Luna (15)

    Me coloco en posición de lanzar el dado. La jefa lo ha manoseado durante unos instantes antes de dármelo. Hago mi primer experimento: lo lanzo de forma que ruede sobre las aristas de su base cuadrada. Pronto dibuja un semicírculo y se detiene. La banca me entrega una ficha, la que he apostado, pero durante el lanzamiento la jefa ha robado otra del montón, con lo que me quedan tres. Repito la operación. Pierdo una ficha a manos de la banca y otra a manos de la jefa. Apuesto la última ficha amarilla. Lanzo el dado, que me dejará sin fichas tras girar en círculo durante cinco breves segundos en los que veo la solución a mi informe, su conclusión plasmada en el papel, y sé que debo irme. Eso es exactamente lo que le digo a la jefa cuando me pregunta a dónde me dirijo.
    - Como quieras – dice -. Pero abona tus consumiciones antes.
    - No sé a qué consumiciones…
    - La camarera lo tiene todo apuntado. Nunca se equivoca.
    - El caso es que no llevo más dinero. ¿Te importaría invitarme?
    - No es costumbre – dice con una sonrisa amable y falsa.
    - Entonces déjame que hable con mi amiga. Es la chica del guardarropa.
    - Acabo de darle permiso para marcharse a casa. Dijo que no se encontraba bien.
    - ¿Sin despedirse de mí?
    Ahí está otra vez esa sonrisa falsa. Tendré que admitir que le sienta bien.
    - Déjame que la llame en un momento – digo.
    Tecleo en mi móvil el número de mi amiga. La sonrisa de la jefa está bien apuntalada.
    - No hay manera – digo al cabo de unos instantes -, tiene el teléfono apagado. ¿Qué piensas hacer? ¿cuál es la “costumbre” de este sitio en estos casos? ¿vas a llamar a la policía, quedarte con mi abrigo hasta que traiga el dinero o mandar que me den una paliza?
    La sonrisa falsa se convierte en risa auténtica.
    - Nada de eso – dice -. Con tal de que vengas esta noche a trabajar.
    - No está mal – digo. Entonces recuerdo la cena que tenía proyectada -. Me vendrá bien algo de efectivo.
    - No habrá efectivo. Me debes un dineral.
    - Eh, creo que tu camarera se está equivocando por primera vez. Tanto no he bebido.
    - Tu amigo de barba y ese otro de los ripios han asegurado que tú les invitabas. Ese último, además ha invitado a champán a una docena de simpáticas que celebraban una despedida de soltera.
    - El mundo está lleno de listos.
    - Sin tontos de por medio, no los habría.
    - Yo no he autorizado esos pagos. Ni voy a responder de las deudas de cualquiera que se ponga a pedir en mi nombre.
    - De todas formas tendrás que venir. No te haré trabajar mucho. La primera vez no se cobra, pero se aprende. Las demás ya son cobrando.
    - ¿De dónde te sacas que quiero formar parte de tu plantilla?
    - Acabas de decir que necesitas efectivo.
    - Para ir tirando.
    - Hasta puede que tengas cualidades.

Luna (14)

    “¿A qué ha venido esto?”, me pregunto. Pensamiento que aflora sin duda en mi cara, porque no creo en la telepatía y sin embargo ella, mi amiga, responde a la pregunta:
    - Estabas a punto de caer ante mi jefa.
    Apenas lo susurra, pero lo percibo con toda claridad. Hasta me parece que estoy aprendiendo a leer los labios.
    - No te dejes engañar – le digo -. Tu piel sabe que no miento.
    Y así es. La jefa dispone de ese tipo de belleza de algunas modelos, de las cariátides, de las diosas del frontón oriental del Partenón. Dejó de ser joven la semana pasada, pero su cuerpo todavía no se ha enterado. Retiene imperativamente casi todo su frescor, como respaldada por una fáustica alianza. Sin embargo, encuentro más atractiva a mi amiga. Muchísimo más. Debe ser la edad. Cuando se prefiere la realidad a la ficción, uno se ha hecho mayor.
    En ese momento se me ocurre una idea: ¿y si me pongo a gritar “Luna”, como ese tipo, hasta ver quién aparece? Es así de sencillo despejar la incógnita que me acompaña desde hace dos días. Pero bueno, defenestremos la idea con elegancia. Será mejor olvidarse de eso. Al cuerno mi jefe y sus crípticas sentencias por lo bajo. ¿Desde cuándo me interesan esas elucubraciones? Una mano de dedos finos atrapa mi barbilla, gira lentamente mi cabeza hacia la derecha. En ese breve recorrido visual puedo ver cómo la jugadora de la camiseta a cuadros abandona la mesa de juego, justo antes de encararme con los ojos verdes de la jefa. Toparse con un lince en pleno bosque por la noche debe ser algo así. Sus labios vuelven a entreabrirse. Me anticipo y suelto:
    - Voy a probar suerte otra vez en ese juego.
    Los labios sonríen. Mi amiga se ha marchado. Mentalmente la veo alejarse, mientras mis ojos siguen clavados en los de la jefa, que me toma del antebrazo y me empuja suavemente con el hombro hacia la mesa de juego.
    - Te acompaño – dice -. El crupier cree que esa jugadora y tú estáis conchabados. ¿Qué opinas?
    - Que sufre de paranoia – le digo -. No he visto a esa chica ni en sueños.
    Al cruzarme con la jugadora que se retira puedo ver unas gotas de sudor escapando de la cinta negra que le sujeta el pelo. Recibo una intensa mirada color café que trato de retener antes de que desaparezca entre los cuerpos de los mirones, que ya se han olvidado de ella pero siguen embobados con el tapete morado, esperando la próxima víctima, como romanos en los juegos.