cada vez que enfatiza una frase. Y enfatiza muchas frases, creando un ritmo de conversación que pronto estresa a Rakidip.
    - No sé de qué festival me hablas – dice Rakidip.
    - Claro, tú caíste a la primera. Ese Penko es la leche. Nos dio a probar algunas de sus “medicinas”, el muy crápula. Pero a ti no te sentaron bien. Te quedaste frito. Tuvimos que acostarte sobre la alfombra de la habitación. Lo que me pude reír luego, en la cena, cuando hablabas en ruso con aquella camarera rubia. La que decías que era igual que Natassja Kinski. No sabía que hablabas ruso.
    - Sí, igual que tú. Eso era kobaïano. Me sé unas cuantas frases.
    - Lo mejor ha sido esta mañana, de vuelta a casa. Tú, venga a decir: “para, que me bajo aquí”. No sé qué se te ha perdido en ese camino de tierra. Conste que lo he permitido porque insistías como un poseso. Amenazabas con bajarte en marcha del monovolumen.
    - No sé a qué monovolumen…
    - Al del doctor Penko, te lo estoy diciendo.
    - Está bien, eso fue ayer. Ahora contéstame unas preguntas.
    - Claro. Pero primero tengo que recoger una cosa. En media hora, como mucho, estaré de vuelta. Te dejo con Tomás. Lo acabo de conocer – acerca su boca de nuevo a la oreja de Rakidip -: va un poco pasado, te lo advierto -. Y desaparece entre un grupo de borrachas empeñadas en beber de sus zapatos de tacón.

Luna (8)

    En el cartel de latón, la clínica Borman parece un terrón de azúcar sucio que proyecta su sombra en la mancha verde oscuro del jardín que la rodea. Bajo la composición, que en su intento de ser realista parece sacada de un viejo cómic, hay una flecha negra señalando a la izquierda, en dirección al puente que cruza el canal de donde proviene Rakidip, y un poco más abajo de esta puede leerse la distancia en kilómetros. Él no la lee, el sol del mediodía se refleja en la abolladura sobre la que descansa la cifra, cegándole por un instante, lo que le hace girar la cabeza mientras sigue caminando. Momentos después paladea un combinado de Lyptokard en compañía de su amiga junto a la barra de un local de juego oscuro, no muy bien ventilado, donde todos parecen divertirse a más no poder.
    - Parece que te has perdido – dice ella.
    - Te dije que vendría.
    - Ayer.
    - Eso, ayer te dije que vendría.
    - No. Anteayer me dijiste que vendrías ayer. Hoy es viernes.
    - ¿Viernes? – Rakidip trata de recordar. Involuntariamente se lleva la mano al bolsillo del pantalón negro para comprobar que las llaves de su casa siguen allí. Toca algo que parece un trozo de papel -. Bueno, mejor día para venir, ¿no?
    - Podías haberte conformado con la suerte del principiante. Pero no, tenías que apostar hasta perderlo todo. Los hombres sois tan parecidos…
    - Como las mujeres. No es fácil esquivar las leyes naturales. Además, es la primera vez en mi vida que veo ese juego.
    - Se nota que no sales mucho. ¿Qué hiciste ayer?
    - Trabajar, supongo. Mis días son muy parecidos.
    - ¿Lo supones?
    - Ahora mismo estoy trabajando también. No lo puedo evitar. De cualquier situación se pueden extraer datos para el informe que llevo entre manos. Tengo que terminarlo de una vez. Esta mañana he conseguido recopilar unos cuantos datos la mar de valiosos. A ver si lo termino antes de cenar. Porque esta noche me toca preparar la cena. Se me ha ocurrido algo que te va a sorprender.
    - Es viernes, acuérdate.
    - No me digas que no puedo contar contigo -. Ella suspira.
    - Si cenamos pronto, sí. A las once tengo que estar aquí de vuelta. Los viernes se pone a tope. O sea, que a las diez y media saldré de tu casa.
    - Y, ¿a qué hora vendrás? -. Ella calcula sin dejar de mirarle. Veinte segundos más tarde dice:
    - Espérame pasadas las ocho. No pongas esa cara – ronronea -, en dos horas se pueden hacer muchas cosas.

Luna (7)

    Media hora más tarde estamos abrazados en el sofá. Ella tiene una pierna sobre mis rodillas y se ha desprendido de las botas. A través del nylon color lechoso se pueden ver sus dedos de niña coronados por manchas rojo intenso. Mi brazo derecho circunvala sus riñones. Cada vez hay que esmerarse más para que los besos no pierdan sabor, no pierdan sentido. Cuando los besos no saben a nada es muy mala señal. Justo lo contrario de lo que ocurre ahora.
    - Tengo que irme – dice ella. Hago rebotar la frase por toda mi cabeza sin emoción. La esperaba.
    - Mañana tal vez pase a verte – digo contemplando mis papeles desordenados sobre el escritorio.
    - Pobre de ti si no lo haces – dice mientras se coloca las botas. Y dos o tres minutos más tarde vuelvo a estar tan solo como los muertos.

    Recoge todos los datos que puedas, sé meticuloso, no pases por alto ningún detalle aparentemente insignificante, sé cauto a la hora de formular hipótesis. La sombra de mi jefe planea sobre el escritorio cada vez que me siento a trabajar. Parece que le oigo hablar, con su voz profunda y acompasada. Me da consejos, me amonesta cuando yerro, me felicita a regañadientes cuando hay progresos. Sé que confía en mí. Nunca lo dirá, pero lo sé. Esto debería ser suficiente. Veremos lo que piensa del informe cuando esté terminado. Él y esas cuatro cacatúas de asesores.
    ¡La sorpresa que se han llevado con mi obstinación! Que se vayan al cuerno. Estoy harto de empezar trabajos, desarrollarlos a conciencia, para que en el último momento me los quiten de las manos, se los den a uno de esos pelotas que acaban estampando su firma al pie de la última página, llevándose todo el mérito. Me da igual si esto trae consecuencias, este informe lo termino yo. Puede que sea el último, y a la vez el primero que termino, pero no moriré de una forma tan estúpida, como un empezador de trabajos que firman otros. Menudo epitafio: “aquí yace el gran iniciador de obras ajenas.” Se acabó. Muerte o gloria.
    A lo mejor mi jefe se refiere a Benedicto XIII, el papa Luna. Un papa que no dudó en disfrazarse para escapar del sitio al que lo sometían las huestes del psicótico bienamado, Carlos VI de Francia… No. Huele a pista falsa. Veremos qué piensan del informe, si es que consigo terminarlo. Veremos si no se tragan todos sus cochinos prejuicios. Ahora me voy a dormir, mañana sin falta he de ir a la clínica Borman.