Selene (15)

    Selene pasará buena parte de la noche escribiendo, haciendo pausas de vez en cuando, borrando frases, sustituyéndolas por otras, corrigiendo errores aquí, allá:
    “En cuanto a Memoria Central, también me he estado informando. Se trata de una de las empresas más importantes de suministro clandestino de datos. Allí los únicos que cobran son su jefe y consejeros varios. Esto se explica porque fueron quienes montaron el cotarro en su día. A partir de entonces, se han nutrido de aportaciones sin pagar nunca a tiempo, nunca suficiente, nunca de buena gana. Los fines de Memoria Central no tienen que ver con la investigación científica, ni con la Historia o la Antropología. Es un órgano de espionaje que suministra información, ilegalmente, al gobierno. A eso es a lo que se dedica. Si me lo hubiera dicho al principio, a lo mejor hasta lo hubiera encontrado interesante. Nunca he salido con un espía, que yo sepa, hasta hoy. Te aseguro que no me ha hecho gracia el descubrimiento. No denota transparencia en la relación, precisamente.”
    “El vaso que colma el cubo es aquel mensaje de correo recién impreso que estaba encima de su escritorio la otra noche. ¿Lo echará de menos? Aquí lo tengo. Ahora mismo lo estoy leyendo, sin poder entender ni jota de lo que pone en él, por cierto. No, claro que no lo recordará, ni lo echará de menos. Se había quedado embobado mirando el rodapié del salón de su casa. Te copio exactamente lo que pone:
    « ¿Qué tal día me llevas, Rakidip, querido trampo? Estamos reder de tu nuevo tip-top. Es muy disniekii. Tu forma de expresarte a lo largo de todo el tip-top es escalofriante. Lo que más nos espilacha es la moasa con la que te tomas todo, la vida ahí en Santa Pétula, en esas pungidas condiciones, pues cualquiera de mi pares ya hubiera emigrado. Estipto lo que cuentas y te vuelvo a invitar a Gregalión: aquí siempre tendrás tu chasca. Tienes eskilas, así que berneo no te va a faltar. ¡No mortejes más! »
    » En cuanto al nuestro concierto del otro día, ¡hey, chapo, fue un exitonazo! Te he adjuntado material croasto y sonoro para que disfrutes como si estuvieras allí. Zolber opina igual: nos descritamos como nunca. La gente se descritó también. Algunos dicen que fue nuestro mejor concierto, el más moaso, ya que Zolber y yo siempre estuvimos al ataque. En los temas lentos, fuimos enchascaderos y eskilamos como buenos threshers que somos. Por cuarto, luego te palabro una brillera que se nos ha esmogado y puede que te sone descrita. »”

Selene (14)

    Selene levanta la cabeza de la pantalla de su computadora. Piensa en prepararse algo de cenar, pero no se acaba de decidir. Continúa escribiendo su correo electrónico dirigido a Rakidip:
    “La clínica Borman, otra excusa. Ayer por la tarde recibí una llamada de tu móvil y no fue contigo precisamente con quien hablé. Todo da a entender que en esos momentos te encontrabas en medio de una singular orgía, a la hora en que todo bicho viviente está comiendo. Esa debe ser tu forma de trabajar en un informe tan serio, tan importante, tan vital. Tirándote más de día y medio seguido de juerga. Y otro detalle: se ha convertido en costumbre, en fea costumbre. Quedamos en hacer una cosa y llegado el momento tú no apareces. Ni llamas. Ni te disculpas. Por lo visto no merezco un trato humano. Si me preocupo por ti hasta angustiarme, poco importa. De verdad que tu conducta se me hace insoportable por momentos. Inexcusable a todas luces. No sé cómo he podido esta tan ciega.”
     El mensaje es enviado. Selene vuelve a pensar en comer, pero vuelve a prorrogarlo iniciando un nuevo mensaje de correo electrónico, esta vez dirigido a su jefa:
    “Luna
    He intentado comunicar contigo por teléfono, llevo más de una hora intentándolo, pero lo mantienes apagado. Necesito contarte los quebraderos de cabeza que me están quitando la salud los últimos días. Esta tarde he visto la cara oculta de Rakidip y no me ha gustado un pelo. Todo el mundo tiene su lado oscuro, pero este es de los que tiran para atrás. Me ha engañado todos estos meses. Se ha esforzado en dar una imagen interesante. Ahora veo que todo era un cuento que camuflaba a la perfección sus actividades delictivas.”
    “Esta tarde, no mucho después de marcharme del divertedero, me lo he encontrado en la Villa G hablando con una pareja de teks de una forma tan natural que no dejaba lugar a dudas. Me he estado informando acerca de esa tribu urbana de adolescentes que no paran de escuchar tecno mientras se inflan a batidos. Aparecen siempre alrededor de los ascensores de los grandes edificios. La explicación oficial es que desean pasarse el día escuchando la música del ascensor, que seleccionan a voluntad sin permitir que otro usuario lo haga, pero, ¿no es algo chocante? A ver, ¿para qué necesitan ir a un ascensor de última generación a escuchar su música cuando pueden escucharla cuando y donde quieran gracias a sus auriculares? Está bien claro, esos adolescentes son espías que operan en todos los grandes edificios. Trabajan para empresas que recopilan datos de usuarios por segmentos de población para venderlos, bajo mano, al gobierno. En Dragones, aquí al lado, operan libremente desde hace años. Está claro que Rakidip, bajo la tapadera de informes histórico-científicos, recopila datos para su empresa contactando con teks para que le proporcionen jugosos datos. O sea, que es un espía camuflado de investigador.”

