Luna (11)

    Eso es lo que se llama pecar de optimismo: “todavía me quedan fichas”, como si me quedara un saco lleno. Deben ser tres o cuatro nada más las que tengo ahora mismo en el bolsillo del pantalón. Una cantidad que no permite jugar muy fuerte. Aunque si las utilizo de una en una es posible que llegue a entender un poco el mecanismo de ese juego tan raro. La partida anterior ha sido desconcertante, mis ojos aún se estaban adaptando a la oscuridad de este sitio. Ese dado tiene la forma más extraña que he visto en mi vida, de ahí su forma de girar. ¡Epa! Aquel tipo podría caminar con más cuidado, casi riega mi antebrazo con la cerveza que se le va cayendo de la jarra. Lo que sí ha conseguido mojar es mi bota derecha, puedo notar el frío de la cerveza empapando el calcetín y penetrando luego hasta humedecer el pie. Una sensación bastante incómoda, llevar el pie mojado. Podría ir al aseo y secarlo con un poco de papel higiénico. Suponiendo que haya. Pero de todos modos el calcetín seguirá humedo, igual que el interior de la bota. Qué se le va a hacer, no llevo calcetines de recambio. No soy tan previsor. Lo mejor será olvidarse de esto.
    La mesa de juego está más concurrida que antes. Gracias a mi altura puedo ver el tapete morado con líneas blancas, por entre las cabezas de tres filas de espectadores. Una jugadora de unos veintiséis años parece que hará saltar la banca. Eso cree la mayoría, según deduzco por los comentarios, los movimientos de manos, de cabezas, pero algo en los gestos calculados del crupier me dice que no es más que un momentáneo espejismo. Espejismo que crea espectación, atrae a potenciales jugadores, reseca las gargantas que luego irán inevitablemente a abrevar a la barra. Sin duda es bueno para el negocio. Y ese crupier sabe que lo que es bueno para el negocio es bueno para él, porque le repercute directamente. Eso es lo que me está diciendo sin querer. Hombre, ahora me sostiene la mirada durante un par de segundos. ¿Habrá leído mis pensamientos? ¿o me recuerda de la partida anterior? Mi mirada le dice que en cuanto desplume a la chica yo ocuparé su puesto.

Luna (10)

    - Hola, soy Tomás y soy poeta.
    - Yo soy antropófago – dice Rakidip -, aunque puedes llamarme Pof.
    Tomás, a la escasa luz del antro, parece huido de la tumba. Su frente está sembrada de pústulas, entre las que reina un grano sobre la ceja izquierda que va del morado al amarillo verdoso, chivato de la cantidad de Lyptokard que flota en su sangre. Se encorva hacia delante con las manos sobre un taburete color ciruela, dando la impresión de que va a brincar por encima de él en cualquier instante o que lo guarda para que no se lo quiten. O que se apoya en él para no caer. Levanta la ceja izquierda como queriendo ahuyentar el grano y suelta:
    - Ya tuvimos ocasión
    de charlar en cierto día.
    Supe que recordaría,
    a pesar del colocón,
    nuestra gran conversación.
    Verte de nuevo me es grato.
    - Me confundes con un gato.
    - ¿Por qué niegas lo evidente?
    - ¿Tienes pruebas?
                            - No soy gente
    que haga fotos todo el rato.
    El grupo de borrachas mira a Tomás de hito en hito, con ojos extraviados. De cuando en cuando, una carcajada estridente se deja oír en la penumbra vacía de música, por encima de los murmullos, el chasquido de los mecheros, el aterrizaje fatal de los vidrios sobre el suelo. Tomás levanta otra vez la ceja izquierda, mira en derredor suyo, sin ver, como un autómata. Suelta por fin el taburete color ciruela. Rebusca con una mano en el bolsillo de la camisa oscura, mientras con la otra retira de su frente un flequillo negro, espeso, grasiento y orwelliano. Después saca un pedazo de papel cuadriculado:
    - Si quieres – dice -, puedo leerte mis últimos versos.
    - No es necesario – dice Rakidip. Luego baja la voz -: esas de ahí no te quitan ojo de encima.
    - Dime que no mientes.
    - Date la vuelta.
    Tomás se gira, retirando una vez más su flequillo empapado en sudor.
    - Las mujeres son mi corona de espinas – dice.
    - Debe ser fácil seducirlas cuando uno es poeta – dice Rakidip -. El problema de muchos es no saber qué decir.
    - ¿Fácil? Más que eso: aburridamente fácil. La llave del corazón de una mujer está en su oreja. No importa si lo que uno dice es cierto, siempre que suene impactante. Hay tiempo de sobra para hacer que la realidad concuerde con lo dicho… o parezca que concuerda. Ven, te lo demostraré.
    - No, gracias, me encuentro servido. Voy a probar suerte en ese juego de ahí. Todavía me quedan fichas.