Luna (13)

    En este antro hay pocas diversiones mejores que sostenerle la mirada a la jefa. No hay duda de que posee cualidades hipnóticas. Su sonrisa acelera el flujo de sangre hacia mi cerebro. Ella se mueve, se desplaza hacia mi derecha. Rodea la mesa de juego hasta llegar a mí. Sus ojos queman. El verde intenso de su iris tiene pequeñas manchas marrón claro, como lava recién salida del volcán que es su pupila ensanchada, penetrante. Su aliento cosmético envuelve mi cuello. Mi nariz tropieza con su oreja, estaba escondida en esa mata de pelo cobrizo que me golpea la cara mientras sus incisivos superiores se hunden en mi cuello, dejando ir un breve rugido animal, definitivamente felino, de gato grande, viejo y panzón. Sus colmillos se me clavan como puñales liliputienses sobre la piel de Gulliver, inyectando un veneno anestesiante hasta que mi barbilla descansa sobre su clavícula desnuda para impregnarse de todo su aroma corporal. Nada de esto sucede, es todo una ilusión momentánea fruto del efecto hipnótico del turquesa de sus ojos, pero parece que va a suceder ahora, porque ya la tengo delante, casi encima, con los labios entreabiertos.
    - ¡Luna! – grita alguien a mi espalda.
    Me giro sin remedio. Tengo que encontrar a quien ha proferido esa voz, tan parecida en timbre a la de mi jefe, pero considerablemente superior en cuanto a vitalidad, en cuanto a fuerza y vigor. Me viene a la mente el escritorio, con los papeles amontonados gozando de un orden secreto que sólo yo conozco, y ahí es cuando me doy de bruces con todo ese cuerpo que ha venido a enroscarse en torno al mío por sorpresa, dejando mi espalda para la jefa, suponiendo que siga ahí mientras mi amiga me devora de una forma que no la creía capaz en un sitio público. Mi esperanza de localizar a ese que conoce el significado de “Luna”, a ese que de una manera o de otra terminaría por explicármelo, se esfuma entre lengüetazos, como la conclusión de mi informe, como la jefa, la mesa de juego, el antro entero, que desaparece por unos segundos incluso de forma auditiva. Cuando nos separamos, lo que capta mi visión periférica recuerda bastante a la explanada de un macro-festival de rock una vez terminado: todo parece sin vida, sin interés. Un mensaje constante de que ya no queda nada que hacer aquí.

Luna (12)

    La chica efectúa un nuevo lanzamiento. Lleva unas mallas negras muy ceñidas que tocan la mesa de juego rectangular a la altura de sus muslos, cerca de las ingles. Toda ella es larga, delgada, flexible. Las mallas van coronadas por un cinturón con tres hileras de remaches piramidales de falso metal. Más arriba, el ombligo, desafiante como el ojo de un cíclope, en medio de un vientre tan plano como blanco. La camiseta de tirantes muestra un estampado de tablero de ajedrez. Lo que guarda debajo no podría saltar afuera aunque su dueña quisiera pero, tal vez por ello, atrae las miradas de la concurrencia a través de un breve, oscuro túnel que comienza en su escote y se revela cada vez que el gesto de lanzar la inclina hacia delante de medio cuerpo, gesto acompañado de un casi imperceptible giro previo de la muñeca huesuda, la del brazo derecho, que se vuelve masculino a la altura del bíceps, revestido con un guante de rejilla negro hasta más arriba del codo. Sólo el tope que hacen sus muslos con la mesa de juego impide que caiga de bruces sobre el tapete, iluminado por una lámpara elíptica de siete focos que revela el castaño claro de su cabello, alejado del rostro por una cinta elástica, también negra, que le cubre la frente como a una guerrillera centroamericana.
    Lanza otra vez el dado caprichoso. Extiende el brazo hasta casi rozar con su rasurada axila el tapete morado, dejando por un momento su barbilla muy cerca del mismo, las miradas confluyendo en su esternón. Luego observa girar el dado con los labios entreabiertos, prominentes, labios que parecen adelantarse en busca de un sorbo con que aplacar su calor interno. El rojo pálido de sus pómulos, los ojos, circunvalados a conciencia con lápiz negro, elípticos y brillantes como la lámpara, casi orientales, la convierten en modelo de Picasso en la etapa azul. Otro lanzamiento ganador. El que busca su esternón ha tropezado ahora con su omóplato derecho, que se desmarca del tirante de la camiseta a cuadros. Rakidip espía otra vez al crupier, reteniendo un primer plano de ese brazo largo, blanco como toda ella, rematado por pequeños cuadrados negros en forma de uña. La jefa del divertedero asoma su cara por encima del hombro derecho del crupier, que sin perder de vista el dado que acaba de detenerse sobre el tapete, le murmura unas palabras al oído. Como impulsada por un resorte invisible, levanta la cabeza hasta que su mirada coincide con la de Rakidip.