Selene (13)

    “Cuando tuve aquella bronca increíble con mis padres, hará dos años, y me marché de casa, esa misma noche, harta de andar de un lado a otro buscando entre mis amigos alguien que pudiera alojarme, harta de ver que a nadie le venía bien hacerme un hueco, aterricé con mi maleta en el divertedero. Allí, la camarera no me trató muy bien que digamos, pero la dueña entabló conversación conmigo. Estuvimos charlando un buen rato, vi que ella, además de clase, tenía mucho sentido del humor. Varias copas después le conté mis líos familiares. Si hubieras visto cómo me escuchaba… como lo haría mi propia madre. Después me ofreció trabajo en el guardarropa, donde sigo aún, me abrió su casa de par en par, donde me instalé esa misma noche, donde permanecí hasta que se solucionaron mis problemas en casa, hasta que mis padres se marcharon a vivir al chalet y me quedé con todo el pisazo para mí sola. ”
    “¿Vas entendiendo? Ella sólo me estaba protegiendo de ti. Ha debido sacar la conclusión de que no eres un buen “amigo” para mí. Y no es que tuviera prejuicios. Al contrario, tenía muchas ganas de conocerte. Siempre está al tanto de mis relaciones, como buena amiga, intentando que estas no me lleguen a hacer daño, porque sabe que yo, a veces, como cualquiera, tiendo a no ver las cosas como realmente son cuando hay emociones intensas de por medio. Ella cuida de mí porque me quiere. No sé si sabes lo que significa que te quiera alguien que no eres tú mismo.”
    “En cambio, tú no se puede decir que te hayas resistido mucho a caer bajo su hechizo. Por un momento has ido de hechizo en hechizo, primero con esa bailarina, porque esa jugadora empedernida se viste como si el divertedero fuese una discoteca y ella una go-gó. Anda que no te has fijado en sus detalles, ahora mismo te doy una hoja en blanco y me la dibujas a la perfección. Te has debido creer muy seductor, pero te vuelves a equivocar. Está enamoradísima de su novio, Tomás, un tío excelente, amable, culto y encantador. Por cierto, que Tomás escribe, y al menos se entiende lo que escribe. Tus manuscritos parecen estar cifrados, igual que tus frases de un tiempo a esta parte.”
    Rakidip que se ha dormido en el sofá de su casa, esperando a Selene para cenar, con la mesa puesta, una botella de Lyptokard sin abrir, el abrigo gris a modo de manta, se va a despertar cuando falte poco para marcharse a trabajar en el divertedero, compromiso adquirido esa misma tarde.

Selene (12)

