Me coloco en posición de lanzar el dado. La jefa lo ha manoseado durante unos instantes antes de dármelo. Hago mi primer experimento: lo lanzo de forma que ruede sobre las aristas de su base cuadrada. Pronto dibuja un semicírculo y se detiene. La banca me entrega una ficha, la que he apostado, pero durante el lanzamiento la jefa ha robado otra del montón, con lo que me quedan tres. Repito la operación. Pierdo una ficha a manos de la banca y otra a manos de la jefa. Apuesto la última ficha amarilla. Lanzo el dado, que me dejará sin fichas tras girar en círculo durante cinco breves segundos en los que veo la solución a mi informe, su conclusión plasmada en el papel, y sé que debo irme. Eso es exactamente lo que le digo a la jefa cuando me pregunta a dónde me dirijo.
- Como quieras – dice -. Pero abona tus consumiciones antes.
- No sé a qué consumiciones…
- La camarera lo tiene todo apuntado. Nunca se equivoca.
- El caso es que no llevo más dinero. ¿Te importaría invitarme?
- No es costumbre – dice con una sonrisa amable y falsa.
- Entonces déjame que hable con mi amiga. Es la chica del guardarropa.
- Acabo de darle permiso para marcharse a casa. Dijo que no se encontraba bien.
- ¿Sin despedirse de mí?
Ahí está otra vez esa sonrisa falsa. Tendré que admitir que le sienta bien.
- Déjame que la llame en un momento – digo.
Tecleo en mi móvil el número de mi amiga. La sonrisa de la jefa está bien apuntalada.
- No hay manera – digo al cabo de unos instantes -, tiene el teléfono apagado. ¿Qué piensas hacer? ¿cuál es la “costumbre” de este sitio en estos casos? ¿vas a llamar a la policía, quedarte con mi abrigo hasta que traiga el dinero o mandar que me den una paliza?
La sonrisa falsa se convierte en risa auténtica.
- Nada de eso – dice -. Con tal de que vengas esta noche a trabajar.
- No está mal – digo. Entonces recuerdo la cena que tenía proyectada -. Me vendrá bien algo de efectivo.
- No habrá efectivo. Me debes un dineral.
- Eh, creo que tu camarera se está equivocando por primera vez. Tanto no he bebido.
- Tu amigo de barba y ese otro de los ripios han asegurado que tú les invitabas. Ese último, además ha invitado a champán a una docena de simpáticas que celebraban una despedida de soltera.
- El mundo está lleno de listos.
- Sin tontos de por medio, no los habría.
- Yo no he autorizado esos pagos. Ni voy a responder de las deudas de cualquiera que se ponga a pedir en mi nombre.
- De todas formas tendrás que venir. No te haré trabajar mucho. La primera vez no se cobra, pero se aprende. Las demás ya son cobrando.
- ¿De dónde te sacas que quiero formar parte de tu plantilla?
- Acabas de decir que necesitas efectivo.
- Para ir tirando.
- Hasta puede que tengas cualidades.