Selene levanta la cabeza de la pantalla de su computadora. Piensa en prepararse algo de cenar, pero no se acaba de decidir. Continúa escribiendo su correo electrónico dirigido a Rakidip:
“La clínica Borman, otra excusa. Ayer por la tarde recibí una llamada de tu móvil y no fue contigo precisamente con quien hablé. Todo da a entender que en esos momentos te encontrabas en medio de una singular orgía, a la hora en que todo bicho viviente está comiendo. Esa debe ser tu forma de trabajar en un informe tan serio, tan importante, tan vital. Tirándote más de día y medio seguido de juerga. Y otro detalle: se ha convertido en costumbre, en fea costumbre. Quedamos en hacer una cosa y llegado el momento tú no apareces. Ni llamas. Ni te disculpas. Por lo visto no merezco un trato humano. Si me preocupo por ti hasta angustiarme, poco importa. De verdad que tu conducta se me hace insoportable por momentos. Inexcusable a todas luces. No sé cómo he podido esta tan ciega.”
El mensaje es enviado. Selene vuelve a pensar en comer, pero vuelve a prorrogarlo iniciando un nuevo mensaje de correo electrónico, esta vez dirigido a su jefa:
“Luna
He intentado comunicar contigo por teléfono, llevo más de una hora intentándolo, pero lo mantienes apagado. Necesito contarte los quebraderos de cabeza que me están quitando la salud los últimos días. Esta tarde he visto la cara oculta de Rakidip y no me ha gustado un pelo. Todo el mundo tiene su lado oscuro, pero este es de los que tiran para atrás. Me ha engañado todos estos meses. Se ha esforzado en dar una imagen interesante. Ahora veo que todo era un cuento que camuflaba a la perfección sus actividades delictivas.”
“Esta tarde, no mucho después de marcharme del divertedero, me lo he encontrado en la Villa G hablando con una pareja de teks de una forma tan natural que no dejaba lugar a dudas. Me he estado informando acerca de esa tribu urbana de adolescentes que no paran de escuchar tecno mientras se inflan a batidos. Aparecen siempre alrededor de los ascensores de los grandes edificios. La explicación oficial es que desean pasarse el día escuchando la música del ascensor, que seleccionan a voluntad sin permitir que otro usuario lo haga, pero, ¿no es algo chocante? A ver, ¿para qué necesitan ir a un ascensor de última generación a escuchar su música cuando pueden escucharla cuando y donde quieran gracias a sus auriculares? Está bien claro, esos adolescentes son espías que operan en todos los grandes edificios. Trabajan para empresas que recopilan datos de usuarios por segmentos de población para venderlos, bajo mano, al gobierno. En Dragones, aquí al lado, operan libremente desde hace años. Está claro que Rakidip, bajo la tapadera de informes histórico-científicos, recopila datos para su empresa contactando con teks para que le proporcionen jugosos datos. O sea, que es un espía camuflado de investigador.”