    “Cuando llegaste al parque venías hablando solo, de una forma extraña, enloquecida. Me llamabas Botas, no me mirabas a los ojos, no dejabas quietas las manos y lo que decías era incomprensible, además de aburrido. Ibas como loco. No puedo creer que unos cuantos tragos de Lyptokard te pongan así. Ni que tuvieras quince años, como esos teks con los que hablabas con tanta confianza un rato después, en el distrito noreste. Lo he dicho bien: hablabas. Porque no se puede decir que te hicieran mucho caso. La única que te hace caso soy yo, que en estos momentos no sé ni por qué.”
    “Te voy a demostrar lo que te equivocas con mi jefa. Mi jefa no te quiere. No pienses que ha caído rendida ante tu irresistible presencia. Le gusta divertirse con los hombres, pero a quien quiere de verdad es a mí. Más que jefa, la considero una verdadera amiga. Ella sí que ha confiado en mí muchas veces y me ha apoyado en la toma de mis decisiones. Es una de las personas que más ha hecho por mí sin ser de mi familia, aunque para mí es como si lo fuera, de tanto que me ha ayudado. Me ha confiado secretos que no le ha dicho a nadie, además de darme su opinión sobre cualquier tema sin ningún tipo de reserva.”
    “Ahora debería estar arreglándome para irme, puesto que sin la Vespa se tarda el doble en llegar a tu casa. Pero no me estoy arreglando porque no voy a ir. Estoy segura de que el mensaje que te he dejado en el contestador automático del móvil te hará entender que no estoy para cenas. Y si no, pues mala suerte.”
    “Te cuento hasta qué punto llega la confianza entre mi jefa y yo para que veas que la conozco. La he visto operar en montones de situaciones idénticas a la de hoy con el mismo resultado. Sé de qué pie cojea, pero no son los hombres precisamente. Es algo que tú, igual que todos los memos que te han precedido, ha mal comprendido desde el principio, interpretándolo de una manera no ya libre, sino equivocada a más no poder. Eso que encuentras tan interesante es la manera que tiene de disfrazar su desprecio, ni más ni menos. Además, ¿no la has notado demasiado accesible? Porque tú no eres la clase de persona que transmite familiaridad a la primera. Ni tienes veinte años. Ni tampoco ella. Si te cuento cosas que ha hecho ella por mí no terminaré en toda la noche, así que te contaré sólo una, para sacarte de tu error.”

Selene (11)

    Aunque está sólo a dos calles de la desesperación, desvía su ruta para leer lo que hay escrito en la acera:
    “Juan Peter, jamás te olvidaremos”, junto al escudo de un equipo de jockey sobre fango.
    Selene rebusca en la bolsa los últimos pistachos. Vuelve sobre sus pasos. Cruza la avenida dejando a su espalda el Museo Cartográfico. En los jardines centrales de la avenida hay un banco de madera bastante viejo, en el que se han ido a sentar los teks que antes hablaban con Rakidip, siempre con los auriculares puestos. Al llegar a la acera opuesta de la avenida continúa hacia la izquierda. La música que sale por la ventanilla de un coche estacionado junto a la acera ameniza unos instantes su trayecto. Una cantante proclama a ritmo de bachata:
    “Me llena de dolor
    tu beso matutino
    Por más que me esfuerce, no atino
    en encontrarle sabor”

    Rakidip llega momentos después a la parada de helibuses del Museo Cartográfico, edificio insignia del distrito noreste. De estilo clónico en su mayor parte, erigido sobre las ruinas de una antigua casa solariega, posee dos anexos en el ala izquierda de órdenes clípito, el más grande, y vespertino tardío, el más pequeño. Alberga varios mapas falsos de Colón junto con alguno auténtico. Rakidip aguarda el helibús de espaldas a la entrada, sin prestar atención a la corona de flores que hay en la acera, un poco más a su derecha. Aún ha de esperar unos minutos a que llegue, ni lleno ni vacío. Otra cápsula distribuyendo contenido humano vapuleado por toda la ciudad. Una vez a bordo, ya perdido de vista avenida adelante, Selene, sin la bolsa de pistachos, continuará desde su casa escribiendo esa interminable carta a Rakidip que comenzó en el cuaderno, compartimento principal del bolso, que en cambio ahora teclea en su computadora con el fin de enviársela por correo electrónico:
    “¿No eres tú el que dice, que Cicerón dice, que los amigos de verdad se descubren en los momentos inciertos? Pues bien, en el momento incierto de esta tarde, en el divertedero, mi lugar de trabajo, he descubierto que no eres para mí un amigo de verdad. Porque, somos “amigos”, ¿no es eso? Ha hecho falta bien poco, majo, para que mostraras el revés de esa imagen tuya tan seria que te habías empeñado en mostrarme. ¿Qué eres, un señor correcto o un crápula? Reconozco que por un momento te he visto más atractivo, tal vez porque la borrachera te ha hecho perder la seriedad, pero creo que te sobraban algunas copas. Lo de mi jefa, punto y aparte. Crees que ella te puede dar más que yo, ¿no es eso? Hasta ahí llega tu miopía.”

Selene (10)

    Sin saberlo, ha tirado hacia la izquierda por la misma calle que Rakidip, por su misma acera, la derecha, aliviada en cierta forma por una fuerza interior que le ayuda a apartarlo de su mente, al menos hasta que cruza la avenida, dejando atrás la Villa G para adentrarse en el distrito noreste. Allí vuelve a reparar en ese abrigo gris que con más empeño que arte cosió dos días antes, cuando vuelve a sentir una punzada detrás de las orejas que la impulsa a cambiar de acera, a rebasar la posición de él aprovechando que se ha detenido a charlar con una pareja de teks, pese a que la pareja sólo presta atención a lo que sale de sus auriculares.
    Hoy por lo visto está en plan comunicativo. Va ebrio como él solo. No sé cómo esos teks no se marchan corriendo. Les debe dar lástima. Como una tea, va. Está claro que hoy no se le puede hablar, pero mañana sin falta vamos a dejar las cosas bien claras. Yo así no pienso seguir. ¿Qué se cree? Ahora se me pone a acompañar a los teks a… ¿A dónde? ¿no tiene un informe por acabar que es la martingala de todos los días, su queja favorita, su excusa para todo? Me pone del hígado.
    Selene vuelve a cambiar de acera pasando una bocacalle, a la altura de un quiosco que hay en la esquina. Compra un paquete de pistachos, lo empieza mientras vigila a Rakidip, que en compañía de la pareja de teks se acerca por su derecha al otro extremo de la bocacalle. Más que caminar, pasean. Rakidip les habla de manera familiar. Al llegar a la esquina, en vez de continuar de frente en dirección a Selene, el terceto dobla a la izquierda, remonta lentamente la calle hasta detenerse poco después. Media bolsa de pistachos más tarde Rakidip se despide de la pareja, cruza la calle para retomar su itinerario, obligando a Selene a rectificar su posición, a desplazarse unos pasos a la izquierda para quedar parcialmente oculta detrás de la esquina. “Va por ti, Rakidip”, resuena en los oídos de Selene. Asoma la nariz más allá de su escondite. El abrigo gris está plantado, charlando no muy a gusto con un hombre, a la puerta de una planta baja acristalada que contiene oficinistas, como una gran pecera.
    Selene abandona el espionaje. Da media vuelta, camina calle arriba, masca que te masca, dejando un rastro de cáscaras de pistacho. Al llegar a la avenida, a mano derecha, más allá de la parada de helibuses, incluso de la entrada al Museo Cartográfico, reclama su atención una corona de flores colocada sobre la acera junto a una inscripción hecha con spray negro.

Selene (9)

    La perra termina por marcharse detrás de su dueña, pero su recuerdo vuelve de cuando en cuando gracias a una deposición que no debe andar muy lejos. Los árboles de morera, con sus tupidas copas verde sucio cubriendo sin complejos ambas aceras de la calle que lleva al parque, ellos la han puesto triste. De pronto se ve sola. ¿Por qué no consigue salirse alguna vez con la suya? ¿por qué no consigue siempre salirse con la suya? Al mundo, ¿qué más le da? El mundo es cobarde y malvado a la vez. Una voz conocida se le acerca por el flanco izquierdo. Rumorea como un ostinato de cuerdas, eleva de cuando en cuando el volumen a capricho, en contadas palabras, maníaco, eufórico, perdido. Rakidip trae por gesto la máscara de un bufón a tiempo parcial. Se detiene al llegar al banco. De forma mecánica enfoca su mirada sobre Selene sin detenerla en un punto concreto de su imagen:
    - ¿Te crincan las levas, eh, Botas? – dice.
    - Supongo – dice Selene – que has oído mi mensaje y quieres que hablemos, pero…
    - Hay que decir que no cuando es que no y… ¿cuál era la otra frase? Más vale loco con todos que cuerdo a solas. Recordar lo vivido y vuelta atrás es perder el tiempo. No falla. Al final todas las piezas encajan. De verdad que me encanta hablar contigo – dice Rakidip. A ella empieza a incomodarle esa mueca.
    - Deja de sonreír como un idiota – le dice -. No me llamo Botas. Siéntate de una vez, me pones del hígado.
    - Tienes razón – a él parece que le comían las ganas de sentarse -, no debería… circular por la vía elusiva con tanta frecuencia. En fin, si hasta el bueno de Benjamin Franklyn tenía su lista de vicios, ¿no la íbamos a tener los que intentamos hacer carrera a la sombra de su estela? Me alegro de que enjartemos la blancha. Eres… real – le pasa el dedo por el cuello antes de que ella le propine un manotazo:
    - Sé lo que vas a decirme – suelta.
    Ahora es él quien la toma por sorpresa sin mediar palabra. Tras un espasmo inicial, ella se deja besar conteniendo la respiración, los nervios, las manos, las palabras. Su cabello negro da una sacudida que sirve de señal para que él redoble sus esfuerzos. Selene se confunde, piensa en el móvil, en el cuaderno, en su jefa, en la mesa de juego, zas, le hunde los dientes en la oreja. Más que susurrarle, mastica estas palabras en su oído:
    - Antes no estabas tan dispuesto – y se retira bruscamente al otro extremo del banco.
    Rakidip se lleva la mano a la oreja maltrecha. Vacila unos segundos antes de levantarse y caminar hasta la calle por la que llegó, interfiriendo la trayectoria de una ciclista que hace sonar su bocina. La nota que faltaba para que Selene, que contempla la escena con tanta o más sorpresa que enojo, sienta que el mundo entero se ha convertido en la pista de un circo. El abrigo gris camina hacia la izquierda hasta perderse de vista. Allá lejos, la ciclista insiste con su claxon al unísono de un berrinche infantil de sexo indefinido. Selene se levanta del banco, bolso en mano, para reanudar el camino a casa.

Selene (8)

    Aprovecha un momento en el que Rakidip parece entablar conversación con la bailarina, que se retira de la mesa de juego, para abordar a la jefa:
    - Luna – dice -, me marcho a casa. No puedo más.
    - Cariño – dice la jefa. Abre tanto los párpados en señal de compasión, que si sigue así los ojos se le van a caer al suelo.
    - Mañana vendré a la hora de siempre – dice Selene. Y antes de que la jefa pueda replicar, o incluso cerrar la boca, ha desaparecido entre la gente camino de su bolso, de su capa negra, camino de la puerta después.

    Las farolas del reducido parque se encienden perezosamente una tras otra, como si saludaran a la recién llegada Selene, que tras quince minutos de furiosa caminata a través de la Villa G se sienta en un banco de piedra, saca de su bolso el móvil, con el fin de buscar en su menú de opciones la de grabar un mensaje de bienvenida en su contestador automático. Minutos antes, al rebasar la entrada principal de la iglesia metodista, el traqueteo del tranvía le ha adelantado por la izquierda, vagones como cápsulas de contenido humano, apiñado, zarandeado por la jornada, rendido. Sin dejar de marcar el paso con las botas ha echado de menos su Vespa color rojo. Ayer, el mecánico que debía tenerla reparada le anunció un retraso de dos días. Con ella, ya estaría en casa, cómodamente instalada, recitando su mensaje, y no en un diminuto parque al que llega en ese momento una voluminosa mujer con lo que parece, a ojos de Selene, un ejemplar hembra de pastor alemán. Carraspea para aclarar su garganta antes de emitir sin vacilar un resumen de la carta que lleva escrita en el cuaderno, en otro compartimento del bolso, emisión que empieza así:
    “Va por ti, Rakidip
    Como sé que más tarde o más temprano se te ocurrirá llamarme y tengo un par de cosas que decirte, pero dado que en estos momentos malditas son las ganas que tengo de hablar contigo, te lo resumo…”
    La hembra de pastor alemán olisquea la punta de la bota derecha de Selene, que se da cuenta al terminar de dictar su mensaje, levantando la mirada en dirección a la perra primero y a la mujer después, mujer que devuelve una sonrisa maternal, pronuncia el nombre de la perra en un registro bien agudo y amonesta al animal como lo haría un sargento de comedia en la época de los Quintero. Selene quiere reírse, pero da un tirón de riendas ante el temor de que la risa precipite las lágrimas, como le ocurre a veces cuando lleva los sentimientos revueltos. La cabeza le hierve, al final será verdad que está enferma. No sabe cómo detenerla, pero se le antoja algo que masticar, algo que cruja bajo sus dientes.

Selene (7)

    La jefa abandona el guardarropa, se pierde tras una puerta con un pequeño cartel que dice “privado”. Selene invierte nos minutos en buscar a Rakidip. Localiza su perfil entre los curiosos de la mesa de juego que hay a unos veinte pasos mientras la bailarina, como llama Selene a esa clienta por su indumentaria, se explaya con el dado tronco-piramidal, igual que la tarde anterior. A Selene se le antoja que Rakidip se fija demasiado en la jugadora bailarina, que admira en exceso los detalles de su indumentaria ceñida, de su silueta. Siente una punzada de celos en la parte trasera de las orejas. Tensa los músculos lumbares. Van creciendo en su mente unas ganas irresistibles de plantarle un beso bien sonado a esa piltrafa humana que no le da sino quebraderos de cabeza. Camina en dirección a Rakidip, ahora la jefa está cuchicheando en la oreja del crupier, después rodea la mesa de juego, abriéndose paso entre los mirones, para plantarse ante Rakidip segundos antes que Selene, que aprovecha un giro imprevisto de Rakidip para lanzarle los brazos al cuello, obligarle, estampar en su cara el carmín con Lyptokard de la forma más parecida a una agresión sexual. Consigue sorprenderle, pero no que desvíe por mucho tiempo su atención de la jefa, inmóvil, sonriente, fría.
    Míralo. Es que parece idiota, embobado con mi jefa. ¿No se da cuenta de que ella lo único que quiere de los hombres es ponerlos de rodillas para después enviarlos a la basura de un puntapié? Chuparles la sangre, ¿es que no está bastante claro? No, desde luego. Él, si no se lo escribes en un mínimo de cinco folios a máquina, no entiende ni jota de nada. Y después dice que no me deje engañar. Es que me pone del hígado. No lo aguanto más.
    Selene enrojece de rabia, reprime un impulso de ataque, cierra los ojos un instante, se dirige al guardarropa reprimiendo un aullido. Ya casi en el guardarropa, donde guarda el bolso junto con la capa, se da cuenta de que no puede marcharse sin despedirse de su jefa. Gira sobre sus talones. Localiza los pendientes de aro, obscenos de puro grandes, resistiendo verse ocultos tras el pelo de la jefa, que se dirige a la mesa de dados del brazo de Rakidip. Selene acude hacia ella como un torpedo al encuentro de un destructor, esquivando a un atolondrado.

Selene (6)

    Tras la barricada del mostrador, Selene retoma la libreta cuadriculada, busca página tras páginas esa carta que empezó a escribir ayer, mientras esperaba que él llegase, esa carta que continuó antes de acostarse:
    “Esta tarde, no sólo no has venido a verme, cosa que podría pasar, porque tampoco te habías comprometido de firme, sino de esa forma tan vaga que es tu especialidad y no deja nunca claro un compromiso. Ambigüedad: esa es tu especialidad. Pero que no vengas es una cosa, y que desaparezcas por completo del mapa como si se te hubiese tragado una ballena, es otra muy distinta, de bastante mal gusto, por cierto. Me parece un desprecio tan grande que sólo es comparable a la naturalidad con que has aparecido hoy, pasando por alto lo ocurrido, sin dar muestra alguna de excusa o mención del asunto. A veces creo que vivimos en planetas diferentes.”
    Apoya la punta del bolígrafo a continuación del fragmento de anoche. Marca a conciencia una hache mayúscula. Tras un instante de duda, caligrafía sin prisa el resto de la palabra “Hemos”. Vuelve a detenerse. Levanta la cabeza, se masajea el cuello con la mano libre, busca con la mirada a Rakidip, al principio con disimulo, después sin él, hasta que lo encuentra charlando con un tipo que también vino ayer, “es el que va con esa bailarina”, se dice, el tipo de la chaqueta de espiga. Se le ocurre un juego de palabras con la espiga de la chaqueta de él y lo espigado de su acompañante. Dejar ir una risita que ahoga en un trago de Lyptokard. Observa el papel que tiene debajo: “Hemos”, lee. ¿Hemos de hacer algo o lo hemos hecho ya? No recuerda lo que iba a poner a continuación, aunque sí el espíritu de lo que quería decir. En un impulso garabatea: “Hemos llegado al límite”.

    - Veo que estás mejor del estómago – comenta la jefa del divertedero mirando el vaso que Selene guarda bajo el mostrador.
    - Sí, mucho mejor – dice esta. Su incomodidad se puede palpar durante unos instantes.
    - Me regocija – se empeña en desprender un cabello atrapado en la fibra de su vestido, a la altura del pecho –. Tu novio parece aumentar tus defensas. Lleva un cumplido chichón en la frente.
    Selene desvía la mirada.
    - A veces me altera bastante – dice.
    - Se nota que os queréis.
    - Anteayer se quemó la mano. Hoy se hace un chichón.
    - Yo en tu lugar lo ataría corto.